sábado, 28 de noviembre de 2015


CADA DÍA SE AÑADE UN NUEVO CAPITULO

(Si te gusta, agradeceré un comentario).

PROLOGO

Julio Pablo Andujar, detective curtido en miles de investigaciones, piloto de aviación, alma de aventurero y espíritu rebelde, es buen conocedor de El Salvador y de Miami, lugares donde transcurre la acción de ésta, su  nueva novela, “CONTACTO EN MIAMI”, la cual está a punto de ver la luz y cuyo prologo me honra realizar.


Señalar, que es también el autor entre otras novelas, de “El Hispano que venció a los Gringos”, trama trepidante donde abundan también los contrastes morales.

Comienza “CONTACTO EN MIAMI”  en la ciudad de SANTA ANA del Salvador, cuyo nombre precolombino, Cihuatehuacan,  significaba “lugar de sacerdotisas” y curiosamente, es la violación y asesinato de una mujer el motivo e inicio argumental de esta novela, acto presenciado por un pianista Santanenco, el cual, aprovecha estos actos reprobables por la moralidad humana para
conseguir los oscuros objetivos propuestos como meta en su vida.

En esta novela no tiene cabida aquella frase tan repetida de “cualquier coincidencia con la realidad es pura coincidencia”, porque la forma de actuar los personajes, la integridad moral y principios de estos, es por desgracia, algo más habitual de lo deseable. Se pone de manifiesto que los bajos instintos no tienen límites y se da en cualquier status social, donde los principios se sacrifican por conseguir un sueño, aunque este se retorne
pesadilla; una vez más se hace patente la ambigüedad de la moral del hombre y la permanente lucha entre el bien y el mal, porque toda persona tiene dos caras, una buena y otra mala, es decir,   Dr. Jekyll y Mr. Hyde; no obstante, de lo que no cabe duda es que la lectura es una satisfacción, y esta novela  sin duda va a gustar y entretener a su lector.
ELOY DE PACO.
PRESIDENTE DEL  COLEGIO OFICIAL DE DETECTIVES
PRIVADOS DE LA COMUNIDAD VALENCIANA.


CAPITULO I

¿Qué es Miami?.

Además de una ciudad, la mas conocida del Estado de Florida,  en los Estados Unidos de América, aunque la Capital de este Estado, sea Tallahassee, ¿Qué es Miami?.

Pues Miami es “Un estado de ánimo”.

Bueno, hoy en día es un “Estado de ánimo”, a veces para unos, ánimo alegre, como cuando se oye cantar por la radio del carro a Julio Iglesias o a Juan Luís Guerra o Gloria Estefan.

Otras veces, el “Estado de ánimo”, es mas complicado, como cuando hay “balaceras” y matan a alguien, que como sea un negro, pues ya trae el consiguiente follón de la protesta racista o antirracista y ¡Quién sabe!.

Pero qué gusto da pasear por Miami, y no solo por su centro, con la inevitable visita a las tiendas de Flagler Street o al puerto, en Bayside o al barrio cubano, en ”La Pequeña Habana”, donde viven los cubanos que tuvieron que huir de Cuba… O mejor dicho huir de la “Revolusión” del Fidel.

O Coral Gables, el que probablemente sea el barrio mas bonito del mundo.

Antes de que en el año mil quinientos trece, el español Juan Ponce de León, llegara a la Florida, a la que bautizó con ese nombre, por razones obvias, ya que se enamoró de la flora del país… Se supone que en la fauna, que consistía en serpientes y en caimanes que se lo comían a uno, no se inspiró.

Pues, bien. Seguimos. Antes de Llegar Ponce de León, allí vivían los indios Miami, que en realidad, eran indios Semínolas, que en lugar de permanecer en el Norte de Florida, fueron descendiendo hacia el Sur, al parecer como consecuencia de sus escisiones y sus luchas internas.

Tras la llegada de Ponce de León, llegó otro español, Pedro Menéndez de Avilés, que  fundó la primera ciudad de Estados Unidos, San Agustín, en 1565, dando comienzo al dominio español sobre La Florida. El rey Felipe II de España le nombró gobernador de La Florida y le encomendó fortificar sus costas. Fruto de ello fue la construcción de los fuertes de Santa Elena y Tampa.

Y en esa ciudad de San Agustín, en Florida y al Norte de Miami, existe la que consideramos la primera ciudad de América, pues existe la primera fortificación, la primera escuela, en la que podéis entrar como turistas y haceros una foto y hasta obtener un  “Diploma”

Y conviene aclarar que al decir “Primera ciudad de América”, hablamos de la América Continental del Norte, que en realidad la primera ciudad de América, fue construida por Cristóbal Colón  en la Isla Hispaniola, hoy República Dominicana en su lado Este y Haití en su lado Oeste.

Tras los fracasados intentos de ocupación de La Florida, por parte  de Francia e Inglaterra, que son dos países que siempre han gustado de “Joder” a los españoles, finalmente en el año mil ochocientos diecinueve, España, tuvo que vender a Estados Unidos La Florida, para evitar una guerra, que estaba perdida de antemano.

Españoles, Americanos y “Todo bicho viviente” que ocupara La Florida, fueron arrinconando a los indios Miami y todos conocemos la historia. Que se les confinó en territorios específicos y todo eso, “Reservas” y finalmente, lo cierto, es que Miami, no era mas que un inmenso huerto de tomates.

Tierra pues de agricultores gringos, hasta que se le ocurrió a Fidel hacer su “Revolusión” en mil novecientos cincuenta y nueve y conseguir que fueran para allá miles de cubanos exiliados, que trabajaron con ahínco (Nadie les regaló nada).

Luego el individuo éste, Fidel, pues tuvo la idea de enviarles a los gringos a los delincuentes, enfermos y demás gente que no le gustaba en un barco llamado Mariel, con lo que llegaron a Miami, los de menos “Categoría” o prestigio, muchos delincuentes y…

Se configuró el Miami de hoy:

Encantador, alegre, con música caribeña, multirracial y también con mucha delincuencia, que forma parte del folklore de Miami y… UNA CIUDAD ENCANTADORA.

Porque la verdad, es que una ciudad, sin delincuencia, sin pobreza, sin mezcla racial, con todos los habitantes buenos, religiosos y ordenados, como El Tibet, pues tiene que ser aburrida ¿No?.


 CAPITULO II

Santa Ana, en El Salvador, muy cerca de la frontera con Guatemala, Centroamérica, es bastante diferente de Miami.

En Miami, tu sales por la noche y te metes en según que barrios,    puede pasar que te maten, que tampoco es normal que te maten.

Bueno, en realidad, en Miami, no es tan fácil que te maten ¡Cualquiera sabe!.

En Santa Ana, en El Salvador, tu sales por la noche y TE MATAN SEGURO.

Es decir que si sales cada noche, te matan cada noche y te tienes que reencarnar noche tras noche para ir reviviendo… Una pendejada complicada.

Uno, se pasea por Santa Ana e inmediatamente piensa ¿De qué viven estas personas?...

De milagro. Y mucha gente, pues de la delincuencia y bueno, que la cosa está complicada.

De hecho, la ciudad, fue fundada en el año mil novecientos cincuenta y cinco, por el Presidente José María San Martín.

Antes, la habían ocupado los indígenas, como pasa con Miami, concretamente vivían allí los Mayas, pero la evolución, es obviamente otra muy distinta de la Miami.

Igual les hubiera ido muy bien si “El Fidel”, les hubiera mandado para allá a los que huían de la “Revolusión”, ¿Quién sabe?.

Tienen en Santa Ana algunos ingresos por la visita de turistas (Muy peligroso pasearse por allí de turista) que visitan restos arqueológicos mayas, como los de El Trapiche, Tazumal y Casa Blanca.

Y por lo demás, pues se dedican a la agricultura, café, caña de azúcar, pastos, plantas hortenses, maní, yuca, patata, tabaco, algodón, cocotero, guineo, plátano.

Y algo de ganadería bovina.

Es decir, que allí, para abreviar, NO HAY TRABAJO.

Y nuestro hombre, Ezequiel, que sabía algo de música porque desde niño, siendo el hijo de unos de los guardias que vigilaban uno de los hoteles de la ciudad, había gozado del cariño del propietario, que le había enseñado a leer una partitura musical básica en clave de Sol y le había enseñado a tocar con el viejo piano del salón del hotel, pues sabía música, cantaba algo bien los boleros y ganaba “Casi nada”, con las propinas de los turistas, tocando para ellos durante la cena en el salón del hotel.

¿Y quién era Ezequiel?...

Pues entre otras cosas que iremos viendo y como todos los demás jóvenes de Santa Ana, un firme candidato a marcharse a Estados Unidos como fuera, porque allí “Todos eran ricos” y porque cuando iba a la plaza de La Catedral, frente al Teatro Santa Ana, veía en una agencia de cambio de moneda, cómo los que tenían familia en Estados Unidos, salían de allá siempre con “Mucha plata” que recibían desde Estados Unidos y… Claro.

CAPITULO III

Aquella, era una noche muy especial, porque en el hotel donde trabajaba como pianista Ezequiel, se celebraba una fiesta importantísima, porque llegaba alguien importante de verdad.

Ezequiel, ya no eran tan joven, como los que normalmente en Santa Ana, soñaban día y noche con irse al país de los Gringos.

Ezequiel, tenía treinta años y la verdad, es que su único vínculo familiar, era con sus padres, a los que cuidaba con cariño, sus sobrinos, sus abuelos…

Nunca tuvo novia. Y no creáis que era maricón, no. A veces, se embravecía como macho y hasta se iba con alguna puta de las que solían frecuentar el hotel, que como no era abusivo en la frecuencia, era simpático a su manera y les dedicaba canciones, pues se lo hacían gratis y todo.

Privilegio éste que, hay que insistir, no provocaba abuso alguno de Ezequiel, que solo requería el servicio de alguna de ellas en último extremo… Vamos, cuando no aguantaba mas.

Era un tipo, que inspiraba “buen rollo”. A la gente le gustaba.

Pues bien, esa noche, el Embajador de los Estados Unidos de América, junto con toda su “Corte”, había acudido a Santa Ana en viaje privado, para dar relevancia y prestancia a la inauguración de un almacén agrícola de cierta envergadura, propiedad de un amigo suyo; un cacique violento y sanguinario, Don Fernando, con el que lógicamente, el Embajador, pues trataba algunos asuntos dinerarios…. Como la concesión sin preguntas de algún visado a alguno de los “Recomendados” de este mafioso, algún papeleo para importación y exportación, Etc.

El Embajador, claro, aparte de que tenía unos cincuenta años muy bien llevados, alta estatura, cuerpo bien proporcionado, cabello entre rubio y blanco, elegancia (La que pueda tenerse siendo Gringo) y… Plata y categoría, pues claro, atraía a las putas, como la miel atrae a las moscas, o la riqueza y el lujo atraen a un líder comunista.

La fiesta en el hotel, después de la cena, no solo fue divertida e intensa, sino que fue derivando a lo que suele pasar: Mucho alcohol, no precisamente del que usan los médicos para desinfectar las heridas, sino del que usan los borrachos para “Alegrar el cerebro o el alma”.

Si le añadimos, que el mafioso que había invitado al Embajador, había traído dosis convenientes de sustancias de las que alegran el alma, antes de destrozarla, pues…

Aquello era poco menos que una orgía. O poco más.

Y Ezequiel, tocaba el piano y cantaba y todos aquellos depravados, se reían, bailaban y disfrutaban como locos.

Y una de aquellas “Trabajadoras sexuales”, destacando sobre las demás, Carmen, se llamaba, pues se acercó y mucho al Embajador.

Tanto se acercó, que él ya tomado del todo, la agarró en volandas y se la llevó escaleras arriba hacia su habitación, con una expresión en la cara que venía a significar algo así como… ¡Que bien! Tengo un juguete.

Carmen, reía fingiendo estar borracha, el Embajador reía estándolo y esto, hasta que entraron en la habitación. Bueno, entró él con ella en brazos.

Justamente al pasar la puerta,  de un taconazo la cerró el Señor Embajador y lanzó a Carmen sobre la cama.

Les cambió a los dos la cara.

A él se le puso cara de animal, a ella de terror. Tenía experiencia. Sintió pánico.


Y con razón, porque el placer sexual de aquél animal, iba a consistir a partir de ese momento, en golpearla como un salvaje y dejarla medio destrozada.


CAPITULO IV

Ezequiel, hizo una pausa y retiró sus manos del teclado del piano, dejándolas reposar sobre sus rodillas.

Tenía cansadas las manos, la garganta de tanto cantar y hasta el cuerpo, que a fin de cuentas, también había bebido más de la cuenta, que era un día en que todo eso le salía gratis.

Se levanto de la banqueta en que estaba sentado para tocar el piano, se desperezó y…

Sintió algo raro, como una llamada misteriosa, como un mal presentimiento y…

Subió corriendo las escaleras y fue como una exhalación hacia la habitación del Embajador.

Ya por el pasillo, oyó los gritos de ella y de él.

Empujó con violencia la puerta…Entró y…

Carmen, estaba echada en la cama, con la cabeza colgando por un lado de ésta, llena de sangre la cara…

El Embajador, sentado en el mismo canto de la cama, desnudo, manchado de sangre y asustado por la entrada de Ezequiel.

-¿Pero que está haciendo, Embajador?.

-No se, yo… -Respondió éste.

-Llama a un médico y a la policía, susurró Carmen.

Y Ezequiel, sacó de su bolsillo el teléfono celular. Se disponía a marcar un número, pero al pronto, se detuvo y no pulsó sobre las teclas de los números, sino que se fue al “menú” y pulsó “cámara”.

En un instante, tenía en la memoria de su teléfono, la foto del Embajador y de Carmen en tan comprometida situación.

-Yo te llevo a un médico ahorita mismo, Carmen y… Ud., -dirigiéndose al Embajador- márchese de aquí o lo pasará muy mal.

-Por favor, no me comprometas…

-¡Fuera de aquí!. –Gritó Ezequiel.

Bajó el Embajador las escaleras y regresó borracho, drogado y derrotado, hasta aterrorizado, al salón.

Se dirigió a su amigo, el cacique mafioso y le dijo:

-Tienes que hacerme un favor. Encárgate de ese pianista, o yo me hundo y tú te quedas sin mi ayuda…

Desde la barandilla de la escalera, les vio Ezequiel hablar. Tuvo suficiente, para saber que tenía que salir de Santa Ana, “Volando”.

Por la puerta trasera, sacó a Carmen en brazos, la llevó como pudo hasta la casa de un amigo de su abuelo, que era curandero y, se la encomendó.

Explicó Ezequiel todo lo ocurrido al curandero y le hizo el encargo.

-Avisa a mis padres. Tengo que marcharme, YA.

-No te preocupes de nada, Ezequiel, que Dios te bendiga. Vete.

Y Ezequiel, sabiendo que no podía dirigirse en la mañana a la estación de autobuses, porque sería tarde, recurrió a un buen amigo, que le llevó en el carro hasta la Capital, donde a primera hora de la mañana, ya estaba en la 9 Calle Poniente, en el Centro de Gobierno, obteniendo su pasaporte.

Era fácil y sobre todo rápido el trámite, ya que para evitar todo lo que ha estado pasando,  con documentos falsos, venta de estos, Etc., los Gringos, bien que les han ayudado aportando tecnología fiable para la impresión de esos documentos y la empresa DOCUSAL, (Documentos de El Salvador), manejada por unos cuantos amigos políticos que obtienen pingües beneficios con esta actividad y la de expedir los Títulos de los carros y las Cédulas de Identidad, lo tiene todo muy bien instalado.

Así, que en menos de una hora, Ezequiel, estaba en la calle, con su nuevo y reciente pasaporte en su bolsillo.

Y sin perder tiempo, ni en desayunar, se dirigió raudo al Boulevard Santa Elena, a la Embajada de los Estados Unidos, en El Salvador.

Se dirigió Ezequiel, sin prestar ni atención a la larga fila de gente esperando en la calle, todos ellos con su carpetita llena de documentos, esperando el turno para solicitar un visado,  al guardia que estaba en la puerta:

-Quiero hablar con el Embajador.

-Alucinó el Guardia y respondió.

-Regrésate a la cola.

-Dile al Embajador, que está aquí una persona muy importante, que soy yo: El Pianista de Santa Ana.

-Si no te marchas ahorita mismo, te meto para dentro detenido.

-Díganle al Embajador, que está aquí el  pianista de Santa Ana. –Gritó con fuerza Ezequiel, dirigiéndose a un grupo de personas que estaban observando desde la entrada principal que daba al jardín de la Embajada.

Levantó su bastón el Guardia y cuando iba a descargarlo sobre los lomos de Ezequiel… Una mano le detuvo.

Con acento bien americano, pero en español correcto, se dirigió a Ezequiel:

-¿Quién es Ud.?.

-El pianista de Santa Ana. Y el Embajador, querrá recibirme de inmediato.

-Espérese aquí.

Pasaron no más de dos minutos, cuando Ezequiel vio perfectamente la silueta del Embajador, a través del cristal blindado de su despacho, en el primer piso, mirándole.

Inmediatamente, salió una mujer, alta, rubia, con aspecto y talante de ser alguien “importante” y dijo a Ezequiel:

Déjeme su pasaporte y regrese en treinta minutos.

Nada tuvo que explicar Ezequiel, nada tenían que preguntarle. Ya sabía sobradamente el Embajador a lo que venía Ezequiel.

Y nuestro amigo, ahora, sí, se fue a desayunar a un bar tranquilamente, junto con su buen amigo de Santa Ana, que le había traído en el carro.

Terminaron de desayunar y se regresaron a la Embajada.

Esta vez el Guardia que apunto estuvo de descargar su bastón o porra sobre las espaldas de Ezequiel, le saludó casi militarmente y avisó por su radioteléfono a alguien a quien dijo:

-Está aquí el Sr. Ezequiel.

Salió un hombre con aspecto de militar y se dirigió a Ezequiel.

-El Señor Embajador, me ha dado esto para Ud. Y se regresó al interior de la Embajada.

Ezequiel, miró hacia el balcón del Embajador que allí estaba mirándole y le hizo un saludo con la mano que el Embajador, no respondió.

-Fíjate que bello, oye… Visado B1-B2. –Dirigiéndose al amigo que le había hecho de chófer.

-Pero… -Respondió el amigo, -No es múltiple e indefinido. Solo te vale para entrar en Estados Unidos una vez.

-Lógico, éste tipo no quiere que regrese aquí en ningún caso. De cualquier modo, me basta con entrar una vez. Me quedaré ilegal como la mayoría, ¿No?.

-Bueno. Tu verás. Yo allá no voy. Tuve bastante experiencia con mi primo, que llegó allá y yo no se lo que pasó pero está en la cárcel y para mucho tiempo.

-¿Qué hizo?.

-Bueno, es electricista, ya sabes y por hacer el favor y ganarse alguna plata, alteró algunos contadores de electricidad… Solo de Salvadoreños, por supuesto, mas le agarraron.

-¿Y esos bestias meten en la cárcel a uno, por alterar los contadores de la luz?. –Inquirió Ezequiel.

-Ya ves, que gentuza.

-Entonces, acá en El Salvador, estaríamos todos en la cárcel. –Respondió Ezequiel y rieron…

Y nuestro protagonista, junto con su amigo, regresaron a Santa Ana, donde Ezequiel aguardó bien escondido en el carro, mientras su amigo iba a casa de los padres de nuestro pianista y le traía el poco de dinero que tenía ahorrado.

-Ahí tienes, Ezequiel. Tu papá me ha dado lo que tenías tú, más lo poco que tenía él…

-Dile cuando vuelvas, que no tenga pena que pronto se lo podré enviar.

-Vamos a llenar el tanque del carro y llévame a la frontera de Guatemala, que no quiero ir al aeropuerto acá en San Salvador.

Ya se que en realidad, el Embajador ya está satisfecho con que me marche a Estados Unidos y desaparezca, pero no sabemos si el Cacique, aunque solo sea por caerle bien al Gringo,  decide ultimarme igualmente.


Y efectivamente, tras llenar el tanque del carro, siguieron por la Carretera Uno hacia el Norte, hacia San Vicente y después a Piedras Azules, donde pasaron el puesto fronterizo y entraron en Guatemala, en San Cristóbal, donde se despidieron, regresándose el buen amigo de Ezequiel a Santa Ana y quedándose en San Cristóbal, Ezequiel, donde pernoctó y esperó al día siguiente, para subirse al autobús que le llevaría a Ciudad de Guatemala, para una vez allí, conseguirse un vuelo a Miami.


CAPITULO V

En el modesto hotel de San Cristóbal, en Guatemala, Ezequiel, estaba al teléfono, hablando con el dueño del hotel en que tantos años había trabajado como pianista.

-Así es, hijo. Me lo ha dicho el guardia que tengo ahora en el parqueo, que sabes la conocía bien. Carmen, ha muerto. Siento decírtelo, Ezequiel.

-Gracias. Le debo mucho a Ud. Y siempre lo tendré presente.

-Adiós, Ezequiel, que Dios te bendiga. –Se despidió el hotelero.

Y colgó el teléfono Ezequiel, murmurando blasfemias y guardando bien asegurada en el disco duro de su cerebro la información de la muerte de Carmen. No olvidaría eso. Ya llegaría el momento.

Y por la Carretera Interamericana, la CA1, fue transitando a bordo del autobús Ezequiel, mientras contemplaba el paisaje, las acacias rojas o árbol de fuego, que crecían a ambos lados de la carretera y juntaban sus copas impidiendo ver el cielo.

Parecía que se circulaba por un túnel de flores rojas.

Y pensó largo y tendido. ¿Qué iba a hacer al llegar a Estados Unidos?... Una cosa tenía clara, que le había dicho su patrón en el hotel de Santa Ana:

-Si sabes cantar y tocar un instrumento, siempre comerás… Mejor o peor.

-Qué bueno sería saber tocar la guitarra. Vas con el instrumento a cuestas siempre y donde quiera que sea cantas y obtienes algún dinero, pero… Un piano, no se lleva a cuestas.

Lo cierto, es que llegó atardeciendo a la central de autobuses extraurbanos de Ciudad de Guatemala.

Se apeó del autobús erróneamente, en la Zona 18, muy apartada del lugar donde le convenía alojarse, dado su presupuesto, pero el que no sabe, no sabe…

Así, que preguntó al conductor, dónde alojarse barato en el centro de la ciudad.

-Amigo, tenías que haberme dicho antes. Te hubieras apeado en otro lugar. Ahorita, para ir a la Zona 1, que es lo que te conviene… Mira, tendrás que hacerte llevar por un motorista…

Efectivamente. En la misma estación, había motoristas que por pocos Quetzales, llevaban a una persona a cualquier lugar de la ciudad.

Así que Ezequiel, se dirigió a uno de ellos, arregló el precio y, cargado con su maleta, casi sin espacio para situarse bien en la vieja motocicleta, se desplazó hasta la Zona 1, junto a la Catedral, donde encontró un hotel a su medida y que reunía una cierta comodidad, dentro de lo que cabe.

Se acomodó en su habitación, compró en una máquina de expedición de dulces galletas y bebidas, algo para cenar y, se quedó viendo televisión en la sala común para los huéspedes, ya que televisor en la misma habitación, obviamente, no había.

-No voy a salir a la calle, no sea que me maten, que esto no es El Salvador, pero… Bueno, que seguro que también te matan en la noche.





CAPITULO VI

Prontito por la mañana, Ezequiel, se levantó, se aseó en el aseo comunitario para todos los huéspedes de que disponía el humilde hotel, dejó al recepcionista su maleta para que se la custodiara y preguntó dónde podía comprar un boleto para Miami…

-Mejor vaya directamente al aeropuerto, donde encontrará mas opciones. –Le respondió el recepcionista.

-¿Y cómo voy?.

-Yo le llamo a uno de los patojos que andan en moto y le sale baratito.

Y así es que Ezequiel, de nuevo a bordo de una de aquellas peligrosas motocicletas, marchó desde la Zona 1 hacía el Paseo de La Reforma, para dirigirse hacia el Aeropuerto de La Aurora.

-Tenemos que dar un poco de vueltecita, porque no podemos pasar en los alrededores de La Corte Suprema, amigo. –Comentó el motorista.

-¿Qué pasó?.

-Bueno, pues que un bus ha rozado a un motorista y casi le tira al suelo, aunque sin herirle.

-¿Y cuál es el problema?. –Inquirió Ezequiel.

-Bueno. –Respondió el motorista- El muchacho de la moto se ha enojado al parecer y ha comenzado a argumentar duro con el chofer del autobús y un guardia les ha llamado la atención y les ha dicho que no discutieran por tan poca cosa…

-¿Y?. –Ezequiel ya intrigado de tanta lentitud en la plática, que en Guatemala, parece que son mas lentos platicando aún, que en El Salvador.

-Bueno, el muchacho de la moto enojado, sacó su pistola y mató al guardia.

-Pero, el guardia, ¿Le hizo algo al muchacho de la moto?.- Preguntó de nuevo Ezequiel.

-Oh! no, pero es que el muchacho estaba enojado y le mató…  Y otros guardias han acudido y han matado al muchacho y ahorita, están las calles de alrededor tomadas por los policías. Pero no hay problema, ya nos desviamos y llegamos al aeropuerto…

-Está bien, -respondió Ezequiel. Me esperas en el aeropuerto y me regresas, si te parece.

-Pues claro que si, amigo.

Y Ezequiel, se dirigió al mostrador de Avianca, que le había recomendado, por ser al parecer la aerolínea mas económica, el recepcionista del hotel.

-Quisiera un boleto para irme a Miami, señorita.

-¿Cuándo quiere partir, señor?.

-Lo antes posible. –Respondió Ezequiel.

-Pues puede salir esta misma tarde, si lo desea.

-¿Cual es el precio?. –Inquirió Ezequiel.

-Son trescientos cincuenta Dólares por la ida y vuelta, señor.

-Pero es carísimo, señorita y no preciso boleto de regreso, sólo de ida.

-Déjeme ver su pasaporte para mirar  su visado, señor. –Se lo entregó Ezequiel.

-Fíjese señor que el precio de ida y vuelta o el de solo ida, varía muy poco y si el oficial de inmigración en Estados Unidos, ve que usted no tiene boleto de vuelta, no le deja entrar.

-Bien señorita, usted es la que sabe. Me voy esta tarde pues.

Y pagó el ticket Ezequiel, muy a su pesar y regresó junto al motorista, diciéndole:

-Regrésame al hotel, que recojo mis cosas y nos volvemos para acá. Casi pareces ya mi chofer particular.

-Con mucho gusto, amigo. –Respondió el motorista.

Y dejó a Ezequiel en su hotel y le dijo:

-Regreso a recogerle en quince minutos. ¿Está bien?.

-Así es, amigo. Aquí te esperaré.




CAPITULO VII

-Te digo que el individuo tiene mucha plata. –El motorista al teléfono celular…

Pagó con dinero el billete y se marcha a Miami… Luego, llevará encima mucha plata.

-Bien. -respondió el interlocutor  al motorista- Yo pasaré en unos veinte o treinta minutos por ahí.

Te espero en la Décima Avenida, con la Veintiuna calle. Os sigo y enseguidita a la derecha, entras en las vías del ferrocarril, allí lo hacemos.

-Estate muy atento, que no me quede solo con él… Parece fuerte.

-No te preocupes. Allí estaré.

Y el motorista, regresó al hotel a esperar a Ezequiel.

-Acá estoy listo, amigo –dijo Ezequiel al motorista al acercarse a él, ignorando que era cualquier cosa, menos un “amigo”.

Y marcharon con la moto los dos, hacia la Décima Avenida, en dirección Sur, para dirigirse al aeropuerto.

A la llegada a la esquina acordada con el otro delincuente, se les unió éste en su motocicleta y comenzó a seguirles.

Efectivamente, la moto en que iba Ezequiel, giró bruscamente a la derecha y se internó en las vías de la gran terminal de ferrocarril, solitarias.

Detuvo el motorista la moto en un instante, se apeó, al tiempo que gritaba a Ezequiel: -Bájate, cabrón.

Ya tenían al lado al otro motorista que con una enorme pistola en su mano apuntaba a Ezequiel. –Venga, la plata. -Gritó el individuo.

Ezequiel, quedó profundamente sorprendido y asustado y miró hacia los dos ladronzuelos… Bueno, más que ladronzuelos, ya que si era preciso, no dudarían en matarle…

Y Ezequiel les miraba a ellos y ellos le miraban a él, pero Ezequiel, veía lo que había detrás de ellos.

Y eso le esperanzó, porque detrás de los dos ladrones, lo que había era uno de los guardianes del ferrocarril, ataviado con chaleco antibalas, como allí es habitual y armado con una escopeta con empuñadura de pistola y automática. De esas que cargan siete cartuchos de postas. Vamos que matan a quien sea, sin molestarse ni en apuntar, porque las postas, salen como un racimo.

Son armas pensadas para “matar en grupo”.

-¡Alto!. –Dijo el guardia.

Pero ellos no respondieron obedeciendo el “alto”, sino que se giraron y el guardia disparó un solo tiro.

Las nueve bolas de plomo que contiene el cartucho de postas, salieron en racimo.

Una mató al que llevaba la pistola, otras dos, dejaron herido de muerte seguramente al motorista-taxista y otra, rozó en el brazo izquierdo a Ezequiel.

Se acercó Ezequiel aturdido al guardia…

-Muchas gracias. Creo que me ha salvado la vida.

-Bueno. –Respondió el guardia- Pues dame la plata en pago.

Y miró agresivamente a Ezequiel, manteniendo la escopeta en la mano, algo inclinada hacia el suelo. A fin de cuentas, pensó,  Ezequiel, no iba armado…

Pero sí iba armado. Con unas tremendas botas vaqueras con punta de metal. Y una de esas puntas de metal, entró violentamente en el escroto del guardia, le reventó un testículo y se le clavó en la próstata, prosiguiendo su trayectoria mortal, hasta la vejiga.

Y claro cuando retiró Ezequiel la bota, la orina del tipo, que seguramente llevaba mucho rato sin orinar, pues salió como un surtidor… Espectacular. Por aquél chorro de orina, mezclada con sangre, se estaba escapando la vida del desgraciado.

Eso duele ¡Oye! Y el guardia cayó al suelo sin conocimiento.

No dudó un momento Ezequiel. Agarró la moto de unos de ellos, sujetó la maleta ante su pecho como pudo, apoyándola en el depósito del combustible y salió hacia la Décima Avenida.

-Perdone amigo, ¿Cómo se va al aeropuerto?. –Preguntó a un viandante en la misma avenida, un poco alejado ya  del lugar en que había ocurrido todo.

Era fácil. Así que en unos quince minutos, se plantó en el Aeropuerto de La Aurora.

Abandonó la moto en la zona del “rentacar” y se internó en la terminal.

En los lavabos de la terminal, se lavó la herida superficial que le había hecho el disparo, se la envolvió con un trozo de su misma camisa. Se puso otra camisa que llevaba en la maleta y…

Pasó el control de pasaportes, dirigiéndose a la sala de espera para embarque.

-Comienza mi nueva vida. –Pensó.

Y no lo sabía, pero sería bien intensa, esa nueva vida en el país de los Gringos.






CAPITULO VIII

Estaba claro que nunca había subido a un avión, ni tampoco lo había visto de cerca, mas que en la televisión.

Así que para él, todo fue sorpresivo e interesante.

-Parece mentira -pensaba-, que después de lo que me acaba de ocurrir en Guatemala, no esté yo ni afectado.

Tampoco tenía porque estarlo, porque eso de que le maten a uno o de que le roben, es lo mas habitual en su país, El Salvador y a nadie sorprende y… Si nadie le había visto ni preguntado nada en aquel momento en la estación del ferrocarril de Ciudad de Guatemala,  ya nada tenía que temer.

Por unos momentos, deambuló por el avión, que no iba muy lleno, raramente, con su tarjeta de embarque en la mano y despistado como una monja en una casa de prostitución.

Así que la aeromoza, le acomodó en su asiento y allí se quedó sentado, pensando que seguramente, cuando el avión se elevara, vomitaría.

Comenzó a rebuscar en el pequeño compartimento situado ante él, en el respaldo del asiento delantero y sacó la bolsa de papel, que ya había visto en alguna película, servía para vomitar.

Se la dejó sobre las rodillas.

-Es la primera vez que vuelas, ¿Cierto?.

El que le hablaba, era el individuo que estaba en el asiento de al lado.

Un individuo de la edad de Ezequiel, o algo mayor, moreno, con aspecto de centroamericano, bien parecido, atlético…

-¿Cómo dice?. –Respondió Ezequiel.

-Bueno, que veo, que buscas la bolsa con impaciencia y pienso que o eres propenso al mareo, o es la primera vez que tu vuelas. –Respondió el otro.

-Pues, si, es la primera vez.

-Pues no te preocupes que nada pasa –Respondió el vecino de asiento-. ¿Cuál es tu nombre?.

-Ezequiel ¿Y el tuyo?.

-Hugo. Me llamo Hugo. Acá tienes un amigo–. Y le tendió la mano, añadiendo  -¿A que te dedicas Ezequiel?.

-Ahorita mismo a irme a Miami a empezar de nuevo. Soy músico ¿Y tú?.

-Bueno, yo hago de todo un poco por  aquí y por allá, algunos transportes… Soy piloto de aviación y trabajo para quien me hace un encargo. Ahorita mismo, voy a ver a un cliente a Miami.

El avión, había llegado a la cabecera de la pista 19 y tras una pausa, los motores rugieron, Ezequiel sintió en la espalda la presión contra el asiento por la aceleración y lo peor, cuando el avión levantó el morro y se levantó y a él le pareció que el mundo le desaparecía debajo de él y se tensó y…

-Vamos Ezequiel, que ya estamos en el aire y nada pasó. –Dijo para relajarle Hugo.

Continuaron ascendiendo, se estabilizó el avión y se dirigió con rumbo de 030 grados al Noreste, para pasar entre Cuba y Yucatán hacia los cayos de Florida…

El ruido brusco del motor al recoger los flaps del avión, produjo un nuevo sobresalto en Ezequiel, lo que motivó la risa de su compañero de asiento.

-Vas muerto de miedo…

-Pero ¿Cómo puede sostenerse esto, que pesará toneladas,  alejado de tierra?. –Inquirió Ezequiel.

-¿Conoces la Ley de Venturi?.-Inquirió Hugo.

-¿Qué es eso?. –Respondió Ezequiel.

Bueno, déjalo. Para que tu lo entiendas, la turbina avanza como un tornillo que se enrosca en el aire. Sobre la superficie del ala, que está elevada en curva, se produce una aceleración en la velocidad del aire y ello provoca una depresión, que “tira” del ala hacia arriba y… Bueno, que se sostiene con un par de cojones y no hay quien lo tire abajo… Si no se detienen los motores, claro… Pero no se detienen y… Déjate de esas  pendejadas, que llegaremos a Miami vivos, te lo aseguro.

-¿Has tenido problemas manejando tu avión?. –Ezequiel interesado.

-Solo cuando por volar muy bajo me han disparado…

-¡Ah!. –Exclamó Ezequiel e intuyó que no debía preguntar mas.

Cambió de asiento, para situarse junto a la ventanilla y admirar, los cayos de Florida, que ya estaban alcanzando.

Pensó en lo imponente que era aquella sucesión de islas pequeñas y tropicales, unidas por una carretera sobre el mar.

Aunque eso, ya lo había visto en alguna película…

Y descendió el avión, se le alborotaron los oídos por la diferencia de presión y se “acojonó” de nuevo, al oír el estruendo de la reversa de los motores cuando el piloto frenaba enérgicamente el avión y…

-Bueno, acabó tu tortura. –Comentó Hugo. Y se despidieron.

Salieron del avión, pasó los trámites de inmigración Ezequiel, con las preguntas y las miradas inquisitorias del oficial de inmigración. Un tipo hispano, obviamente inmigrante también o hijo de inmigrantes, que se debía llamar González o García o algo mas hispano todavía, pero que gustaba de torturar psicológicamente a los hispanos que intentaban entrar al país.

-¿Cuál es el motivo de la visita?. –El policía de inmigración, chulo, superior, mirando a los ojos a Ezequiel, como si Ezequiel fuera una mierda y él, el guardia, el Rey de los Estados Unidos de América.

-Bueno, -contestó muy acertadamente Ezequiel- Soy amigo del Embajador de Estados Unidos en San Salvador y me ha sugerido que venga para acá, que hay posibilidades de invertir alguna plata en este país, que es seguro y organizado…

-¡Oh, sí!. –Respondió el hombre mas entendido en economía de América, es decir el guardia. –Este es un país seguro para las inversiones.


CAPITULO IX

La llegada de un inmigrante a un país que no conoce, donde hay una cultura que no conoce, un idioma mayoritario que no conoce y un todo que no conoce, es muy dura.

Si además, has salido de tu país, precipitadamente y no tienes un amigo o conocido al que acudir… Te sientes como un explorador blanco en Africa, metido en una gran cazuela en la que los negros te están cocinando y más, si como te ocurre al llegar a Miami, viniendo de un país de blancos, te encuentras con enorme cantidad de negros por allí, que te parece que se te comerán.

Y el negro que recibió en la aduana a Ezequiel, gordo, alto, fuerte… Parecía que se te podía comer de un bocado.

Se acercó Ezequiel a él, disponiéndose a abrir su maleta y le interrumpió el funcionario, al tiempo que le estiraba de su mano el formulario de aduanas…

-O.k. It’s Ok.

-¿Cómo?. –Preguntó Ezequiel.

-Que pases, amigo-.Le gritó otro funcionario de aduanas, éste último hispano- Que no te toca registro.

Y Ezequiel, salió a la terminal cual burro en una joyería, mirando para todos lados… Acumulaba mucho cansancio y muchas emociones, el atraco en Guatemala, el primer vuelo en avión, ahora la llegada a lo desconocido…

-Toma esta dirección, anda. –Hugo a su espalda, le alargó un papelito, con una dirección que ponía un número raro de Le Jeune Road.

-Esta mujer, es amiga mía y aloja baratito a personas. Casi seguro que tiene una habitación y sino, te la busca. Dile que vas de parte de Hugo “El aviador”. Toma un taxi, que a mí me espera alguien y no puedo compartir el auto contigo…

-Te quedo muy agradecido. -Respondió Ezequiel- ¿Es seguro acá tomar un taxi?.

-Absolutamente. El taxista no te mata, como mucho te estafa. Fíjate en lo que marca el taxímetro y no le pagues nada mas. Te costará unos diez Dólares, porque eso está cerca.

Y se despidieron de nuevo.

 CAPITULO X

Le impactó a Ezequiel, la grandeza de las carreteras y, cuando pasaron junto a la prisión de Miami, con aquellos grandes montones de rollos de alambre espinado, le impactaron aún más.

–De ahí, no hay quien escape. –Le comentó al taxista.

-No hay quien escape, no. –Respondió el conductor. -Y en ocasiones, un asesino al que inexplicablemente no se le retira la licencia de médico, utiliza sus conocimientos médicos, riéndose del Juramento Hipocrático, para asesinar a un reo, inyectándole veneno. Ya ve. Yo tengo unos vecinos a cuyo hermano ejecutaron aquí estos perros… Nunca han sido los mismos. Es como si los hubieran matado a ellos…

-Duro, muy duro. –Respondió Ezequiel.

-Bueno; es lo que tienen los gringos… Unas cosas muy buenas y otras muy malas. –Respondió el taxista, meditabundo.

-Ha llegado a  su destino, señor.

Ezequiel, miró con curiosidad la casa; una planta baja con jardín, con cierta categoría, pensó Ezequiel, aunque no demasiado lujosa. No hay duda de que era una casa grande.

-¿Qué desea?. –La mujer, de unos cincuenta y tantos años, bien parecida, con rostro amable, plantada ante Ezequiel.

-Buenas tardes, señora. Soy amigo de Hugo el aviador y me ha dicho que…

-Pase. –Le interrumpió la mujer, dando la presentación por absolutamente correcta- Si es amigo de Hugo, es bienvenido. ¿Cómo anda él?.

-Pues le dejé ahorita mismo en el aeropuerto y me dijo que usted quizá podría alojarme, que era un lugar de confianza.

-Total confianza. –Respondió ella- Acá le puedo proporcionar una habitación a precio económico y tratarle como si fuera de la familia. A cambio, espero el mismo trato.

No me importa a lo que usted se dedique, puede ser ladrón o narcotraficante o lo que quiera, pero… Aquí, respeto y totalmente prohibido traer amigos o amigas y entrar en la casa nada ilegal… Nada absolutamente que pueda provocar un registro de la policía… ¿Entiende?.

-Entiendo bien, señora.

-¿A qué se dedica usted?.

-Acabo de llegar de El Salvador y soy pianista y cantante y trataré de encontrar aquí trabajo.

-Pues me parece, que aquí, le será difícil, pero en fin… -Y abrió la puerta que daba al salón de la casa, lo que dejó boquiabierto a Ezequiel:

En un lado de la sala, había un hermoso piano de cola.

-Si lo desea, puede tocar el piano un ratito cada día.

-¿Sabe usted música, señora?.

-Llámame María y sin tanta ceremonia, pero… ¡Ojo! Respeto… Mucho respeto. Y…No. No se música, aunque me encanta escucharla. El piano, era de mi padre, que Dios lo tenga en su gloria.

-¿De dónde es usted, señora?... Perdón, quería decir María.

-De Cuba. Algún día te explico. Hoy cenas aquí, que yo te invito y te explico lo que tienes que pagar por el alojamiento. A partir de mañana, tienes que hacer tus comidas fuera de la casa. Te mostraré tu cuarto.

Y se acomodó Ezequiel y sin saber porqué exactamente, sintió que estaba en su propia casa. Sintió calor de hogar.


 CAPITULO XI

Cenó Ezequiel con María, los dos sentados en el pequeño comedor que había junto al salón, charlando animadamente.

-Mañana, te indico como poner un anuncio en El Diario De Las Américas, ofreciéndote como pianista cantante para actuar en algún restaurante o bar.

Además, te explico dónde está el Victor’s Club, acá en Miami para que preguntes allá.

-¿De qué conoce a Hugo, María?. –Inquirió Ezequiel.

-Bueno, cuando era mas pobre se alojó aquí un tiempecito… Después, encontró trabajo con algún negociante al parecer adinerado (Lo digo porque se mueve en un Ferrari rojo como el fuego), de acá de Miami y…Bien… Ahora se aloja en buenos hoteles…Aunque se acuerda de mí. Casi soy como su familia.

-¿Y cómo fue que dejó Cuba, María?.

-Bueno, verás… -La cena se iba alargando y la charla también. De hecho, había terminado la cena y ahora tocaba tomar unos tragos.

-Cuando el Fidel Castro maldito ese, hizo la revolución, mi padre, era pianista titular en la orquesta sinfónica de La Habana.

Nunca se adaptó a aquello el pobre. Sufrió lo indecible. Les pusieron en la orquesta a una especie de comisario político, un espía de la revolución, para que nos entendamos, que mandaba en todo, humillaba en todo y no sabía la diferencia entre una corchea y un compás. Mi papá siempre decía que aquél individuo creía que una corchea (♫) era la esposa de un tapón de corcho y un compás, lo que se utiliza para dibujar una circunferencia. Un bruto, vamos.

Y el tipo odiaba a los músicos, porque sabía que estaban muy bien educados y que habían actuado siempre para los ricos…

Cómo recuerdo a mi papá tocando a veces el piano acompañando a una soprano en el salón del Hotel Nacional, junto  al malecón…

Y a ella cantando a veces boleros y aquél que decía “♫ Dos gardenias para ti, que tendrán todo el sabor, de un beso ♫” –Y María suspiró melancólica y sorbió un poco mas de whisky.

-Buenos, recuerdos ¿Verdad?. –Respondió Ezequiel y se sentó en al piano y… Cantó entera la hermosa canción “Dos Gardenias” de la compositora cubana Isolina Carrillo.

Terminó Ezequiel, la magnífica interpretación; que los músicos centroamericanos, tienen gran habilidad para recordar y cantar canciones, sin necesidad de tener frente a ellos la partitura ni la tabla de acordes, ni nada.

-Bella canción, ¿Verdad?. –Comentó Ezequiel levantándose del piano.

-A mí me lo parece mas. Mi papá era amigo de su autora, Isolina y yo la conocía personalmente. Ella fue bien famosa como miembro del grupo musical “Las Trovadoras Del Cayo”…Que tiempos tan felices…

-No me terminó de contar cómo es que acabó en Miami, María.- Comentó Ezequiel.

-Pues bien:

Mi papá, como te dije, nunca se adaptó a la vida impuesta por aquél desgraciado, Fidel.

Así, que cuando ganó la revolución el Fidel, la vida se le hizo muy difícil.

El siempre había sido respetado, como un gran pianista y conocía muchas personas… Llevaba una vida agradable, pero…

-Se complicaron las cosas,¿No?. –Interrumpió Ezequiel.

-Mas bien sí. –Respondió María- De pronto, la orquesta se convirtió en un nido de espías, con la consiguiente “caza” de enemigos de la revolución, según ellos.

Así que mi papá, no paraba de decir que él quería marcharse a Miami.

Mi mamá, por el contrario, decía, que ella no se veía capaz de vivir en otro lugar que no fuera Cuba,  “de mi Cuba no me echa ni Fidel”, decía.

Así, que finalmente, un día, le dijo mi padre: “mira, yo me quedaré aquí contigo y con María, siempre, pero si Dios quiere que tú mueras antes que yo, al día siguiente de enterrarte, me marcharé a Miami y me llevaré lo antes posible a María.

-Se sacrificó por la esposa, ¿Verdad?, -comentó Ezequiel.

-Así fue y Dios quiso que mi mamá muriera primero.

Cuando ella estaba muriendo, le dijo… Cumple lo que dijiste, mi amor. Entiérrame y márchate.

Y así lo hizo mi padre. M envió con una tía mía, hermana de mi madre, porque él no sabía exactamente cuando marcharía, y… A los cinco días justos de enterrarla, mi padre, partió en una balsa, desde Puerto Mariel.

-Y llego bien, se supone. –Terció Ezequiel.

-Bueno, no exactamente. Iban tres personas, mi padre y otros dos en la balsa.

Cuando estaban unas cinco millas fuera de la costa, les vio un barco de los malditos militares de Fidel…

-¿Y?. –Exequiel ya interesadísimo.

-Como tienen por costumbre en estos casos, les hundieron la balsa, disparándoles y los dos compañeros de mi padre, murieron.

A mi padre, le encarcelaron, durante tres años.

Yo quedé viviendo con mi tía, una buenísima persona y mi padre, pues cuando salió de aquella horrible cárcel, tardó pocos días en embarcar de nuevo en otra balsa.

-¿Y llegó esta vez?.

-Si. Iban cuatro personas y una murió por el camino. La tuvieron que lanzar al mar. Eso nunca lo olvidó mi padre.

El caso, que llegó a Miami comenzó a trabajar tocando en algunos locales, me consiguió sacar de la Isla y aquí nos quedamos.

-Una buena aventura, María.

-Efectivamente, una buena aventura, Ezequiel. ¿Te parece que nos vayamos a dormir?.


Y se fueron a dormir, cada uno a su cuarto, claro, que ya lo había advertido María: “Respeto, mucho respeto”.


CAPITULO XII

Ezequiel, estaba acostumbrado a moverse por Santa Ana, allá en El Salvador. No tenía necesidad allí de un carro, ni de ningún medio de transporte público o colectivo, pero… Miami, era Miami. Grande del carajo y sin un carro, pues no eras nadie.

Tuvo que subirse a un autobús colectivo y, eso en Miami, no es agradable. Es un transporte marginal. Poca frecuencia de tránsito, por lo que hay que esperar mucho en las paradas… huele a sudor por el calor y otras cosas… -Aquí solo viajan los negros. –Pensó Ezequiel, pero el caso es que llegó a la redacción del Diario De Las Américas, puso el anuncio en la sección de  empleos, ofreciéndose y después, se dirigió  ya caminando a la zona turística de Bayside, en el puerto.

Quedó boquiabierto viendo el barco en el que según le explicaron, se rodó la película de “Motin A Bordo”, “La Bounty”… Paseó y admiró toda aquella zona turística y entró a mirar, que no a gastar ni un centavo en el “Hooters”.

Aquello del Hooters, le impactó,  se comían alitas de pollo y las servían un montón de muchachas jóvenes y extremadas, vistiendo o semi-vistiendo una ceñida camiseta y un pantalón cortito… Era excitante.

Deambuló finalmente por Flagler Street y dio con un pequeño centro comercial, donde había en la primera planta varios puestos de comida rápida, así que se dijo… -Aquí almuerzo.

Se compró un plato de espaguetis con meetballs, (Albóndigas) y se sentó a comerlas.

-Están deliciosas. –Pensó- Pero este ritmo de gasto es mucho para mí. Tengo que trabajar rápidamente.

Y reparó que había un piano de cola en el centro del comedor, donde un hombre, de unos cincuenta años, tocaba algunas melodías, mediocremente, el pobre. 

Terminó de disfrutar de sus meetballs, Ezequiel y se acercó al pianista a platicar con él.

Se presentaron, platicaron…

-Mira Ezequiel, acá no está fácil el trabajo- dijo el pianista; -pero yo ya me siento mayor y puedo regresarme con mi familia a Guatemala. Te hago un trato:

Tu me das mil Dólares que me hacen mucha falta para completar mi presupuesto y yo te cedo mi puesto y tu te quedas acá…

-¿Tratas de estafarme?. –Respondió raudo Ezequiel.

-Hablamos con el manager ahorita mismo si quieres.- Respondió el pianista.

-¿Cuánta plata me sacaré acá?.-inquirió Ezequiel.

-Bueno, mira. Tienes que venir cada día a las doce del mediodía, para la hora de “lonchar”, quedándote hasta las tres de la tarde.

El manager, te da gratis tu comida antes de comenzar a tocar el piano a las doce y tú de propinas, que te van poniendo en esta copa que tengo sobre el piano, te sacas cada día unos treinta Dólares…

-Te doy quinientos Dólares, -respondió Ezequiel.

-Trato hecho. Como dicen acá “Tenemos un Deal”.- Respondió el pianista guatemalteco.

Hablaron con el manager y, al día siguiente, ya tuvo su primer trabajo Ezequiel.


CAPITULO XIII

Regresó Ezequiel a su casa, o mejor dicho a casa de María, su patrona, dándole la buena noticia.

-No creo -comentó María, -que con eso vayas a hacerte rico, amigo, pero por algo se comienza.

En cualquier caso, te tengo una buena noticia, que te la daré esta noche mientras cenamos. Porque hoy, para celebrarlo y como me gusta tanto platicar contigo, te invito a cenar los dos en el “Boston Chicken”, ahí mismo en Miracle Mile.

Y, efectivamente, los dos subieron en el viejo y vetusto carro de María.

La verdad, es que era tan viejo el carro, que parecía que lo hubiera traído con ella desde Cuba.

Pero tenía unos asientos grandes y cómodos y Ezequiel, se “apoltronó” en el asiento satisfecho.

Bueno, satisfecho, hasta que llegando ya a Miracle mile, el carro comenzó a toser y dejó de funcionar.

Rápidamente, Ezequiel, salió del carró, levantó el capó del motor y miró en el interior.

-¿Qué haces?. -Preguntó María.

-Bueno, mirar lo que le pasa. –Respondió Ezequiel, comportándose como un gran experto en mecánica del automóvil.

-Todos hacemos lo mismo. –Respondió María. Abrimos el capó y miramos dentro, simplemente, para no resolver nada, porque no somos mecánicos.
-Si. –Respondió Ezequiel- debe ser instintivo.

Rieron los dos y como que afortunadamente, se encontraban frente a un taller de reparación de automóviles, propiedad de dos hermanos cubanos y llamado “Conejo Brothers”, pues no tuvieron problema en que les pusieran en marcha el carro otra vez.

Los hermanos “Conejo”, conocían muy bien el carro de María, ya que les hacía frecuentes visitas con sus problemas en el auto.

Visitas estas que iban acompañadas de una retahíla de improperios contra Fidel Castro y su “revolución”. Se lo pasaban bien compartiendo sobre eso.

Pagó María y continuaron a su destino: La deliciosa cena.

La verdad, es que Miracle Mile, le encantó a Ezequiel…

-Que bella avenida, María -comentó.

-La calle principal de Coral Gables, ya ves; parece que uno esté casi, casi en París…

-Bueno, yo no se como será París.

-Ya lo conocerás cuando seas un músico famoso, hombre -rió María.

Parquearon el carro, en una especie de patio, junto al restaurante y se dirigieron caminando hacia la puerta.

Ezequiel, miraba hacia atrás, insistentemente…

-¿Qué pasa?, ¿Tienes miedo que te sigan?. –Preguntó María.

-No, María, es que me sorprende que nadie se quede vigilando el carro.

Es que en mi país, sería impensable dejar el carro solo. Habrían uno o dos guardias armados, vigilando el parqueo…

-Olvídate ya, hombre, que no estás en El Salvador.

-Parece mentira, -comentó Ezequiel, que a una distancia de solo dos horas de vuelo prácticamente, pueda haber dos mundos tan distintos…

-Solo una hora hay a Cuba, hermano y la diferencia es mucho mayor. –Respondió María.

-Allí, también habrá que vigilar el carro, -argumentó Ezequiel.

-¡Coño!, Ezequiel-, respondió María irrespetuosa. –Allí ni hay carro, ni hay restaurante para comer… Por lo menos si eres cubano.

Y ya no escuchó más a Ezequiel y empujó la  puerta de cristal del restaurante.

-Es curioso, -comentó María, -mirar las caras de las personas en estos lugares de comida rápida donde tu mismo la pides. Fíjate que la gente está en la cola, esperando su turno, con cara seria, impaciente.

-Si. –Respondió, Ezequiel, -hasta parecen enfadados.

-Pero date cuenta, que cuando abandonan la cola, ya con su bandeja de comida en las manos, parecen contentos, ¿Eh?...

-Cuán cierto, María.

-Lo mismo ocurre, si me permites la grosería, poco conveniente proviniendo de una dama como yo -y alzó la cabeza presumida, -cuando una persona está esperando para entrar en la toalet. Tiene la cara, como de preocupación, como de urgencia. Sale, después de usar el baño y… ¡Mira!, a esa misma persona, pues ya le cambió la cara, está distendida, relajada, sin prisas…

-María -respondió Ezequiel, -se fija en unas cosas.

-Déjame pedir la comida para los dos. –Respondió ella –Y luego seguimos con la plática.

Y efectivamente, pidió pollo con espinacas para los dos y se dirigieron a la mesa.

-Fíjate, -continuó María, -que mirando a la cara de una persona, enseguida obtienes, si eres observador, dos informaciones muy importantes para ti y para planear tu comportamiento con la persona:

Primero: El estado de ánimo de la persona, inconfundible. Es como en los dibujos animados; si tiene la boca formando una curva con las puntas hacia arriba, está contenta, si las tiene hacia abajo, está enfadada… Y más cosas.

Segundo: Si abre los ojos algo mas de lo que sería normal, le interesas y…

Mira la muchacha que se nos acerca. Nos acaba de ver y tiene los extremos de la boca, curvados hacia arriba y te está mirando con los ojos brillantes y bien abiertos… Vamos bien.

Y miró Ezequiel a la muchacha, que se acercaba a ellos…

Era una especie de ejemplar de centroamericana, un tercio blanca, un tercio negra, un tercio india… Vamos como la que define Julio Iglesias en una de sus canciones que tanto gustaba de cantar Ezequiel…

♫Tiene cosas de blanca,
tiene cosas de negra,
tiene cosas de india,
bendita mezcla que da esta tierra♫

Y les saludó la muchacha.

-Hola, María… Y compañía.

-Hola, Lucita. Siéntate, por favor. Este es mi huésped y amigo, Ezequiel.

-Gusto en conocerte, Ezequiel. –Respondió ella.

Pero en realidad, el gusto, era de Ezequiel, que había quedado algo así como deslumbrado.

Y la luz brillante de las pupilas de Lucita, reflejaban en los ojos de Ezequiel y retornaban proyectadas hacia atrás sobre los propios ojos de Lucita otra vez. Rebotaban de nuevo y se proyectaban de nuevo en los de Ezequiel.

Era como una reacción en cadena. La energía luminosa, iba de los ojos de uno a los del otro y se iba incrementando, de tal forma, que probablemente, los ojos de ambos hubieran acabado quemados, de no ser porque María, alucinada por tal manifestación de energía lumínica, interrumpió. –¿Porqué no vas a por algo de comida, Lucita?.

Parpadeó Lucita y asintió, marchando hacia la cola para pedir su cena.

-¡Ezequiel!, -casi gritó María. -Os habéis enamorado.
-Vamos, María, no diga eso.

-Que si que si. Que yo se ver estas cosas. Se os han dilatado a los dos las pupilas. Además de un nuevo trabajo, igual conseguiste una esposa, chamo.


-Increíble lo rápido que piensa Ud.,María. 



CAPITULO XIV

Lucita, regresó a la mesa y comenzó a hablar:

-Bueno, Ezequiel, no se si te contó ya María.

-Nada me contó, -respondió éste.

-Pues muy mal hecho, porque me hubiera ahorrado palabrería. Bueno. Tengo un negocio de organizar bodas y casamientos y todo eso.  También fiestas de quinceañera, ya sabes.

Bueno, las fiestas que se hacen para celebrar que la niña llega a mujer, a los quince años, que acá en Miami, se celebran tanto o más que en nuestros países.

-Bueno; en realidad, cuando alcanzan los quince años, ya todas tienen experiencia de mujer, hoy en día. –Comentó inapropiadamente María.

-María, -interrumpió Ezequiel -es usted a veces un poco “bruta”, con perdón.

-No, no, sin perdón, hijo, es que lo soy. Hoy en día, cuando veo la actitud de las niñas, de menos de quince…

-Bueno, -siguió Lucita -el caso, es que para el próximo domingo en la tarde, tenemos una fiesta de quince años y necesitamos alguien que cante algo y se acompañe con guitarra o piano y he pensado que podrías ser tú, Ezequiel, porque un par de conocidos que tenía para esos menesteres, me han desaparecido.

-¿Hay piano en el local?. –Inquirió Ezequiel.

-Si. Y equipo de sonido y de todo. Es en ese restaurante que parece La Giralda de Sevilla. –Respondió Lucita.

Trataron el precio y quedaron para el domingo, a las tres de la tarde, en que Ezequiel iría al lugar para ensayar un poco y probar el sonido.

-Bueno -dijo María, -ya comienzas a tener algún ingreso de plata suplementario, Ezequiel… Estás a un paso de la riqueza.

-Rieron todos y cenaron platicando sobre sus respectivos países.

Lucita, provenía de Colombia concretamente, de Cúcuta, una pequeña población, en la línea fronteriza por el Este de Colombia, con el Oeste de Venezuela.

-Y que hacías allá, -preguntó Ezequiel.

-Lo que casi todo el mundo. Trapichear con contrabando hacia y desde el primer pueblo que había venezolano, que es San Cristóbal.

-Pues con el contrabando, vivirías bien, ¿Cómo que te viniste?. –Se interesó Ezequiel.

-Bueno, como todas las ciudades fronterizas de mucho contrabando, tu sabes, hay también mucha delincuencia, muchos ladrones y muchos policías, que todo viene a ser lo mismo. Tenía su peligro.

-¿Y no tenías algún policía o algún ladrón que te protegiera?. –Ezequiel más que interesado, interesadísimo.

-Si. Tenía un policía… Bueno, en realidad un ladrón. Vivía de lo que robaba abusando de su posición de policía, pero… Un día, creo yo que sería porque se confió, fue hacia una víctima inapropiada… Quizá quiso ir a robar demasiado “alto”…No se, pero acabó mal.

-¿Cómo de mal?. –Ya el interés de Ezequiel, era desmesurado. Le interesaba la historia de Lucita, le interesaban sus ojos… Le interesaba todo de ella…

-No se como te parecerá a ti de mal, que un día, en la puerta de la casa de su mamá, depositaran su cabeza y en la casa de su papá, que estaban separados, depositaran su cuerpo. –Respondió Lucita.

Y yo, que no sabía exactamente lo que había pasado, pero que todo el mundo sabía que estaba relacionada con él, pues decidí que era un buen momento para salir corriendo de allá; no fuera a ser que quisieran continuar la fiesta de las decapitaciones conmigo, ¿Sabes?. –Respondió Lucita, que no parecía demasiado afectada.

-Así, que acudí a otro amigo, Hugo, el amigo de María… Le conoces?.

-Oh, si, le conozco, -respondió Ezequiel.

-Pues me arregló todo, me trajo, me alojé en casa de María y aquí estoy.

-¿Y como consiguió Hugo traerte?. –Preguntó Ezequiel.

-Hugo lo consigue todo. –Terció María.

-Me metió en su avioneta debajo de la carga que a fin de cuentas, tan ilegal iba yo como la carga y me pasó a Venezuela, donde finalmente, me presentó a alguien de la Embajada Americana, que… Fíjate tu que siendo yo colombiana y estando en Venezuela, me arregló el visado…

-Como puede ser eso?. –Casi interrumpió Ezequiel.

-Se levantó Lucita, adoptó una posición sexy y dijo…

-¿Aún no te has dado cuenta de lo bella que soy?... Este cuerpo, lo consigue todo.

-No me extraña. -Respondió casi murmurando Ezequiel, que la imaginaba como princesa inocente…

Y nuestro hombre, se sintió por un momento decepcionado. No era una princesa inocente, quizá era un poco o un mucho “zorra”.

Esto produjo un cambio importante en las hormonas y en los pensamientos de Ezequiel. Ya no la veía como algo a lo que amar… Sintió que algo crecía en su interior. Deseo sexual salvaje.

-También está bien eso. –Pensó en voz medio alta, Ezequiel.






CAPITULO XV

-Te ha alterado Lucita, ¿Eh?. –Comentó María ya en el carro, cuando Ezequiel y ella regresaban a la casa.

-No,  no creas… -Ya Ezequiel, menos comedido que anteriormente por la presencia de Lucita, volvía a tutear a María, como ésta le había ordenado días atrás.

-Si. Te ha alterado.  Ten cuidado. Puede ser peligrosa. Piensa en ella como objeto sexual que a lo mejor consigues. Ni se te ocurra enamorarte.

-¿Hay que tenerle miedo?. –Preguntó Ezequiel.

-Mas que a ella, a su entorno. –Respondió seria y algo enigmática María.

Y llegaron a casa de María y, como solían hacer algunas veces, tomaron una copa y charlaron.

-Ezequiel, eres un hombre interesante.

-Gracias, María, más lo eres tú.

-Mira Ezequiel, tengo ya una edad, pero también tengo soledad y tú, pues tienes mucho deseo de Lucita y yo…

Se acercó a él.

-María, yo…

-No digas, nada. Vente a mi cuarto, hagamos el amor solo esta noche, de momento y, recuerda: Respeto, mucho respeto.

Y se pasaron la noche respetándose el uno al otro. Ezequiel, andaba necesitado, que ya no tenía a su servicio a las prostitutas gratis o casi gratis que tuvo en Santa Ana, cuando era el músico figura en el hotel en que trabajaba.

Y María, pues tenía una mezcla de deseo sexual y ternura maternal.

No hay duda de que Ezequiel dio satisfacción a María.

Lo notó él, al día siguiente, en el desayuno que le sirvió. Era mucho más generoso. Nunca sabremos porqué. Si quizá por premiarle el buen trabajo sexual, o porque pensó María que necesitaba fortalecerlo tras el exceso, para que estuviera fuerte y vigoroso para la siguiente vez… ¿Quién sabe?.

Lo cierto es que ese día, Ezequiel, tuvo dificultades para cantar en el restaurante a la hora del Lunch.

Un cantante, lo mismo que un boxeador, debe cuidar eso de los excesos sexuales, si quiere hacer bien su trabajo.

Porque hay que hacer fuerza con el diafragma para apoyar la voz y lanzarla hacia las fosas nasales. Si la fuerza falla, el boxeador recibe puñetazos y el cantante, no recibe aplausos.

Afortunadamente, Ezequiel, lo que sabía de música, fuera mucho o fuera poco, lo manejaba bien.

Así que de memoria, casi sin pensar, iba bajando dos semitonos todas las canciones que cantaba, para lograr “alcanzar”.

No le salió mal. Recogió tantas propinas como siempre.

Por la tarde, se dio un paseo en el puerto, por Bayside, curioseó por las tiendas y cuando comenzó a sentir hambre, pues se compró en una de las tiendas de comida del primer piso del centro comercial, un plato combinado con ensalada y un poco de carne.

Estaba solitario el lugar. Se sentó en una mesa y, frente a él dos mesas mas allá, se sentó también un hombre, de unos cincuenta años, vestido informal, de turista, pero que desprendía cierta elegancia. Saludó cortésmente a Ezequiel.

-Este es Argentino, -pensó Ezequiel por el acento, tras responderle al saludo.

Vemos a una persona, e inmediatamente establecemos una relación subconsciente. Nos gusta esa persona y le gustamos y eso se nota en la sonrisa y el saludo.

Así, que a Ezequiel, el Argentino le pareció un hombre correcto y el otro pensó lo mismo a la inversa respecto a nuestro protagonista.

Nada habían hablado, cuando por la puerta procedente del teatro al aire libre de Bayside, apareció un tipo negro.

Ambos, Ezequiel y el Argentino, le miraron por un momento y después se miraron ellos.

El negro, vestía, si es que eso se puede definir como vestir, un pantalón oscuro tan sucio, tan lleno de “ketsup” y mahonesa resecos, con tanta antigüedad sin lavados intermedios, que cuando doblaba las rodillas al caminar, los pantalones “crujían” cual objeto semisólido.

Se acercó al Argentino y le pidió medio por señas comida.

Ezequiel, observaba y callaba.

El Argentino, se levantó, fue al mostrador de venta de comida y pidió y pagó un plato de comida y se lo dio al negro.
Sentose el negro en la mesa intermedia que se encontraba vacía, entre Ezequiel y el Argentino y comenzó a comer con las manos.

El estilo empleado en la ingesta de la comida, era aproximadamente, el mismo que emplearía un cerdo. No había ninguna diferencia, con el estilo de comer que tendrían sus antepasados en África. Estaba desbordado por el hambre. De eso no había duda.

De reojo, vio Ezequiel, como el empleado que les había vendido la comida llamaba por teléfono. Ya pensó a quien estaba llamando.

Efectivamente, al cabo de un momento, llegó al lugar un Guardia de Seguridad.

Tenía el aspecto de John Wayne, cuando en cualquier película del Far West, se disponía a sacar su revolver.

Se plantó junto al negro y le espetó, serio, chulo, con el convencimiento de que era el protagonista de “Ley y Orden “ y “CSI Miami” e incluso de “Miami Vice”.

-¡You! ¡Get Out!. ( Tu, Fuera).

El negro, ni levantó la mirada, solo le miró a los pies y se levantó con humildad, con resignación…

El Argentino, quiso hablar, pero Ezequiel, con una mirada, le comunicó suficientemente al susodicho Argentino que se mantuviera al margen. Era un buen consejo.

El negro, comenzó a caminar hacia la puerta de salida hacia el teatro y el “John Wayne”, le espetó con voz alta y autoritaria:

-¿No te llevas tu comida?. ¿Es que no tienes hambre?.

Se giró el negro y ya el Argentino, había agarrado el plato con la comida y se lo entregó al pobre diablo.

Se marchó “John Wayne” y comentó Ezequiel:

-¡Que triste!. Ese negro, desde que nació solo ha oído decir “You, Get Out”.

Claro que si le preguntamos al guardia, dirá que está harto de negros.

-Todo es como una gran mierda. –Dijo el Argentino.

-No crea, -respondió Ezequiel. Yo disfruto cantando y además, ayer, tuve sexo.

-¿Viste?. –Respondió el Argentino. Todo arreglado.

Y Ezequiel, volvió para casa de María, haciendo mil meditaciones filosóficas, sobre eso de que la vida era una mierda, sobre los negros, sobre los blancos, sobre el cuerpo “riquísimo” de Lucita… Cualquiera sabe.

-Bueno. –Pensó –Lo cierto es que el domingo me gano doscientos Dólares extras.

Poco imaginaba que el domingo, … Bueno, ya se verá el domingo.




CAPITULO XVI

El domingo no trabajaba en el restaurante Ezequiel.

Aquello era el “Down Town”, el lugar de negocios. Ese centro de Miami, estaba desierto, porque allí no vive nadie.

Así que Ezequiel, pasó la mañana en el jardín de casa de María tomando el sol y esperando la hora para vestirse un poco adecuadamente e ir a dar su “concierto” en la fiesta de la quinceañera.

Coral Gables, es un barrio de Miami que fue diseñado por George Merrick en 1920. Merrick decidió comprar 4.000 hectáreas de terreno y crear un barrio perfecto, su sueño era diseñar la ciudad más hermosa del mundo inspirándose en las casas mediterráneas.

Y lo consiguió sin duda.

Muchas de sus calles, llevan nombres de ciudades de España y el Hotel Biltmore, imita a la emblemática Giralda de Sevilla, con gran acierto.

Al llegar al hotel,  junto a María, que le llevaba en su carro, Ezequiel, quedó impresionado.

Ya en el interior, al ingresar en el salón donde se celebraría  la fiesta, alucinó ante tanta belleza.

Entró en la sala, muy temprano, puesto que quería ensayar algo y ya Lucita, salió a su encuentro.

Se saludaron, efusivamente y Lucita le indicó que se preparara como estimara conveniente.

Así que Ezequiel, se sentó al piano, tras asesorarse por el técnico que se encargaba de esos menesteres y comenzó a tocar un poco el piano y  a cantar para irse preparando.

Nunca había estado enamorado de Carmen, la pobre prostituta a la que mató el indeseable del Embajador Americano, allá en Santa Ana, en El Salvador, que parecía ahora tan lejano, pero, sí le había tenido cariño.

Y cantó pensando en ella, Ezequiel, casi dedicándole la canción, por si le oía desde alguna parte…

♫ “Ya no estás mas a mi lado, corazón,
       En el alma, solo tengo soledad,
       Y si ya no puedo verte,
       ¿Qué poder me hizo quererte?…
       Para hacerme sufrir mas” ♫.

-Que bello bolero… Lo compuso Carlos Almarán. –Dijo Lucita, acercándose al piano, sobre el que se apoyó, escuchando emocionada a Ezequiel…

Y se puso a cantar con Ezequiel, aunque no muy bien, la verdad; un intento como el de Salma Hayeck, cuando la cantó o “malcantó” acompañando a Florent Pagmy.

Lo cierto, es que los dos se emocionaron y la canción, se interrumpió cuando Lucita casi se abalanzó sobre él, besándole en la boca.

Tembló el piano y también ellos.



CAPITULO XVII

Don Fernando, el cacique de Santa Ana, estaba eufórico, con los preparativos.

Esta gente, mafiosa y cruel, tienen eso, que luego con la familia, son mas buenos que el pan.

Así, que para Don Fernando, su hija, Rita, era lo mas importante de su vida… Bueno, lo mas importante, en la familia, aparte del crimen organizado, el robo, la intimidación, la incitación a la prevaricación de los funcionarios del gobierno y todas esas pequeñeces.

Así, que había decidido viajar a Miami, con mucha ilusión y además de con mucha ilusión, con muchos amigos y secuaces, además de su esposa, sus familiares y por su puesto, su hija, Rita que era “la Estrella”.

Había rentado un avión vetusto, un DC9, que ya tenía aparcado en el Aeródromo de Ipolango, en El Salvador, que siempre le había gustado mucho a Don Fernando, no solo por estar mas cerca de Santa Ana, que el Aeropuerto Internacional de Comalapa, sino porque era mas tranquilo, sobre todo para operar con “cosas raras” y cuyos funcionarios, eran auténticos sirvientes de Don Fernando.

En dos autobuses, elegantes, viajaron hasta el Aeródromo, todos los invitados, uniéndoseles en el mismo aeródromo, el Embajador Americano, que llegaba, solo, sin familia, solamente acompañado de dos de sus guardaespaldas fornidos, que solían acompañarle siempre en cualquier salida de la Embajada Americana.

Hugo, estaba pletórico y satisfecho, dándole el último vistazo al avión, que él mismo pilotaría, acompañado de un sobrino de Don Fernando que estaba aprendiendo a volar, recién sacada su licencia de piloto privado.
Todo estaba en orden.

Hugo, le fue explicando cosas sobre el chequeo prevuelo del avión a su aprendiz, le fue enseñando el procedimiento de arranque de las turbinas y le resumió la lista de chequeo previo al aterrizaje…
-Por si me pasara algo. Ya has hecho unas tomas y despegues y no tendrías problema… Espero.

El avión, aceleró por la pista, alcanzó las ciento treinta millas de velocidad y levantó el morro hacia el cielo…

Recogió Hugo el tren de aterrizaje, después los flaps, ajustó el compensador del timón de altura y se relajó, mientras que iniciaba un viraje y ponía rumbo de veinte grados para cruzar Honduras y después subir rozando la costa Este de la Península de Yucatán, para evitar el sobrevuelo de Cuba.

Tan pronto se estabilizaron, comenzó en el avión la fiesta.

Todos, incluidos Hugo y su piloto aprendiz, bebieron y tomaron cuanto alcohol quisieron y aquello se convirtió en un auténtico desmadre, tal como era de esperar.

Aunque justo es reconocer que Hugo, era un tipo con la cabeza bien sentada y se emborrachó… Lo justo para mantenerse suficientemente lúcido para pilotar la aeronave. Sabía donde estaba su límite.

Afortunadamente, Don Fernando, había sido precavido y había ordenado a Hugo que pusieran el mamparo de separación entre dos clases, de forma que las mujeres quedaron sentadas en la parte de atrás y con la cortina corrida y los hombres delante, emborrachándose como animales. Mala expresión esta, que acostumbramos a decir a veces, porque de todos es sabido que los animales, por lo regular, no se emborrachan, salvo que se les obligue a beber alcohol.
También en el departamento trasero del avión, corría el alcohol, que no porque fueran mujeres, iban a ser menos “machos” para enfrentarse a la bebida. Así, que estaban la mayoría bien tomadas.

La bebida, provoca comportamientos distintos dependiendo de la persona que la toma… En exceso.

Unos se ponen cariñosos en demasía, otros tristes, otros alegres y otros… Groseros y violentos.

Y este último, era el caso de Ramón. Amigo de conveniencia de Don Fernando, porque era encargado de los hangares de depósito de mercancías en la aduana del aeropuerto de Ipolongo.

A una orden de Don Fernando, Ramón, actuaba como fuera debido para relajar la vigilancia en el aeródromo y facilitar las labores de los hombres de Don Fernando.

Así, que aunque no era de categoría, aunque estaba en el límite que separaba a los “invitables” de los “no invitables” para la fiesta a la que acudían, Don Fernando, había sido generoso y le había invitado.

Tenía esposa, este tal Ramón, pero había preferido ir solo para “guarrear” mas cómodamente.

Y el guarreo, pues fue algo excedido, así que pasó la cortina que separaba los departamentos bien diferenciados de hombres y mujeres, durante el vuelo y comenzó a “bromear con las chicas”.

Y además de bromear, bebió aún mas y las chicas, también borrachas, pues le excitaban y le provocaban y…

Y regresó al departamento de hombres, comentando con voz no lo suficientemente controlada, sin duda por la borrachera:

-Que buena está Rita. (La hija de Don Fernando). A esa la “cogía” yo y…

Y precisamente uno de los corpulentos guardaespaldas del Embajador Americano, le agarró por la pechera de su guayabera y le tapó violentamente la boca, lanzándolo sobre uno de los asientos del avión.

La mayoría, ni se percataron de ello. Don Fernando, sí. Lo había oído claramente. Nada dijo.





CAPITULO XVIII

Todos hemos oído a las aeromozas poco antes de iniciar el descenso hacia un aeropuerto, lo típico de “Recojan sus bandejas, pongan el asiento en posición vertical”, Etc. Etc.

Aquí, no cabían esas advertencias.

Sencillamente, aterrizaron con las bandejas de los asientos extendidas y llenas de bebida y comida, con los pasajeros, la mayoría sin ni ajustarse el cinturón de seguridad… En fin… Un aterrizaje muy especial.

-“Runway clear”. –Confirmó Hugo, hablándole  al micrófono, aunque en realidad a quien se lo estaba diciendo era al controlador del aeropuerto de  Opalocka, pocas millas al Norte de Miami.

Fue dirigido a la zona de aparcamiento y allí, tras abrir la puerta trasera, fueron bajando por la escalerilla y los hombres, lo fueron haciendo a su vez, por la puerta delantera.

Don Fernando, se quedó rezagado junto a la puerta de la cabina de los pilotos, dejó que fueran saliendo los hombres y cuando llegó a su altura Ramón, con ojos fríos como el hielo, le dijo:

No hay fiesta para ti. Te quedas en el avión.

Don Fernando, personalmente, les pidió las esposas o manillas a los dos guardaespaldas del Embajador, y le esposó en el pasillo del avión, estirado en el suelo y sujeto a los herrajes de dos de los asientos del lado derecho e izquierdo del pasillo central.

-Aquí te quedas hasta que volvamos. Y ya hablaremos cuando yo regrese. Tus necesidades, te las haces encima, que con gusto pagaré el lavado del avión. ¡Hugo!, -casi gritó Don Fernando- cierra completamente el avión y nos vamos.

Hugo, asintió con respeto, porque a Don Fernando y más en esa situación, había que tratarlo con respeto y ni mirarlo a los ojos.

Y tras abandonar todos el avión, cerró las puertas.

Y en los autobuses que habían sido contratados, marcharon todos del aeropuerto hacia Miami, a alojarse directamente en el Hotel Biltmore.


Don Fernando, sabía dirigir sus pensamientos. Así que no permitió que el pequeño incidente le amargara o le cambiara el humor. Volvió a sonreír y a esperar con ilusión la fiesta.



CAPITULO XIX

Don Fernando y toda la comitiva, habían llegado al hotel, justamente el día antes de la fiesta, por lo que obviamente estaban ya allí, en sus habitaciones, la mayoría preparándose y ataviándose convenientemente, mientras Ezequiel y Lucita, tonteaban junto al piano…

Ezequiel, aún estaba conmocionado por el beso de Lucita. El estaba acostumbrado a sus desahogos con prostitutas, algunas de ellas encariñadas con él y él con ellas, en el hotel de Santa Ana. Mas aún con Carmen, a la que mató el Embajador, pero esto con Lucita, había sido distinto.

Ahí, además del instinto sexual y el cariño, había intervenido también algo parecido al amor, a la sintonía… Había surgido algo importante.

Aunque María, le había advertido que tuviera cuidado con ella, con Lucita, que podía resultar peligrosa.

-Si. –Murmuró Ezequiel- Ella y su entorno, me dijo.

-¡Lucita!. La mas hermosa de América y parte del extranjero… Ven a mis brazos. –Hugo vociferando desde la puerta de entrada al salón.

Lucita, reaccionó de inmediato; dio la espalda a Ezequiel y corrió por el salón, atravesándolo y lanzándose como una felina hacia Hugo, abrazándole y quedando colgada de él, con su piernas envolviéndole la cintura.

Pero a Ezequiel, no le impresionó el abrazo, no; le impresionó más el beso. Le besó con la misma pasión que le acababa de besar a él. No había diferencia.

Y Hugo, pues apartó a Lucita, casi sin darle ya mas importancia. Ya había hecho el tonteo con ella y miró a Ezequiel.

-Amigo. Que gusto verte de nuevo. Por fin te voy a oír cantar y voy a bailar con Lucita a tu son.

Asintió Ezequiel sin mucho entusiasmo. Se levantó de la banqueta del piano, estrechó la mano de Hugo y dijo  -Bueno, me voy a comer algo y a esperar la hora de la música.

-Después nos vemos. –Dijeron casi al unísono Hugo y Lucita, que salieron del salón, bien agarraditos.

La comida, a la que no asistió lógicamente Ezequiel, comenzó en el Restaurante Fontana, situado en el patio italiano del hotel.

Ezequiel, comió con los técnicos y otros colaboradores en un modesto comedor, aunque eso si; la misma o parecida comida de lujo que los asistentes a la fiesta. Que Don Fernando, era muy paternal y muy exquisito en esas cosas de “tratar bien a los empleados”.

En “La Fontana”, Don Fernando, su esposa y su hija, Rita, se sentaron en la mesa que podríamos llamar Presidencial, junto con el Embajador Americano, que era alguien a quien cuidaba mucho Don Fernando.

Todas las mesas, habían sido colocadas exquisita y estratégicamente, de forma que todos los comensales pudieran ver bien a la protagonista de la fiesta: Rita.

Al mismo tiempo, cuando Don Fernando se levantara a brindar y soltar el discurso pesado, que todos reirían con muchísimo interés, todos podrían verle por igual.

Ezequiel, llegada ya la hora de los discursos y como le habían indicado, se acercó al salón, se sentó en el piano y aguardó su turno, respetuosamente.

Fue entonces, cuando por primera vez, se dio cuenta Ezequiel, porque le vio a lo lejos, de que el organizador de la fiesta, era nada menos que Don Fernando. El que le hizo huir de El Salvador.

Y a su lado, el maldito Embajador. El asesino de su amiga Carmen.

Le temblaron las piernas a Ezequiel. Tentado estuvo de desaparecer y que no le vieran, aunque acto seguido, pensó -¿Y qué?... En Este país, no pueden hacerme nada… Creo yo.

Así, que se hizo fuerte y pensó, -Yo me mantengo en lo mío y a ver si se atreven.

Y habló Don Fernando, ajeno a la presencia de Ezequiel, solemne, dispuesto a impresionar.

-Queridos amigos:

Cuando mi querida esposa, (Susurros; todos sabían que había tenido y tenía muchas “queridas”, que no eran precisamente “su querida esposa”) me dijo, hace ya dieciséis años casi,  que estaba en estado de buena esperanza, pensé inmediatamente en un hijo, que siguiera mis pasos en el negocio y me ayudara cuando yo fuera envejeciendo.

A los pocos meses, gracias a esos terribles inventos modernos, un sonograma o ecografía, como queráis llamarle, me hizo palidecer. Era un niña lo que venía.

Me sentí tan mal, que tuve tentaciones de darle una buena golpiza a mi esposa. –Silencio hasta que Don Fernando rió estrepitosamente su gracia- Es broma, amigos.

Ya todos se consideraron autorizados a reír a carcajadas para celebrar la gracia y halagarle.

-Nació la niña y debo confesar que nunca he sido cariñoso con ella.

A la decepción por su sexo femenino, por el hecho de que no podría ser mi colaboradora, porque lógicamente le faltaría “hombría” para los negocios… -Nuevas risas aduladoras- Se unió la preocupación por el hecho de que fuera mujer y tuviera que vigilar que ningún atrevido se le acercara.

Eso me hubiera llevado a mancharme las manos de sangre… Del atrevido, claro. –muchas más risas rastreras-  Maldije su nacimiento.

La esposa de Don Fernando, estaba pálida, los invitados, con cierta incomodidad, la niña, Rita, alumbraba unas lágrimas.

-Rita, hija: Eres lo que mas quiero en el mundo. Eres bella, eres seria, eres educada, tienes buenos sentimientos, quieres a tu familia y además, me quieres a mí, que lo sé, aunque yo no te haya mostrado cariño. Tu padre te adora, Rita.

Se acercó a su hija y la abrazó, como probablemente no había hecho nunca. Tanto se emocionó el “bueno” de Don Fernando, que apunto estuvo de abrazar también a su esposa, aunque se contuvo, porque en la sala, entre los invitados, había no menos de dos esposas de otros, con las que había hecho el amor con gran pasión y le dio vergüenza que le vieran abrazar a su esposa como un “blando”.

-Ya eres una mujer, -prosiguió- y espero que algún día un buen hombre te haga feliz… cuando yo muera, porque si viviendo yo se te acerca un hombre… Lo mato. –Rió de nuevo y recibió grandes aplausos.

-Ahora, quiero hablar de otras cosas. –Continuó Don Fernando- Quiero referirme a las muchas personas que colaboran conmigo en mi duro trabajo, que como sabéis consiste de alguna forma en proporcionar alimentos a precio justo a muchas personas.   

Era curioso como conseguía el “precio justo”. Consistía en romperle las piernas o el alma a quien tratara de hacerle la mas mínima competencia, no solo en el negocio del suministro de cereales, sino mayormente en el suministro de artículos de contrabando, de licencias y permisos del Gobierno, Etc.,Etc.

-He recibido mucho apoyo del Señor Embajador, para el que pido un fuerte aplauso. - (¡Faltaría mas!. Obediencia ciega y grandísimo aplauso).

El Embajador, en realidad, colaboraba con él, falsificándole y sellándole con imprentilla oficial de la Embajada, cualquier documento de importación de maquinaria carísima procedente de Estados Unidos. Vamos, era un secuaz para el contrabando.

-Por otro lado, mi amigo Hugo, que como sabéis es el experto piloto que nos ha traído hasta acá, es para mí un excepcional colaborador y un amigo. Más que eso. Un hijo.

Efectivamente, donde no llegaban los permisos amañados del Embajador, llegaba un vuelo ilegal cargado con “lo que  fuera” pilotado por Hugo, con agallas y eficacia, que era capaz de detener una avioneta en cualquier parcela pequeña de tierra plana, descargar y despegar, sin que se enterara ni El Cielo.

A los funcionarios de nuestro Gobierno que hoy he invitado aquí, que tan desinteresadamente me ayudan… -Nuevo estallido de risas, ya que todos sabían lo “desinteresados” que eran los funcionarios.

En fin, que a todos muchísimas gracias.

Se sentó Don Fernando, emocionado e hizo un gesto a Lucita, que atendía a todos con gran esmero para que comenzara la música.

Fue Lucita hacia el piano y dio instrucciones a Ezequiel, que inició su actuación tocando un “vals”, para que iniciaran el baile y después, casi desafiante, cantó un tango que venía al pelo:

♫Hoy resulta que es lo mismo,
   ser derecho que traidor,
   ignorante, sabio chorro,
  generoso o estafador.
  Todo es lo mismo,
  nada es mejor, lo mismo un burro,
  que un gran profesor.
  No hay aplazaos ni escalafón,
  los inmorales, nos han igualao.
  Si uno vive en la impostura
  y otro roba en su ambición,
  da lo mismo que sea cura, colchonero,
  Rey de bastos, caradura o polizón.
  Que falta de respeto,
  que atropello a la razón.
  Cualquiera es un señor,
  Cualquiera es un ladrón.

Aplausos y a continuación, Don Fernando, dirigió la mirada hacia el pianista, lejano sobre una tarima al fondo del restaurante y fue cuando le reconoció.

-¡Maldito hijo de puta!.- Y fue apresurado hacia el Embajador- ¿Es que no has visto al pianista ese?.

Cayó en la cuenta el Embajador y respondió tajante  -Mátale.

-No en tu país, amigo.

Fue hacia Hugo, Don Fernando, encolerizado, pero al avanzar hacia él, fue cambiando la cara, fue ralentizando el paso… -Este tipo tiene agallas, quizá puede servirme.

Se dirigió pues Don Fernando a Hugo y le preguntó sobre el pianista, sobre cómo le había conocido… Todos los pormenores.

-Bien. Este tipo, puede valernos y mucho. Solo habrá que domesticarle. No hay duda de que él me ha conocido perfectamente y fíjate con que temple ha cantado “contra mi”. Se siente seguro acá. Dile que quiero hablar con él.

Y Hugo, se acercó a Ezequiel, le dijo que hiciera una pausa en sus canciones y que se acercara a la mesa de  Don Fernando.

-Mira, amigo Ezequiel: Ya Don Fernando me ha explicado vuestro tropiezo. Lo pasado, pasado está. Te ve como un hombre valiente y eso, él, lo admira mucho. Quiere hablar contigo.

No estaba ya Ezequiel muy seguro, había sido mucho su atrevimiento, pero… Sería una buena oportunidad para vengar la muerte de Carmen y todo lo amargo vivido, poder gozar de la confianza de Don Fernando.

Además, gracias al tal Don Fernando y al Embajador, él había emprendido una nueva vida en la que estaba adquiriendo gran experiencia. Algo les debía en cualquier caso.

Y ya estaba metido en el lío, así, que siguió a Hugo.
-Aquí está Ezequiel, Don Fernando. –habló Hugo.

-Mira, muchacho, -comenzó a platicar Don Fernando- tú me encolerizaste mucho. Para mí el Embajador es intocable, porque me sirve muy bien a mis intereses, ¿Entiendes?.

-Le entiendo, Don Fernando. –Respondió Ezequiel.

-Pero yo, -prosiguió el cacique mafioso- admiro mucho a los tipos con agallas y además inteligentes y trabajadores, como tú. Así, que he pensado que dado que sabes lo que sabes, que necesitas ganar plata de verdad y no unos pocos dólares; donde tienes que estar, mejor que contra mí, que supondría tu destrucción y tú lo sabes, es a mi lado, trabajando.

-Como Ud. Disponga, Don Fernando. –Respondió de forma conveniente Ezequiel.

-Bien. Pues Hugo te irá dando instrucciones. –Continuó Don Fernando y, dirigiéndose a Hugo- Id los dos a Opa Locka y échale un vistazo al desgraciado que dejamos en el avión. Permítele comer algo, que allí habrá comida y atiéndele. Dile que ya me veré las caras con él, a nuestro regreso a El Salvador. Que no salga del avión, para nada. ¿Entendido?.

-A sus órdenes, Don  Fernando. –Y Hugo, agarró del brazo a Ezequiel y lo llevó hacia la salida.

-Pero… ¿Y la música?. –Inquirió Ezequiel.

-Déjalo. Ya pondrán discos.

No obstante, Ezequiel, aún miró hacia atrás, interesado.

Vio a Lucita atendiendo a sus quehaceres, que le devolvió la mirada… Seductora.
Pero Ezequiel, no la miraba a ella… Ezequiel, miraba a Rita, la hija quinceañera de Don Fernando. Le había gustado. Feo asunto.

Y marcharon los dos, él y Hugo y subieron al carro que tenía alquilado Hugo, dirigiéndose por la autopista I-95 hacia el Norte, para llegar al aeropuerto de Opa Locka.

Mostraron los dos sus pasaportes, y Hugo su Licencia de Piloto y les permitieron el acceso al avión, previo registro personal, ya que el avión había quedado aparcado en la plataforma internacional y por tanto el control, era aduanero.


 CAPITULO XX

Lucita, estaba pendiente de todos los detalles de la fiesta. Dio continuidad al baile, utilizando música proporcionada por el técnico del sonido y sus Cd’s musicales, con mucha salsa, cumbia, Etc. Y todo fue rodando estupendamente en la fiesta.

Un Don Fernando, cálido, cariñoso incluso, se acercó a ella…

-¿Porqué no me das la cuenta y te pago ya y sin esperar a que esté más tomado y me engañes con las cuentas, Lucita?.

-Ahora mismito se la traigo, Don Fernando. –Respondió Lucita también cariñosa y amable, como corresponde a quien espera no tener problemas con una cuenta que sería excesiva, confiando en que a él todo le parecería bien, si provenía de ella.

-Cariño, -Don Fernando a su “querida esposa” –Voy a pasar cuentas y a pagar.

-Está bien, mi amor. –Respondió ella.

Y Don Fernando, se dirigió a Lucita:

-Tráete la cuenta a mi habitación, anda.

Y Don Fernando, hombre expeditivo, sin tiempo para perder, la esperó en su habitación, ya directamente ataviado con una bata de seda, bajo la cual, la única ropa que llevaba, eran sus vergüenzas.

Y llegó Lucita, llamó a la puerta, que le fue abierta por Don Fernando y, tampoco ella, perdió tiempo. –Primero la cuenta, Don Fernando.

-Que avariciosa eres, Lucita-. Y fue él a por su cartera y le expidió un cheque bien generoso, que hizo las delicias de ella, por lo cual en compensación, ella hizo las delicias de él, pronunciando frases amorosas para hacerle feliz, como por ejemplo: -Hay Don Fernando, que feliz me hace cuando me pasea Ud. en el Ferrari ese que tiene acá en Miami…

Era bella y los ojos de Don Fernando, se agrandaban al verla, vistiendo aquella ropa interior siempre de color rojo, comprada en Victoria’s Secret.

Hizo Don Fernando el sexo, como era habitual en él, de forma primitiva. Es decir, montándose sobre la hembra, yendo al grano acabando rapidito y volviendo a los temas de  trabajo, aún desnudos…

-¿Qué opinas de ese tal Ezequiel?, Lucita.

-¿Porqué lo pregunta?.

-Porque va a trabajar conmigo, o mejor dicho para mí. ¿Será de fiar?...

-Creo que si. Es manejable y si tiene Ud. problemas con él, me lo dice, y yo le domino.

-¿Y cómo le piensas dominar?.

-Hay Don Fernando, que malo es Ud. –Respondió una Lucita auténticamente felina. Antes de vestirse, miró de nuevo el cheque que recién le había firmado Don Fernando y se relamió de placer.

Y ambos, por separado, discretamente, porque no había duda de que eran gente seria, se regresaron al salón, al Restaurante La Fontana, en el bello Hotel Biltmore.

Allí, Lucita fue requerida por los camareros y por todos los sirvientes, ya que realmente,  faltando ella, todo quedaba un poco en situación de ineficacia.
En cuanto a Don Fernando, le aguardaban impacientes, de un lado el Embajador, que era un individuo bastante bobo y se sentía desprotegido cuando le faltaba Don Fernando y la esposa de Don Fernando, que era muy solícita y atenta con él, comportándose siempre como una mujer muy enamorada.

Si. Enamorada o encaprichada hasta lo más hondo de sus entretelas, de uno de los guardias personales del Embajador, un tal Rudy, alto, fuerte, negro como el betún.

-Hay mi amor, -le dijo a su esposo- déjame que sea yo ahora la que me ausente para retocarme un poco.

-Está bien mi vida. –respondió éste.

Y efectivamente, subió ella a la habitación del negro a retocarse. O mejor dicho a que la retocara él.

Ella, no se atrevía a llevar, aunque le hubiera encantado, ropa interior de Vistoria’s Secret, por que a su esposo le parecía “cosas de puta”.

Cuando veía a aquél negro, aquella mujer falta de amor verdadero y de sexo, pues le parecía que todo el negro era en realidad de los pies a la cabeza, un enorme pene.

Al negrito por otro lado, le encantaban los regalos que le hacía aquella millonaria.

No era broma. Un reloj de oro una vez, un traje a medida, otra vez, de esos auténticamente elegantes como se hacen los latinos o hispanos…

En fin, que valía la pena sacrificarse y satisfacerla de vez en cuando.

No menos discretos ambos que Don Fernando y Lucita, regresaron al salón por separado y con el recato y la prudencia que suelen tener las buenas gentes.






CAPITULO XXI

-¿Cómo estará ese pobre desgraciado?. –Preguntó Ezequiel a Hugo, mientras se aproximaban al vetusto DC9.

-Jodido y meado. Le daremos de comer y le haremos limpiar lo que haya ensuciado, porque se ha tenido que mear encima. ¡Pobre de él que haya hecho aguas mayores!. –Rió Hugo divertido de la crueldad.

Y entraron en el avión por la puerta delantera izquierda, como es lógico, avanzaron  por el pasillo, al tiempo que Hugo gritaba –Venga Ramón, que te vamos a dar de comer.

Silenció su voz en seco.

No recibió respuesta, porque no podía recibirla de un cadáver.

Y entonces se dio cuenta Hugo de lo que había pasado.

Aun siendo de noche, el avión estaba caliente como un horno. Había estado al sol con cuarenta grados de temperatura. Seguro que fue un horno infernal.

-Dios mío. Este pobre ha muerto deshidratado. –Exclamó Hugo, ciertamente alterado.

Porque Hugo, disfrutaba con los juegos crueles y con las actividades mafiosas, pero tenía buen fondo. No era tan malo y…

Sintió mucho el final que había tenido el  pobre Ramón.

Ezequiel, estaba aturdido y no podía creer lo que estaba viendo.

-Voy a llamar a Don Fernando. –Dijo escuetamente Hugo.

-Imposible hacerle desaparecer aquí, Don Fernando. En este país, se puede pagar muy cara una cosa así y estos cretinos lo averiguan todo. –Hugo hablaba a Don Fernando por el teléfono, muy excitado.

Si, si, Don Fernando, pero sacarlo en el vuelo, tampoco, porque los de aduanas pueden registrar el avión en cuanto haga el plan de vuelo para irnos. No es normal, pero a veces, lo hacen.

Bien. Nos quedaremos aquí cerca a dormir Ezequiel y yo, y justo al amanecer, vendré y haré un plan de vuelo local fingiendo que es para probar el avión… Ya me apañaré.

De acuerdo, Don Fernando, déjelo en mis manos.

-Vámonos a dormir, amigo. Nada podemos hacer aquí esta noche.

Subieron al auto y condujeron hacia el Norte entrando en el “Palmeto Expresway”, donde tomaron dirección al Este, dirigiéndose a North Miami Beach. Total, media hora escasa de viaje y encontraron allí un motel de carretera, en la Avenida Collins.

Tomaron una habitación con dos camas y salieron a la terraza a contemplar el mar. Ni llevaban equipaje, obviamente.

-¿Sabes una cosa, Ezequiel?. Lo que has visto hoy te convierte por completo en un hombre de Don Fernando.

-Ya me hago cargo. –Respondió Ezequiel.

-Tendrás tus desventajas, porque harás todo lo que te mande sin rechistar, pero también tendrás tus ventajas.

Para empezar, tendrás una Visa múltiple e indefinida para entrar y salir en este país como te de la gana, podrás ir a El Salvador cuantas veces quieras y allí… Serás respetado y hasta temido. Y a ello, únele, que ganarás mucha más plata de la que imaginas.

-Pero podemos acabar en prisión.

-Bueno; en El Salvador es difícil que eso nos ocurra. El dinero de Don Fernando y sus amigos, lo arreglan todo. Y acá en los Estados Unidos, pues hay que tener muchísimo cuidado. –Respondió Hugo.

-¿Qué haremos a  partir de ahora?.-inquirió Ezequiel.

-Lo primero nos vamos a un McDonalds a cenar. Esta excitación da hambre, oye. Luego te explico. Vas a recibir alguna clase de aerodinámica, no lo dudes.


Y salieron caminando a un cercano McDonalds, donde cenaron.



CAPITULO XXII

Cuando el círculo solar comenzó a levantarse frente a la terraza de la habitación de nuestros hombres, en el horizonte lejano del Este, sobre el mar, dando el bello color al mar, característico de ese lugar, se levantaron inmediatamente. Se fueron a Opa Locka y Hugo, hizo un plan de vuelo local, para probar el avión.

Entraron en la aeronave, cubrieron con una manta el cadáver y sin tanta impresión ya como habían tenido la noche anterior,  buscaron por el departamento de cocina, sito en la parte delantera del avión y tomaron una lata de refresco y unas galletas.

-Atiéndeme  ahora, Ezequiel. Te voy a enseñar exactamente, cómo se abre la puerta delantera izquierda del avión.

Cuando yo te avise, tendrás que abrirla y echar el cadáver.

-¿Pero no sería mas fácil echarlo por la puerta de atrás?. –Replicó Ezequiel, que ya pensaba como una máquina y estaba situado para hacer bien el trabajo.

-La de atrás no podemos abrirla en vuelo. Fíjate cómo tienes que girar la manecilla.

Después, tienes que tirar de la puerta hacia dentro, entregirarla y sacarla hacia fuera.

Acto seguido, echas es cuerpo y tiras de la puerta hacia dentro, entregirándola otra vez, la empujas contra su marco y cierras.

Piensa que yo no podré ayudarte, porque tendré que llevar el avión en vuelo rasante y a muy baja velocidad, lo que requiere el cien por cien de mi atención.

-Pero, porqué no lo tiramos desde gran altura al mar y… -replicó Ezequiel.

A gran altura, nos detecta el radar, sabrán que hemos hecho un vuelo local, donde luego puede aparecer el cadáver. Además, no puedes abrir la puerta con la velocidad que requeriría y la presurización, lo impediría. No puedo explicarte ahora todo eso.

-¿Y dónde lo echamos?.

-En los Everglades, que son unos pantanos de terribles aguas cenagosas. Fíjate que hace años, un avión, exactamente igual a este, lleno de pasajeros, cayó allí y se lo tragaron las aguas cenagosas. Nunca lo encontraron. Se bien el lugar exacto, no te preocupes.

Entre los dos, colocaron el cadáver junto a la puerta L1, dispuesto correctamente para solo tener que empujarlo.

Rebuscó Hugo y se hizo con varios objetos metálicos y pesados, que introdujo entre las ropas del cadáver, tras sacarle todos sus documentos. –Hay que darle peso para que se sumerja. De todas formas, los cocodrilos o aligators, acaban con él rapidito.

Se sentaron los dos en la cabina y Hugo, solicitó permiso para encender las turbinas…

Tras los procedimientos rutinarios y rodar a la cabecera de la pista, llegó  la voz del controlador con el ansiado “clear to take of” y despegaron.

Volaron, escasísimos minutos, en reglas de vuelo visual a bajísima altura y llegaron a los Everglades.

Fue reduciendo la velocidad peligrosamente Hugo, quedándose a solo ciento cincuenta nudos, tras sacar flaps y slots, es decir, todos los alerones para dar la máxima sustentación.

Quiso decir algo Ezequiel, pero le interrumpió bruscamente Hugo. –Ni me hables. Vamos al límite de la pérdida.

Realmente, era duro, sentir que los mandos se vuelven perezosos y casi no responden y que si se pierde algo mas de velocidad en un descuido, se provoca, eso, la pérdida, caer sin control cual caería una piedra.

-Ahora.- Gritó Hugo.

Ezequiel, saltó del asiento como un resorte. Se dirigió a la puerta, hizo la maniobra de apertura impecablemente y lanzó el cadáver.

Cumpliendo exquisita y rápidamente las instrucciones que le había dado Hugo, cerró la puerta y regresó a la cabina.

-Ya. –Dijo

Y un Hugo angustiado por la peligrosidad de la maniobra, empujó las palancas de potencia de las turbinas, tiró suavemente del “cuerno” y comenzó a elevarse.

Regresaron sin problemas a Opalocka, dejaron el avión aparcado y dijo Hugo –Ahora el segundo desayuno, pero relajados y comiendo a lo grande.

Y bajaron al Sur, en lugar de por la I-95, por la A1A, Collins, deteniéndose en una cafetería situada en Miami Beach, decorada con automóviles antiguos descapotables, que eran en realidad las mesas donde comer y, tomaron un magnífico “Brunch”.

Ya Hugo había llamado a Don Fernando por el teléfono y le había dicho con las debidas precauciones un lacónico.  –El avión está limpio.

Ya en el automóvil, Ezequiel iba pensando silencioso en cómo había cambiado su vida. Había tenido el corazón muy acelerado en algunos momentos, pero… -¡Dios!, eso parece que me ha dado vida. –se dijo a sí mismo.

Más vida le dio el hecho de que al llegar al hotel Biltmore, Don Fernando, le diera dos cosas: Una palmada en la espalda y un sobre abultado con dos mil Dólares.




CAPITULO XXIII

La cena en el hotel, fue exquisita. Lucita se esmeró con todos los invitados y Ezequiel, ya no como profesional, sino como nuevo “amigo” de toda aquella pandilla, cantó acompañándose al piano, rodeado de varias de las mujeres presentes en la cena, que le admiraban allí cantando, mientras los esposos hablaban intensamente de “negocios” con Don Fernando, en una de las mesas, donde había libre disposición de bebidas.

♫ Cambia lo superficial,
    cambia también lo profundo,
    cambia el modo de pensar,
    cambia todo en este mundo.
    Cambia el clima con los años,
    cambia el pastor su rebaño,
    y así como todo cambia,
    que yo cambie no es extraño

Y le puso sentimiento a esa bellísima canción, “Todo cambia”, que cantó tan bien, como la canta la propia Mercedes Sosa.

Y cuando una, es la hija del anfitrión, la protagonista de la fiesta, como lo era Rita, pues tiene el privilegio de apartar a las demás o hacer suavemente que se aparten, para situarse ella, bien al ladito del pianista, a escuchar extasiada la canción.

Y es que Rita, aun con sus quince años recién cumplidos, tenía unos grandes encantos femeninos, un cuerpo bien formado y despedía el perfume o el olor que producen las hormonas cuando está una mujer en celo… En mucho celo y sin haber sido tocada todavía.

Y ese olor, lo capta el macho. En este caso Ezequiel, que al tenerla ya prácticamente tocándole su cuerpo, con esa rabiosa atracción, pues casi levanta el piano. Cosa extraña, si tenemos en cuenta que las manos las tenía sobre el teclado y los pies apoyados en el suelo. ¿Cómo iba a levantar el piano?.

Hizo gala Ezequiel de su gran habilidad como pianista. Siguió tocando valiéndose tan solo de su mano izquierda, mientras con la derecha, no tocaba el piano, sino que ascendía dulcemente por entre las piernas de Rita, llegando al lugar en que ambas se juntaban, sin permitir avanzar más…

Los ojos de Rita comenzaron a brillar, a dilatarse sus pupilas y…
La voz lejana de Don Fernando, hablando con sus secuaces, hizo volver a la realidad a ambos y regresó Rita a la compostura debida y la mano derecha de Ezequiel, se regresó al teclado y… Cedió la presión que intentaba levantar el piano.

Nadie se percató de nada. Todo estaba bien, excepto que Rita  y Ezequiel, habían sido tocados por la fuerza misteriosa del amor. No. Del amor, no.  De la atracción extrema.

Se fueron retirando todos a descansar.

Hugo, se acercó a Ezequiel y le dijo:

-Ya no te va a ser preciso ganarte la vida con la música. No obstante, es una buena justificación sobre lo que haces o dejas de hacer.  Toma este teléfono y llévalo siempre contigo. Te contactaré cada vez que te necesitemos.

No te preocupes por nada más.

Al siguiente por la mañana, embarcarían todos en el avión DC9 estacionado en Opa Locka y emprenderían el regreso a El Salvador.

Así que, Ezequiel, pensó que disponía de poco tiempo.

Mas aún de lo que le atraía Rita, le atraía y le excitaba “tocar” a la hija del canalla de Don Fernando.

No lo pensó pues y le dijo a María que le aguardara en el parqueo, pues tenía que hablar con alguien.

Y sin ninguna prudencia, con la decisión propia de alguien mucho más experto que él, se dirigió a la habitación en que Rita se alojaba con una de sus amigas.

Llamó a la puerta suavemente. Asomó Rita y sin nada decirle la besó apasionadamente, la atrajo hacia sí y le dijo… -Vamos a cualquier lugar.

Y “cualquier lugar”, fue un rincón entre unos arbustos en el jardín, junto a la piscina.

No fue romántico, ni confortable, ni adecuado, pero Ezequiel, abrió aquella cerrada puerta y  dejó a Rita atada a él, si no para siempre, que siempre, es decir mucho, si para mucho tiempo. El suficiente.

Regresó ella a su cuarto y él al carro donde le aguardaba María, para marchar juntos a casa de ésta.

María, no hablaba, hasta que de pronto exclamó –Has entrado en su mundo, Ezequiel. Espero que sepas lo que haces.


Nada más dijeron.


CAPITULO XXIV

La vida de Ezequiel, transcurrió los siguientes días, mas bien monótona.

Iba al restaurante, comía casi siempre lo mismo, sus albóndigas con salsa de tomate y se sentaba al piano a tocar y cantar.

A veces, le rodeaban algunos comensales y lo pasaban bien escuchándole. Lograba sus buenas propinas, pero estaba envenenado con la “vida de acción” que había iniciado con Hugo a las órdenes de Don Fernando, por lo que más bien se aburría.

Por eso, cuando transcurridos apenas siete días desde la marcha de los de El Salvador para su país, sonó el teléfono que le había entregado Hugo, sintió un sobresalto.

-Haló. –Respondió prontamente.

Y Hugo al otro lado de la línea riendo  -¿Cómo estás amigo?.

-Muy bien, a tu servicio, Hugo.

-Así me gusta, mira. Voy a precisar que me ayudes para unas gestiones. Mañana, llegaré a Miami en un vuelo regular y voy a precisar que me acompañes a varios lugares y que hagas un trabajo conmigo.

-¿Dónde nos vemos?. –Respondió Ezequiel.

-En casa de María, bueno, tu casa a fin de cuentas. Andaré por allá a las seis en la tarde y nos vamos a cenar y hablamos.

-Bien está. –Respondió Ezequiel.

Efectivamente, ya cerca de la hora de la cena, estaba Ezequiel relajado, viendo la televisión, el Canal 54, de habla hispana, en un programa en el que intervenía el gran “Don Fransisco”, en casa de María, cuando tocaron a la puerta.

-Ahí está Hugo. –Casi gritó Ezequiel, dirigiéndose raudo a abrir la puerta.

-Hola, mi amigo. Hola María, aquí tenéis al tipo mas guapo del mundo. –Hugo transmitía alegría y espontaneidad. Quizá fingida, pero no del todo. El era así. A su lado, la gente, se sentía bien, invadida por el optimismo. Bueno, la gente que le fuera afín, mas o menos, porque quienes fueran sus enemigos o enemigos de sus intereses, o de los de Don Fernando, podían pasarlo muy mal.

Ezequiel, aunque estaba algo seducido por él, le había captado.
–Este para matarte te dice algo así como: Acomódese amigo, no vaya a sufrir más de lo necesario para morir.

-Bien, Ezequiel. –Dijo Hugo- He venido para poner en orden tus conocimientos y comenzar tu entrenamiento. Vamos a cenar.

Así, que en el carro rentado que traía Hugo, se fueron tranquilamente al Victor’s Café.

Era un lugar interesante, a la hora de la cena, había algunos empleados de éxito casi todos latinos, que lucían sus  joyas y  relojes de oro Etc., mientras miraban de reojo a las putas que pululaban por el local y les explicaban que estaban en duda sobre si comprarse un Rolls Royce o un Wolks Wagen cucaracha, porque eran muy caprichosos.

Siempre tiesos, con esa tiesura que conlleva por la noche dolor de espalda. Generalmente, con bigote, que el bigote, es para esos tipos chulos, como una prolongación del pene: Lo cuidan esmeradamente para presumir… En fin, que contemplarlos, es una gozada.
Generalmente, abandonan el Victor’s Café y, dirigiéndose al parqueo a recoger su carro, relajan la tensión de la espalda, se doblan hacia delante con un gesto mas natural y su cara, cambia, volviéndose algo mas amarga, porque les regresan los pensamientos que trataban de evadir con la copa que han tomado: El pago de la hipoteca, el pago del recibo mensual del carro… Tantas cosas…

Pero bueno,  el ratito pasado allá, en el Victor’s Café viendo a las putas, pues les compensa.

Hugo, obviamente, no era ni puta, ni chulo. El no iba presumiendo, ni estirando la espalda, ni aparentando arrogancia. Era normal, pero… Simpático.

Así que, además de las susodichas putas, también le conocían mucho los camareros y era bien recibido en el local.

Así, que en la zona interior, donde están las mesas del restaurante, tan bien ajardinado, donde aquellos chulos engreídos que van por la tarde a tomar la copa y presumir con alguna puta, van por la noche con la esposa a cenar… Pues les habían dispuesto una mesa discreta y tranquila a Hugo y a Ezequiel.

-Bueno, Ezequiel, -dijo Hugo- pide buena comida, que paga Don Fernando.

Y comenzaron la cena y ya en los postres, (Delicioso pastel de “tres leches”), se explicó Hugo.

-Mira, Ezequiel. Cuando hicimos el trabajito inesperado de Opa Locka, me dí cuenta de que eres un tipo frío y de valía. Tú, aprendes rápido y haces las cosas con determinación, sin preguntas excesivas.

-Bueno, -respondió Ezequiel- procuro no preguntar lo que no me importa. Si te ayudé, te ayudé y punto.

-Eso es lo que te estoy diciendo. Tú eres discreto y trabajas bien. Por eso ahora, que necesito a una persona que me ayude acá, no busco a un profesional ni a alguien experimentado. Busco una persona discreta y de valía y ese, puesto que además Don Fernando, te quiere cerca, dado lo que sabes del Embajador y mas ahora, de lo del desaparecido Ramón, pues eres tú.

-¿Y que debo hacer?. –Preguntó Ezequiel determinado a entrar de lleno en el trabajo. 

-De momento, documentarte convenientemente. Mañana por la mañana, nos vamos los dos a un banco a que abras una cuenta como extranjero.

Desde allí, nos iremos a la Social Security a pedir una tarjeta de seguridad social, que dirás que precisas para el Banco. Te la entregarán con la restricción de empleo típica: NO VALID FOR EMPLOYMENT.

Ya con eso y tu pasaporte, nos iremos a la oficina de expedición de Licencias de manejar.

-¿Me darán la licencia?. –Preguntó Ezequiel sorprendido.

-Sin problemas. Primero, agarraremos el librito del examen escrito, que es muy fácil. Te lo dan en español.

Te estudias el libro, mientras comemos nuestro almuerzo, después vamos, te harán mirar por un aparato para saber que ves bien y después, rellenas el examen teórico.

Cuando entregues la hoja, correcta, saldrás a dar un paseo con un guardia en mi carro y ya está. Te expedirán al momento la licencia de manejar.

-Pero, ¿Crees que pasaré el examen teórico?. –Inquirió Ezequiel intranquilo.

Es fácil, y conviene que estudies el librito, para saber desenvolverte acá, pero… No te preocupes. Un guardia hispano amigo mío que estará allí,  porque mañana le toca, nos dará una hoja de examen, que ya tendrá anotadas las respuestas. –Respondió Hugo.

-Todo lo resuelves, Hugo. –Comentó Ezequiel.

-Bueno, es la plata la que lo resuelve. -Rió Hugo.

Y regresaron a casa de María, tomaron allá unas copas los tres, charlaron de mil cosas y, por la mañana, A las siete en punto, ya estaba Hugo recogiendo a Ezequiel.




CAPITULO XXV

Se movieron bien rápido, desayunando en un Burger King, en Miracle Mile, -Qué bueno está este plato con la papita, la hamburguesita, el huevo, ¿Verdad?. –Comentó Hugo.

-Muy verdad. –Respondió Ezequiel, disfrutando el desayuno y excitadísimo con la gran cantidad de asuntos que iban a resolver en pocas horas. –¿Te imaginas resolver tantos asuntos en El Salvador lo que llevaría?...

-Semanas. -Respondió Hugo. –Pero también aquello tiene sus ventajas, oye.

Rieron los dos y salieron para dirigirse directamente a una oficina bancaria cercana, donde abrieron una cuenta.

Fueron efectivamente a la oficina de la seguridad social, que sorprendió a Ezequiel, por su sencillez, por la eficacia en atenderles.

-¿Para qué precisa el número de Seguridad Social?. –Inquirió el funcionario.

-Fíjese que he abierto una cuenta en el banco y me lo exigen… Voy a invertir algo acá… -Respondió Ezequiel, maravillado de poder resolver todo tan rápido y además en español.

En escasos minutos, tenía su tarjeta de Social Security y marcharon a la oficina de expedición de las licencias de manejar, bien cercana también.

Alucinaba Ezequiel de la rapidez. Lo cierto, es que a las once de la mañana, ya tenía Ezequiel su licencia de manejar.

Había sido fácil. Casi no hubiera precisado que le dieran el examen teórico ya respondido, porque las preguntas eran de una lógica aplastante.

Cuando hubo entregado el examen y le hubieron hecho mirar por un aparato binocular e identificar un par de líneas de letras y números, salió a la calle con el guardia, comprado por Hugo. En la calle le hizo verificar que funcionaban las luces de dirección, de stop y la bocina del carro y seguidamente, le hizo dar una vuelta a la cuadra. Eso fue todo. 

A las doce, estaba Ezequiel en el restaurante y se sentaba al piano, ya que como le había indicado muy acertadamente Hugo, “había que trabajar normalmente”.

-A las cuatro, cuando termines acá, te vengo a buscar y hablamos del trabajo, Ezequiel.

-Me parece bien, Hugo, acá te espero.

Y se sentó a tocar Ezequiel, satisfecho del mucho trabajo realizado en una mañana.

♫ Toy contento,
yo no se que es lo que siento,
hoy todo me parece mas bonito ♫…

Y cantó con fuerza la bella canción venezolana de Andrea Echeverri.

Y cuando hizo su descanso, aún comió de nuevo, aunque ya había comido durante la mañana. Estaba hambriento y excitado y…

Llegó Hugo.


CAPITULO XXVI

-Marcharon con el carro por la I-95 al Norte, con un tráfico espesísimo dada la hora, que afortunadamente, circulando por el carril reservado para carros con dos ocupantes, pudieron esquivar en parte.

Se detuvieron poco antes de llegar al aeropuerto de Opa Locka.

-Mira, Ezequiel, se trata de que me estés esperando cuando yo haga el próximo vuelo. Para estas cosas, hay que ir cambiando constantemente de aeropuerto.

Cuando esté aterrizando, justo donde está la primera baliza, volaré muy bajo, fingiendo entrar “corto” y a baja velocidad, prácticamente colgado de los motores. Bueno, ya viste, así como hicimos en los Everglades para lanzar a Ramón…

Solo que en lugar de lanzar a ningún Ramón, lo que lanzaré será un paquete bien protegido, con envoltorio gris oscuro, muy poco visible.

Tu. Tienes que estar presto, escondido y recoger el paquete. Eso es todo.

Seguidamente, lo llevas a tu carro y me esperas en la terminal del aeropuerto y nos vamos. Eso es todo.

-Peligroso. –Respondió Ezequiel.

-Bien pagado. –Respondió asimismo Hugo.

-Ya, entiendo. –Murmuró Ezequiel.

-Imagínate, -dijo Hugo- que matas a una persona en un apartamento. ¿Dónde te escondes?... ¿Hacia donde huyes?...
-Bueno, -respondió Ezequiel- en este momento no se me ocurre.

-Donde menos te van a buscar. En ese mismo lugar, escóndete como quien dice en la misma habitación de al lado del cadáver sobre el falso techo, lo que sea. Pero donde menos te van a buscar, es allí.

Esto, es lo mismo. Donde menos esperan ellos que se atreva a dejar nadie la carga, es en el propio aeropuerto donde están ellos. Pues ahí la descargamos. ¿Entendiste?...

-Bueno, -dijo Ezequiel –visto así…

Como ves, -dijo Hugo- hay dos pistas: La 12 – 30 y la 09 – 27.

Esto quiere decir que puedo aterrizar, aproximándome por un punto entre cuatro posibles. Normalmente, se utiliza la pista 12, que es la que suele estar en servicio por la dirección del viento.

Normalmente, oyendo la radio, yo ya voy sabiendo la pista que están utilizando, pero… en el último momento, por un cambio de viento o necesidades de tráfico, me pueden cambiar de pista.

Eso no es problema, porque yo puedo frustrar el aterrizaje, hacer “motor y al aire” y entretenerme, para darte tiempo a que cambies de posición. De todas formas, es poco probable que haya un cambio en el último momento, así, que tú, estate muy atento al teléfono, porque yo te iré llamando constantemente.

También tendrás que estar atento a este receptor de VHF que te dejo ya sintonizado en la frecuencia de “Torre” del aeropuerto. Irás viendo qué pista le dan a los aviones. Incluso sabrás la que me dan a mí, al mismo tiempo que lo sabré yo. Ahí te dejo anotada la matrícula del avión, tal como se lee en el idioma aeronáutico.

Ahora, vamos a escuchar atentamente esa radio y te vas a ir acostumbrando al vocabulario de los controladores y los pilotos. Pregúntame con cualquier duda.

Ezequiel escuchaba y almacenaba en su cerebro todas las instrucciones con el máximo interés.

-Cuando yo notifique que estoy “en final”, querrá decir que estoy a menos de un minuto del lugar en que tu esperas la caída del paquete.

Dos horas permanecieron en las proximidades del aeropuerto, recorriendo el gran perímetro para localizar los cuatro posibles puntos de lanzamiento del paquete y escuchando la radio, para que Ezequiel fuera aprendiendo.

-Cuando llegue el momento, yo aterrizaré al amanecer, o al atardecer, con muy poca luz. –Comentó Hugo- Mañana, me vuelvo a El Salvador.

No se te ocurra relajarte. Los próximos días, es preciso que vengas al amanecer y al atardecer. Madruga lo necesario. Cada día pásate por aquí un buen rato viendo la posición del Sol al amanecer, el tráfico que hay en la carretera de perímetro del aeropuerto, todo y, sobre todo, escuchando la radio y adquiriendo práctica en oír los mensajes de los controladores y pilotos. Calcula bien en cada una de las pistas, el tiempo que transcurre desde que un avión de turbina, que va mas rápido que los de hélice, está “en final”, hasta que llega al punto que deberías recoger el paquete… Mucho cuidado. Te has de convertir en un experto.

-No habrán fallos. –Dijo determinante Ezequiel.

-Lo se y… Más te vale. –Respondió Hugo.

No hubo preguntas sobre el contenido del paquete. No hacían falta. Ezequiel, sabía perfectamente, en lo que se metía. La ambición y la sed de aventuras, le habían envenenado.

Así, que regresaron a Miami, se dieron una buena cena, junto con María, a la que Hugo trataba como a una madre y se despidieron.



CAPITULO XXVII

Allá en Santa Ana, en El Salvador, Don Fernando, cenaba tranquilamente con su esposa y con su hija Rita.

Era un tipo muy conservador en eso. Le gustaba cenar en familia, juntos los tres, comentar cosas y “estar unidos, que es lo importante”.

Mientras se hacía servir por la sirvienta unos frijoles más en el plato, Don Fernando, interrogaba a su hija. -¿Cómo te fue hoy por la escuela, Rita?... Estás muy callada.

-¡Oh no!  papá, es que estaba pensativa en mis cosas. ¿Si me fue bien la escuela? Si.

-¿Te cansaste de tu novio? -comentó Don Fernando.

Enrojeció Rita, muy turbada.

-Papá ¿Qué novio?.

-Bueno, me dijo uno de mis ayudantes que te veía mucho hablar con un muchacho a la salida de tu escuela, pero parece que ahora ya no lo haces, por eso me preguntaba qué ha pasado con el muchacho que ya no le tratas. 

-No, no, ya casi no hablo con él, papá.

-Mejor, hija; le evitas la paliza que le hubiera hecho dar si te tocaba… -Y rió Don Fernando, mientras las piernas de Rita, temblaban.

-¿Puedo retirarme, papá?. Es que quiero estudiar un poco antes de irme a dormir.

-Claro, hija, faltaría mas.

Marchó Rita hacia su dormitorio y se quedó contemplándola Don Fernando mientras iba saliendo…

-Esta niña, está rara. –Comentó dirigiéndose a su esposa.

-Yo no la veo rara, mi amor. -Contestó ella, que estaba absorta pensando en el macho musculoso negro, que ya estaba echando de menos.

-Si. Te digo que desde que volvimos de Miami, está un poco cambiada… -Insistió Don Fernando.

-Bueno, se hace mayor y quizás la vida de Miami, tan diferente, la ha influido un poco…

-Si. Quizás sea eso. Yo también me voy un ratito, Querida.

-Por cierto, -comentó la esposa- Tengo que irme mañana a San Salvador a unas compras.

-Como tu quieras, querida. –Respondió Don Fernando, al que no le importaba nada de lo que hacía ella.

Bueno, no le importaba porque ignoraba que lo que hacía ella, era “ser llenada” de satisfacción por el negrito guardaespaldas del Embajador. De haberlo sabido, sí le hubiera importado y probablemente, les hubiera hecho matar a los dos.

Lo cierto, es que al menos por el momento, nada sabía de ese desliz de su esposa.

Y Don Fernando, se fue a por su carro y se marchó al Hotel, donde antes tocaba Ezequiel, a tomar unos tragos, bueno, a quedarse “tomado” completamente, que es lo que le gustaba hacer por las noches y a conversar con alguno de sus secuaces-empleados, que iban por el hotel a que Don Fernando, les pagase algún trago.

También aprovechaba para charlar con alguna de las putas y, si no quedaba demasiado tomado, pues acostarse con una de ellas, para relajarse antes de ir a su casa a dormir con su querida esposa.

-Mañana, tenemos tarea a primera hora en el aeropuerto, Don Fernando. –Le comentó uno de sus ayudantes.

-Lo se. Hugo debe haber llegado hoy mismo y hay que tenerle el avión preparado.

-Pues mañana, es el mejor día, porque tenemos allí al jefe de la aduana, ya sabe.

-Si, si. De acuerdo. Mañana tened todo dispuesto, meteremos la carga y dos de vosotros, tendrán que quedarse custodiando el avión, hasta que Hugo se lo lleve. ¿Hablaste con Hugo?.

-Si, Don Fernando, hace un ratito. Me pidió que le disculpe, que está muy cansado del viaje y como mañana tiene que volar tanto, pues prefiere irse a descansar.

-Me parece muy bien. Es un tipo organizado y se cuida. Para trabajar duro, hay que estar descansado y relajado. Voy a hacer lo mismo.

Y Don Fernando, se metió en su carro y regresó a su casa a descansar hasta la mañana siguiente.



CAPITULO XXVIII

Ezequiel, en Miami, madrugó como todos los días y se dirigió rápidamente con el carro rentado que le había dejado Hugo, a Opa Locka.

Le gustaba el trajín diario de ir a escuchar las locuciones de la torre de control con los pilotos. Estaba aprendiendo los entresijos de estas conversiones y viendo con claridad las posiciones que debía ocupar en caso de aterrizaje por una u otra pista.

De hecho, le agradaba tanto, que ya se veía obteniendo él también una licencia de piloto…

Desayunar, subir cada mañana hasta el aeropuerto, hacer sus observaciones, sin llamar la atención y regresar a tiempo para parquear el carro y dirigirse a Flagler Street al restaurante, a comer el “lunch” rápidamente para comenzar a tocar su música a las doce, era un poco justo, pero le encantaba.

-Hoy, voy un poco más rápido y me doy el gusto de comer en lugar de en el restaurante, en el “Hooters”, en Bayside, que me gusta ver a las niñas vestidas tan extremas y comerme allí las alitas picantes. –Pensó Ezequiel.

Y paseó unos minutos por Bayside y entró a comer después las alitas.

Y tras comer, salió al exterior y… Quedó sorprendido. Vio a Lucita quieta, como esperando a alguien, frente al lugar en que estaba amarrado el fabulo barco velero “La Bounty”, el que había servido para el rodaje de la película “Motín a bordo”.

Fue a saludarla, pero se contuvo. Estaba seria y en una actitud extraña, tensa. No había duda de que estaba pendiente de la llegada de alguien.

Efectivamente; a poco que se le acercó un individuo, con un aspecto extraño. Bueno, de buena figura y elegante porte, como Hugo, pero… -Tiene cara de malote. –Pensó Ezequiel.

Se saludaron tensos y se desplazaron unos pasos para meterse en uno de los pasillos estrechos que comunican el muelle propiamente dicho con el pasillo central de Bayside y… Ella  le dio un pequeño paquete que sacó de su bolso. El otro a su vez, le entregó a ella algo que bien parecía un sobre doblado. –Sin duda, es dinero. –Pensó Ezequiel. Se despidieron y marcharon en direcciones diferentes…

Se quedó extrañado y pensativo Ezequiel… Lucita trabajaba en algo más que en la organización de fiestas.

-Quizá trabaja en eso de las fiestas y bodas, para justificar, como hago yo ahora, trabajando como pianista… -Pensó Ezequiel.

No quiso, ni podía por la premura de tiempo observar más. Simplemente se dirigió a Flagler Street y entró en el restaurante, ya con cierto retraso para comenzar a cantar.




CAPITULO XXIX

Hugo, acudió puntual y organizado como siempre, bien temprano por la mañana, al aeropuerto de Ilopango, en El Salvador.

Los funcionarios, le saludaban con respeto. Parecía que llegaba un familiar del mismísimo presidente del país.

Se dirigió a la cafetería y ya allí, le esperaba Don Fernando, con su sobrino, César, que acompañaría como co-piloto a Hugo hasta su llegada a Miami.

-Aquí estoy a sus órdenes, Don Fernando. –Dijo Hugo, como siempre bien respetuoso hacia su jefe.

-Bueno, pues tienes el avión lleno de combustible y todo bien preparado. Cuida de la carga y… De mi sobrino, claro.

-Por este orden lo haré Don Fernando, -Rió Hugo- Primero la seguridad de la carga, luego la de su sobrino.

Rieron todos y Hugo y su copiloto marcharon a comer y a esperar la hora de despegar.

Como siempre, Hugo, con muchísimo cuidado chequeó todo lo imaginable del avión y tras ojear el plan de vuelo que había ya confeccionado y pasado por la oficina de tráfico César, el copiloto, se sentó en el asiento izquierdo del avión y procedió a ojear la carta aeronáutica.

-Date cuenta que como es habitual, subiremos bordeando la península de Yucatán, nos desviaremos ligeramente para evitar Cuba y ya nos aproximaremos a Florida.

-¿Cuánto tardaremos?. –Inquirió César.

-Bueno, con este avión, que aunque pequeño es muy rápido, vamos a ir en tres horas.

-Tenemos cuatro de autonomía. –Respondió César.

-Pues ya está, amigo. Tenemos el tiempo calculado, para llegar a Opa Locka, recién anochecido.

Pidieron permiso para encender turbinas, se dirigieron a la pista y salieron volando hacia la aventura.

César, también estaba excitado. Su tío, solo le había dicho que tenía que acompañar a Hugo en un vuelo, que le serviría para  practicar y, aunque César no era tonto y ya podía imaginarlo, en realidad, no tenía certeza de lo que iban a hacer exactamente.

Ya en los mismísimos cielos, a diecinueve mil pies de altura, César comenzó a beber algo de Ron y a hablar…

-¿Sabes Hugo?, a mí me gusta Rita.

-Cuidado que tu tío te mata. –Respondió raudo Hugo.

-Bueno, él no lo sabe. A mí, me gusta tocarla. Ya empezó hace años, cuando ella tenía unos once añitos…

-¿Qué dices?... ¿Qué le has hecho?. –Hugo ya asustado, imaginando a César colgado patas arriba de un árbol o algo así y con el cuello cortado.

-No. Nada. No malpienses. Solo que cuando era pequeña, le gustaba acercarse a mí, acariciarme… Me ponía muy caliente.

-¿Qué dices?. –Hugo ya nervioso.

-Bueno, un día me dijo que si yo le enseñaba “lo mío”, ella me enseñaba “lo suyo”. –Continuó César.

-Tranquilo, muchacho, bebe, que tienes la garganta seca y no es para tanto. –Respondió Hugo que lo quería más borracho, para recibir muchos mas detalles.

-Bueno, muchas veces hemos estado juntos en la cama pero… Está entera, te lo aseguro. Continuó César.

-Tú si que no vas a estar entero, César… Si se entera Don Fernando. Pero, si tengo entendido que ella tiene un amigo o medio novio en la escuela.

-No, no. Ese no es más que un tonto con el que ella disfruta recalentándolo. No hay nada. Ella solo gusta de acostarse conmigo y hacer guarrerías perversas que imita de algunas páginas muy obscenas que ve en Internet… Pero sin completar el sexo. Porque ella siempre dice que “una mujer decente, acude virgen al matrimonio”.

-¡Pues vaya con Rita!. –Respondió Hugo y chequeó la posición con el GPS y verificó el piloto automático… -Antes, volábamos siguiendo un radial de VOR tú; ya ves, ahora lo hace casi todo el avión. Ya ni nos vale el cerebro… Te metes en la Aerovía y ya ni tienes que dar notificaciones de posición, ni nada. Basta con dejar trabajar al transponder…

-Pero me tiene preocupado Rita; no vaya a cometer hasta una indiscreción con Don Fernando, no se… -Continuó confesando César.

-¿Porqué?.

-Porque de pronto, mas o menos al regresar del viaje que hicimos a Miami, no quiere que la toque y se comporta raro. El otro día, me metí de amagado en su cuarto, como es normal y hago siempre y… Es increíble, la sorprendí masturbándose.

-¡Vaya, vaya!. –Exclamó un Hugo ya descontrolado por las ganas de entrometerse y saber más…

-Bueno, yo le dije rápidamente, como sería lo mas normal, “¿No me tienes a mí para hacerte esas cosas”?.

-¿Y qué?... –Hugo enfermo ya de ansiedad y excitándose él también sexualmente.

-Normalmente, ella hubiera respondido a ese comentario, abriendo sus piernas para recibir mis caricias, pero…

-Pero ¿Qué?. Acaba, ¡Pendejo!.Me matas de la ansiedad.

-Pues que se levantó desnuda como estaba, y me gritó “Fuera de aquí, cerdo, o se lo digo a mi padre” y cerró la puerta del cuarto de una patada, que casi me da en las narices.

-¡Increíble!. –Dijo Hugo. Que vuelo más interesante estamos teniendo… Anda, descansemos de tanta excitación. Sácate los bocadillos y comamos algo…


Y ya mientras, comían… -Ten cuidado, César. Mantente alejado como ella quiere, que no sea que te veas en un mal lío con su padre. Centrémonos, que vamos a descender, anda. Léeme la lista del chequeo de aterrizaje.



CAPITULO XXX

Ezequiel estaba excitadísimo, porque había llegado el día. No durmió en toda la noche e incluso había tenido que rechazar a María que de vez en cuando lo requería sexualmente, ya que no quería perder ni un ápice de sus energías.

Fue normalmente a trabajar al restaurante y, a la salida, justamente las cuatro de la tarde, con el carro, tomó la I-95 y se fue para Opa Locka, estacionándose en el lugar que ya tenía sobradamente conocido, cerca de la senda de planeo de la pista 12, que era la que más probablemente se utilizaba.

Escuchó la radio y pudo oír claramente que los vuelos, estaban aterrizando por esa pista.

Se introdujo entre la maleza y se situó estirado en el suelo en la senda de planeo, como le había enseñado Hugo y a la altura de la llamada “baliza intermedia”.

Impaciente, aguardaba la llamada telefónica de Hugo, que no llegaba… -Claro, si aún está alto, no tiene cobertura. –Pensó. 

-Finalmente, cuando estaba Ezequiel con el corazón a ciento y veinte pulsaciones por minuto, llamó Hugo, con un escueto “Estamos descendiendo para la  pista 12”.

Casi al momento, oyó por el receptor portátil aeronáutico, como Hugo notificaba a la torre que estaban en el punto final.

-Clear to land. Respondió el controlador.

-Clear to land. –Confirmó Hugo.

Ya Ezequiel, vio aproximarse al avión, que volaba peligrosamente bajo  Se balanceaba por la falta de maniobrabilidad que le ocasionaba la baja velocidad, pero… Llegando a la baliza, soltó el paquete y remontó ligeramente el vuelo, para dirigirse hacia la pista.

Corrió como una liebre Ezequiel, agarró el paquete y como alma que lleva el diablo, corrió hacia los arbustos más espesos y se dirigió a su carro.

Todo había ido bien. Manejó el carro, ya más relajado, hacia la terminal del aeropuerto a esperar a Hugo y a César.

Si al controlador le hubiera dado por mirar hacia el avión aproximándose tan extrañamente bajo, probablemente, hubiera entrado en alguna sospecha y hubiera llamado a la policía del aeropuerto. Los Americanos del Norte, ya se sabe que son muy escrupulosos y legales, pero… No había tráfico aéreo, el controlador estaba relajado y ni miró hacia el avión aproximándose, así que todo fue bien.

Eso no evitó que Hugo y César, fueran sometidos a un registro en la aduana muy a fondo, porque un avión privado procedente de Centro América, siempre da morbo a los policías del aeropuerto, pero… No había nada que ocultar.

Así, que se reunieron en la terminal nuestros tres hombres y marcharon con el carro hacia Miami.

Llegando a casa de María, dijo Hugo: -Mañana por la mañana hacia las diez, vendrá un hombre a buscar el paquete. Que me espere si no he llegado. Yo estaré también por allí hacia esa hora.



CAPITULO XXXI


Aquella noche, aun cuando pareciera que Ezequiel debería estar excitado, por toda la actividad delictiva y aventurera realizada, la verdad, es que se dejó caer en la cama y se sintió relajado.

Había cesado la tensión, todo había acabado bien y la tarea estaba bien terminada.

Suponía que por la mañana, Hugo le pagaría, como la otra vez un buen puñado de Dólares y ya empezaría a planear la próxima misión.

Ni siquiera valoraba el riesgo. Estaba metido en ello y había dejado de alguna manera de ser “Un Don Nadie” para meterse en una trama que le podía volver rico y rápidamente.

Se daba cuenta de la mucha experiencia que había adquirido. -En poquísimo tiempo, he aprendido más que en toda mi vida anterior. –Pensaba.

Y era cierto. Cuando un hombre hace ese cambio, ya nada puede volver a ser como antes. Ya nada tenía que ver el Ezequiel que estaba reposando cansado en la cama, con el que había estado tocando el piano y cantando en Santa Ana, aquella fatídica noche en que el desgraciado del Embajador agredió tan salvajemente a Carmen.

-No creas que me he olvidado, no, hijo de puta. Me la debes.

Lo que mas quería Ezequiel, era seguir adelante en el trabajo con Don Fernando  y poder regresar a El Salvador, donde se sentiría mas seguro, mas protegido y donde sabía que Don Fernando compraba lo que hiciera falta.

-En el aeropuerto de Ilopango, -pensaba- no tendría que correr agazapado entre la maleza como en Opa Locka. Allí, me saludarían con respeto los funcionarios…

Y se durmió.

A las diez de la mañana, puntualmente, mientras María, muy callada ese día y Ezequiel, estaban sentados en el jardín posterior de la casa, sonó el timbre.

-Alguien toca a la puerta. –Exclamó Ezequiel inquieto.

-Eso es obvio, hombre, por eso hemos oído el timbre. –Respondió María bromeando y añadió –Anda, ve y abre, que será ese amigo de Hugo.

Y abrió Ezequiel la puerta de la casa, quedando petrificado.

Quien llamaba a la puerta, era el mismo hombre que había visto pocos días antes en Bayside, intercambiando dinero por droga, con Lucita.

Quedó tan sorprendido y quieto que el misterioso hombre le espetó: -¿Me franquea el paso o me quedo fuera?... Vengo a ver a Don Hugo.

-Por supuesto, Ud. Perdone, es que esperaba a otra persona y me ha sorprendido. –Mintió Ezequiel. Y lo hizo pasar a la salita.

Salió María y para sorpresa de Ezequiel, saludó efusivamente a aquél hombre. –Hola, Cirilo, ¿Cómo está Ud.?. –Le dijo amablemente al tiempo que le daba la mano.

-Bien. –Respondió escuetamente el Cirilo, al tiempo que se sentaba en un sillón y pedía un trago.

A los pocos minutos, llegaba Hugo. Saludó con no mucha cercanía ni simpatía al tal Cirilo y le invitó a pasar a un cuartito en el que María tenía un pequeño despacho.

-Actúa como si estuviera en su casa este Hugo. -Pensó Ezequiel.

Sin ni siquiera cerrar la puerta del despachito, Hugo entregó a Cirilo el paquete que habían traído desde El Salvador y el tal Cirilo, le entregó a Hugo un maletín. Hugo se puso a contar el dinero.

-Muchísimo dinero, -pensó Ezequiel, que no se perdía detalle, mirando de reojo.

Tras el breve encuentro, salió Cirilo del despacho, le acompañó María a la puerta y regresó hacia el despacho.

-Ahí tienes lo tuyo, María. –Dijo Hugo dándole un pequeño paquete de dinero.

Salió María del despachito y Hugo tras ella también y dirigiose a Ezequiel.

Toma amigo, ahí van cuatro mil Dólares de parte de Don Fernando. No los gastes de golpe. –Y girándose hacia María- Yo también me voy María. -Y salió con el maletín del dinero abandonando la casa, al tiempo que decía a Ezequiel -Ya te llamaré, que ahora tengo gestiones que hacer y he de recoger el avión y regresarme con César a El Salvador.


Efectivamente, salió y se dirigió a su carro, donde César, el sobrino de Don Fernando, le aguardaba.



CAPITULO XXXII

El siguiente domingo, Ezequiel, que seguía tocando cada día el piano y cantando como siempre en el restaurante de Flagler Street, decidió que puesto que era festivo, acudiría a ver a Lucita a un restaurante próximo a Miracle Mile, en el que le había dicho María que organizaba una fiesta.

Se vistió elegante, Ezequiel. Bueno, relativamente elegante y a las cinco de la tarde, marchó al restaurante.

Se trataba de un lugar bien bello, que imitaba a un castillo español.

Había perdido interés en Lucita, porque ya había visto que era en realidad una “putilla” y además, al recalentarse Ezequiel con Rita, la jovencísima hija de Don Fernando, pues había desplazado de sus ideas y de sus fantasías sexuales a Lucita.

Y es que Rita, además de excitarle por su hermosura y por ser una niña, le excitaba porque era la hija de Don Fernando y eso le daba más morbo a la aventura.

No obstante, Lucita, le gustaba, estaba solo y las pocas satisfacciones que se daba con María, no eran “cosa importante”, así que  pensó que no le vendría mal un revolcón con Lucita.

-Hola Lucita. ¿Cómo  tu estás, mi amor?. –Cariñoso él y juguetón.

-Ezequiel, mi amor. –Ella tirándosele a los brazos como hacía siempre con los hombres, envolviéndoles la nuca con los brazos y colgando las piernas de ella de la cintura de ellos, desequilibrándoles, físicamente, porque casi se caían de la avalancha del cuerpo y mentalmente, porque se les disparaba la tensión sexual.

-Ya ves. Vine a verte.

Y se quedó Ezequiel, participando de la fiesta aunque no estuviera invitado, recibiendo atenciones de Lucita y esperando a que ella terminara todo su mucho trabajo, para charlar con ella.

Y acabando la fiesta, se fueron a Bayside, que en ese Miami, todo el mundo acaba paseando por Bayside,  como en La Habana se acaba paseando por el Malecón.

Se sentaron a tomar un helado y Ezequiel, curioso, se lanzó.

-El otro día te vi aquí, Lucita, por la mañana, charlando con un hombre, ahí en ese pasillo.

Palideció Lucita. No respondió.

-Ese mismo hombre, vino a casa de María el otro día, oye… ¿Qué está pasando?. –Dijo solemne Ezequiel.

-Tu, ¿Es que eres especialista en saber lo que no debes saber?...¡Metido!. –Respondió indignada Lucita.

-¿Estás vendiendo por tu cuenta, Lucita?.-Inquirió Ezequiel.

-Si le dices eso a Don Fernando, me mata. –Casi suplicó Lucita.

-No, mujer,¿Cómo quieres?. Esta noche te acuestas conmigo.

-¿Me chantajeas por eso?...  ¿Compro tu silencio?.

-¿Qué silencio ni silencio?. Te acuestas conmigo, porque ardo en deseos de ello… Y supongo que a ti ¿Que más te da uno más?.

-La cachetada, sonó por todo Bayside y dolió en la cara de Ezequiel.

-Vámonos a mi casa, degenerado.

El pequeño apartamento de Lucita, estaba en Coral Gables, barrio bien bonito y lujoso de Miami.

A Ezequiel, le gustó, era pequeño pero bien decorado. –Esta, gana plata. –Pensó.

Y compartieron el lecho y charlaron, largo y tendido…

-Quiero ganar mucha plata, Ezequiel. –Comentó Lucita. No me bastan los continuos regalos y propinas de Don Fernando. Yo quiero mucha plata. He pasado por mucha miseria y ahora quiero plata.

-¿Y?...

-Pues que conocí a Cirilo casualmente porque una vez coincidí con Hugo y con él y me dijo que si tenía algo para él, que me lo compraba. Así que a veces, consigo algo de mercancía y se la vendo. Es poca cantidad, pero me sirve.

-¿Y como la consigues?.-Preguntó Ezequiel.

-Bueno, a veces uno de los cargamentos de Hugo, dependiendo la treta que emplea, viene a parar a mis manos hasta que se entrega al cliente y yo… Pues abro con habilidad el paquete y mezclo un poco con polvo blanco, lo corto bien y me quedo una parte. Poquito para que no se note.

-Interesante negocio. –Respondió Ezequiel mientras caía dormido.




CAPITULO XXXIII

Pocos días tardó Ezequiel en recibir la nueva llamada de Hugo.

Le dio instrucciones completas, para realizar la misma operación, pero esta vez, en el Aeropuerto de North Perry, en Holluwood. –Estas cosas hay que hacerlas siempre en lugar diferente. –Dijo Hugo.

-Estúdiate bien el aeropuerto, mírate las pistas, el entorno, todo. Ya no me necesitas para estar preparado.

Respondió Ezequiel afirmativamente y preguntó de cuantos días disponía para prepararse.

-Llegaré seguramente dentro de siete días. Estaremos en contacto. –Respondió Hugo.

Y Ezequiel, comenzó a acudir cada atardecer al Aeropuerto indicado por Hugo.

Estaba complicado, porque había muchas edificaciones, pero se dio cuenta de que podía entrar bien en la explanada de las pistas, a través de la escuela de aviación de Broward Community College.

El acceso para la cabecera de las pistas 18 y 29, era fácil desde allí, pero… Había que echarle valor, no era tan fácil ni mucho menos como en Opa Locka y además… -Estos malditos, cortan tanto los matojos que se ve todo… -Se dijo Ezequiel.

Lo cierto, es que quedó todo preparado y el día convenido, siguiendo las instrucciones de Hugo, volvió a cometer la misma temeridad, volvió a pasar por la misma situación estresante, volvió a jugarse su libertad y… Funcionó. Lo hizo.

Esta vez, no llevaron el paquete a casa de María, sino que directamente, fueron a un lugar discreto en “La Pequeña Habana”, en Miami, bien cerquita de la famosa Calle Ocho y allí se encontraron, Hugo, Ezequiel y César, que había llegado con Hugo, con el tipo aquél misterioso, al que Lucita le vendía alguna droga…  Cirilo.

Se hizo la entrega, el intercambio de dinero por droga, toda la operación y seguidamente, Hugo y César, acompañaron a Ezequiel hasta casa de María.

-Mira, Ezequiel. –Dijo Hugo- Que me ha dicho Don Fernando que te vengas con nosotros, que ahora vamos a estar una temporadita sin venir y te necesitará allá. Así que mañana en la mañana, te recogemos y nos vamos para el Aeropuerto a por el avión.

-Pero ¿No me voy a despedir en el restaurante?.

-Ese trabajo ya no te importa a ti. Llámales por teléfono si tanto te importa quedar bien. –Respondió Hugo tajante.

Y se despidieron.

Aquella anoche, fue especial. María le trató mejor que nunca.

-Qué pena me da que te marches, como pena me da que vivas todo esto, hijo. –Le dijo María tiernamente.

-Bien mirado, María, la vida simple y sencilla, también es un poco aburrida. Quizá es mejor vivirla de prisa y esperar tener suerte. –Respondió un Ezequiel con inusitada madurez.

-Bueno, lo cierto, es que allá en El Salvador, estarás más protegido. Si eres fiel a Don Fernando, no te faltará nada y las autoridades, poco te van a molestar.

Además, allá si ingresas en prisión, que Dios no lo quiera, te saca Don Fernando, que no hay quien se le ponga delante.
Y la despedida, fue una relación de sexo y amor, sincera y bella. María siempre le recordaría, pero Ezequiel a ella, sin duda toda la vida. Había sido para él una madre, una amante y una amiga, todo a la vez.

-En cualquier caso, -dijo Ezequiel- no tengo duda de que volveré por acá y de que volveremos a vernos.


Y así se durmieron. 



CAPITULO XXXIV

Y por la mañana, juntos Hugo, Ezequiel y César, fueron en un taxi hasta el aeropuerto de North Perry, recogieron su avión y, se regresaron a El Salvador.

El vuelo, iba siendo placentero, una vez que “les dejaron tranquilos esos mierdas de controladores americanos” según Hugo, se establecieron en la Aerovía y comenzaron a charlar y… A tomar.

Y un Hugo, como siempre provocador, bromista y obviamente desconocedor de lo que había pasado entre Ezequiel y Rita, pues comenzó a hablar lo indebido.

-Venga, César, cuéntale a Ezequiel tus aventuras con Rita. –Dijo Hugo.

Casi palideció César y Ezequiel se dispuso a escuchar atentamente.

-Bueno, bien, que he tenido algo con Rita, pero entre nosotros ¿Eh?. –Borrachos todos, aunque Hugo el que menos, que no hay que olvidar que tenía claro eso de “Si bebes no conduzcas o manejes”. Pues lo mismo aplicado a los aviones y suavizado: “Procura no tomar mucho para pilotar”.

Y comenzó a largar por aquella boca mojada en alcohol César… Que todo había empezado cuando Rita tenía once años, que si seguía “soltera y entera”, que la pilló haciendo guarrerías y… Y cómo había acabado el asunto.

Y Ezequiel, alucinando y aunque tratando de controlar la lengua, pues ésta se soltaba también con el alcohol y…

-Bueno, pues yo que sepáis que me acosté con ella el día de la fiesta en Biltmore y soltera estará, pero “entera”, no.
Silencio absoluto. A Hugo, le cayó de las manos el enésimo vaso de ron que tomaba.

-¿Qué no está entera?... –Dijo Hugo- Yo estoy viajando en este avión con dos muertos. ¿Estáis locos?... ¿No sabéis quien es Don Fernando?.

Y los otros dos, reían como locos.

-Ni enteeera,  ni naaada de naaaza. Respondieron los dos borrachísimos y casi al unísono. -El único que no la ha tocado, eres tú, Hugo. –Añadió César.

Eso, le tocó el amor propio a Hugo. –Oye. -Dijo- A esa la tocaré yo también.

Y el avión se balanceaba estrepitosamente, porque se reía con ellos.

Mientras, Rita, estaba bien modosita y discreta en su casa en Santa Ana, pensando románticamente en Ezequiel y… Preocupadísima porque su periodo no estaba llegando ese mes…

Aunque eso, no interfería nada en la gran fiesta que se estaban montando en el avión, Hugo, César y Ezequiel, a costa de ella y de otras mujeres y aventuras que fueron mezclando.

Reía Hugo como un condenado. –Se me está haciendo corto el viaje, oye.

Y aterrizaron sin novedad, aunque iban bien tomados, en el aeropuerto de Ilapongo, donde ya les esperaba Don Fernando, casi al pie del avión, esperando recoger la plata que le traían.

Por un momento, Hugo, casi con la vista borrosa por la borrachera, creyó adivinarle unos cuernos en la frente… Se le escapaba la risa. –Tengo que controlarme. –Pensó- Aunque hay que ver que poco control ha tenido Don Fernando de su “santita” y perdió él el control y se rió a carcajadas.

-Don Fernando, se le acercó indignado. -¿Cómo tengo que decir que no se toma mientras se trabaja?.

-Perdone, Don Fernando… Todo ha ido bien. –Hugo respondió controlándose.

-Bueno, eso es lo importante, respondió Don Fernando y se dirigieron hacia la cafetería del aeropuerto.

Se sorprendió Ezequiel, al sentir que alguien le tocaba en el hombro. Era el negro aquél gigantón, el guardaespaldas del Embajador… O dicho de otra manera, el que satisfacía a la esposa de Don Fernando.

-Dame tu pasaporte. –Le dijo secamente a Ezequiel.

Quedó Ezequiel muy sorprendido y se echó atrás medio asustado.

-Dáselo, hombre, -intervino Don Fernando- que te lo va arreglar tu “amigo” el Embajador con una Visa múltiple e Indefinida. –Y rió también estrepitosamente Don Fernando y dirigiéndose a los otros dijo –Este es muy amigo del Embajador. -Rieron todos y ya Don Fernando se añadió a la toma de ron.

Y es curioso, que por borracho que se esté, se controla lo importante, porque aunque acabaron todos que medio no se aguantaban en pie, pero ¡Mira!, nadie bromeó con Rita. Eso si que hubiera sido “mortal”.




CAPITULO XXXV

Fue un respiro para Ezequiel, regresar a su casa, ver a sus padres, caminar libremente por Santa Ana, sin temor a ser ultimado.

Bueno, sin temor a ser ultimado por los hombres de Don Fernando, que en esa ciudad, ultiman a cualquiera por cualquier cosa. Aunque en la medida en que Ezequiel fuera siendo mas conocido como “hombre de Don Fernando”, mas difícil sería que nadie se metiera con él. Ni siquiera la policía.

Ya es de imaginar como recibió de ilusionada la mamá de Ezequiel a éste; habían temido mucho por él.

El padre, hombre sencillo, pero con sentido común, no dejó de percibir el profundo cambio de Ezequiel. No era el mismo. Tenía como una seguridad, había adquirido carácter.

-Hijo, ¿Te van bien las cosas?. –Inquirió paternalmente a Ezequiel.

-Muy bien, papá, estoy trabajando bien y me gano la vida.

-Pero, ¿Cómo es que ya no tienes que huir de Don Fernando?...

-Bueno… El fue a Miami y allí casualmente me contrataron para cantar en la fiesta que él celebraba por los quince años de su hija y ya ves… Pues nos arreglamos. Ahora, incluso trabajo para él.

-¿Cómo que trabajas para él?. –Exclamó alarmado el padre.

-Bueno, papá, le gustó como canto y me contrata para alguna de sus fiestas. –Respondió con rapidez Ezequiel, consciente de que había hablado demasiado… Su padre era muy recto.

-Ten cuidado, hijo… Con esa gente, mucho cuidado.

-Lo tengo, papá, lo tengo.

Y salió a la calle, con ganas de finalizar la conversación y porque además, la mirada de su padre, algo inquisidora, le afectaba mucho.

Caminó hasta el viejo hotel, porque tenía muchísimas ganas de conversar con el dueño, que tanto le había ayudado; a ver a sus amistades.

Era prácticamente la hora de la cena y allí no había música.

El propietario del hotel, se abrazó a Ezequiel, con honda emoción. –Cómo te he echado de menos y cuánto he temido por ti, hijo.

Pues ya ve que poco había que temer, -respondió jovial Ezequiel, al tiempo que se dirigía hacia el piano- ¿No hay pianista?.

Tuve otro después de irte tú… Buen hombre, aunque no tenía tu fuerza para cantar, pero… -Suspiró- Una noche, salió solo a pesar de mis advertencias, para regresarse a su casa y, ya ves, muerto le encontraron por la mañana, cerca de La Catedral.

-Qué pena me da. Por lo menos en Miami, no espera uno que lo maten por ahí… Tan fácilmente. Pero bueno, yo trabajo de día y llego a casa antes de oscurecer. No vivo ningún peligro. –Mintió Ezequiel, que vivía en peligro de que hubiera cualquier problema con los contactos de Hugo y, aún peor, que la policía le detuviera y pasara largos años en prisión.

Y se sentó al piano, al tiempo que le decía a su interlocutor, -Hoy no tendrá Ud. Que pagarme.

No era fácil convertir un corrido mexicano en una balada, pero lo hizo fácil y comenzó a cantar, sin preocuparse mucho del ritmo, punteando simplemente los acordes, que a fin de cuentas acompañan bien y lo que valía era la letra de la canción y el sentimiento…

♫ Bajó de La Sierra con un  objetivo
y vendió naranjas cuando era un niño
y vendió naranjas, siguió su objetivo,
sin miedo a la vida, sin miedo al peligro.
Ahora por todos es reconocido,
si no lo conoces, atento al corrido
El chaparrito es muy decidido.
Su gente lo admira por ser aguerrido
él tiene de todo, pues lo ha merecido.
Si lo provocas, se enoja el amigo
Respeta, si acaso, quieres seguir vivo. ♫

Y así le canto al Chapo Guzmán, uno de los más famosos narcotraficantes de México…

Y acabó el corrido y aún cantó alguna otra canción, para después cenar algo, invitado por la casa, claro, que bien que había cantado gratis y se acercó al bar, a charlar con alguien.

Y allí que apareció Don Fernando, con el Alcalde de la ciudad y se pusieron a charlar en una mesa.

A los pocos minutos, se les unía Hugo y, ante la sorpresa de Ezequiel, Don Fernando, le llamó para que se sentara con ellos a tomar.

-¿Cogiste ya a una de tus putitas?... –Le espetó Don Fernando a un Ezequiel sorprendido por la pregunta y sin saber que contestar. –Bueno, ya se que tú no eres tan lanzado para eso como Hugo. –Y rió estrepitosamente Don Fernando, siendo obedecido en el acto por los otros dos, que comenzaron a  reír muchísimo su gracia. Por supuesto que se les añadió Ezequiel. Las “gracias” de Don Fernando, se reían y coreaban sin rechistar.
Y siguió hablando Don Fernando, dirigiéndose ya al Alcalde.

-Mira, amigo Alcalde, ¿O debo llamarte Señor Alcalde?. –Nuevas risas coreadas- Siempre he dicho lo mismo. La economía del mundo, se sostiene sobre tres pilares fundamentales:

La industria de la energía, con todo lo que conlleva. Sin energía para mover las máquinas, nada funciona. Así que quien controla bien la extracción y el refinado del petróleo, el gas, la energía nuclear, está dominando uno de los tres pilares de la economía mundial.

-¿Y cuales son los otros dos, Fernando?. –El Alcalde, se podía permitir omitir el Don, delante del Fernando.

Pues la guerra. No por lo que supone la guerra en si, no. Por todo el dinero que mueve  la industria del armamento, la logística, el transporte y el suministro… Y por supuesto, lo que se roba al país que pierde.

-¿Y el tercer pilar?. –Inquirió el Alcalde, mientras Hugo y Ezequiel, se limitaban a escuchar con respeto las palabras de los dos borrachos.

-Pues el narcotráfico. Mueve una fortuna y da trabajo directamente o de forma indirecta a muchísima gente. Hay pueblos enteros, que si no fuera por la plata que les supone toda esa actividad de los traficantes, estarían en la ruina más absoluta.

-Total, -dijo el Alcalde- que tendríamos que dar gracias a Dios por la existencia de las guerras y el narcotráfico, además del petróleo…

-A Dios, ni mencionarlo. –Respondió algo enfurecido Don Fernando. –Sabes que no me gusta que se pronuncie su nombre en vano. Para la gente de bien, Dios, la religión y la familia, son la base fundamental de todo. Con eso, no se juega. Ya sabes lo que le hice al maldito árabe aquél que se atrevió a mofarse de Dios en mi presencia.

Se quedaron Ezequiel y Hugo, mirando algo desconcertados. Les devolvió la mirada Don Fernando –Obviamente, vosotros, no conocéis la historia del árabe, ¿Eh?.

-No. Don Fernando, nosotros no. –Respondió Hugo.

-Cuéntasela, Fernando, no te enfades. –Dijo el Alcalde.

-Este tipo, era un descontrolado independiente, que me traía “material” desde Afganistán. Era de admirar, porque traer eso desde allí, introducirlo aquí y salir siempre bien parado, pues no es algo fácil.

No era importante, era un “independiente” habilidoso. Yo me iba entusiasmando cada vez más con él, pensando que la colaboración sería larga y fructífera. A ti, Hugo, ni te había conocido yo todavía.

Pero un día, que estaba aquí en una de sus visitas, me separé de él en la plaza para entrar en la municipalidad y al regresar,  le sorprendí haciendo… ¿Sabéis qué?...

-No Don Fernando. –Respondió de nuevo Hugo, respetuoso.

-Escupiendo con maldad ante la puerta de la Catedral.

-Eso es una gran ofensa. –Intervino el Alcalde.

-Fíjate que soy enemigo de la violencia. Un buen Cristiano, no debe emplear esos métodos… Para eso, se tiene a los empleados. Pero no pude contenerme. Allí mismo, le propiné un terrible puñetazo por la espalda a la altura del riñón izquierdo.

Eso, ya comprenderéis que duele y, además de doler, corta la respiración. Así, que me abalancé sobre él y comencé a pedir auxilio, gritando que aquel hombre no respiraba.

Varios transeúntes le agarraron en brazos para llevarle al hospital… NO, grité yo. A casa de mi doctor, que vive aquí al lado…

Y le llevaron a casa de mi doctor, que para mí, es más que un amigo. Un buen cristiano.

Mira, Doctor, este individuo se estaba burlando de nuestro Dios y… Le he dado tremendo puñetazo en la espalda y…

Me interrumpió el buen doctor. –Reanímale tú, que lo harás mejor que yo- Y se marchó hacia su despacho.

Agarré la almohada que había en la camilla, se la apliqué en la cara al maldito árabe y cuando ya comprobé que ni respiraba, ni lo haría nunca mas, llamé al doctor… -Ya está reanimado. Firma el certificado de defunción y ocúpate de todo.

-Déjalo todo en mis manos, Fernando. –Respondió éste Y se acabó  la historia. Porque a mí, a Don Fernando, nadie se atreve a provocarle insultando a Dios.

Quedó Hugo, satisfecho con la historia, asintiendo y Ezequiel, boquiabierto de admiración.

-Porqué no nos cantas algo, Ezequiel?. –Ordenó, más que pidió el Alcalde.

-A sus órdenes, Señor Alcalde. –Respondió Ezequiel, que oyendo aquellas conversaciones, parece que sentía respeto por aquellos tipos tan importantes.

Y cantó de nuevo Ezequiel y todos ellos tomaron más ron y más de otras bebidas y, finalmente, fueron llevados todos a casa de cada uno, en el carro del Alcalde, escoltados por un auto de patrulla de la policía.

-¡Que seguro se desplaza uno con tanta protección!. –Se dijo a sí mismo Ezequiel, encantado con aquella nueva vida.

-A ver como hago para ver a Rita, que me apetece y mucho. –Pensó mientras entraba en casa de sus padres y se disponía a acostarse.



CAPITULO XXXVI

Bien tempranito por la mañana, Don Fernando, ya se disponía a marchar a su oficina.

Había dado instrucciones a su sobrino, César, para que fuera a recogerle con el carro a esa hora. Se asomó al jardín y vio el carro de César, pero no a éste. –Estará por ahí. –Pensó.

Así que regresó hacia la cocina a tomar algo de café, cuando vio al fondo, en el vestíbulo o zaguán que daba a la zona de habitaciones, a César, hablando con Rita. Fue hacia ellos, para meterle prisa a César cuando, se detuvo en seco. Se hizo a un lado, porque la conversación le interesó.

-No quiero verte mas, César. Me has estado tocando desde que tenía once años y ya me cansé.

-Pues bien que te gustaba y no te olvides que fuiste tú la que comenzó. –Respondió César airado.

-Pues que sepas -replicó airada Rita, con ganas de ofenderle puesto que él sabía bien que no podía haberla embarazado, -que estoy embarazada.

César quedó boquiabierto y pensó inmediatamente en Ezequiel.

Don Fernando, también abrió desmesuradamente la boca, pero porque le faltaba el aire para respirar. Se dirigió como una flecha a su escritorio, agarró su revólver y…

Se detuvo. –No –Pensó. –Un buen cristiano no mata al hijo de su hermana. Yo no soy ningún asesino… Para eso están los sirvientes. 

Se dirigió al teléfono y llamó enloquecido a Hugo.
–Hugo,  Déjalo todo y ven a mi oficina. No, mejor a mi casa y me llevas a la oficina.

Con gran valor para tratar de tranquilizarse, se asomó al zaguán y dijo a distancia, con temor de no controlarse:

-No es preciso que me esperes, César. Tómate el día libre que ya voy yo a la oficina por mi cuenta.

-Como mandes, Tío. –Respondió César, ajeno a que estaba firmada su sentencia de muerte.

-Buenos días, Don Fernando. A sus órdenes. –Dijo Hugo, entrando en la casa.

-Adelante, Hugo. Vamos con el carro a mi oficina, que tenemos que hablar.

-Pensaba que le recogería hoy su sobrino César.

-Ni contestó Don Fernando, limitándose a entrar en el carro.

En todo el recorrido hasta la oficina, ni abrió la boca Don Fernando y Hugo pensó –Este está hoy muy enfadado.

Entraron en la oficina y habló Don Fernando a uno de los empleados:

-Localízame a Ezequiel y que venga para acá inmediatamente, que tenemos que hablar urgente.

-Ahorita se lo traigo, Don Fernando. –Respondió el empleado.

-Si llegáis antes de que termine de hablar con Hugo, que espere fuera. Yo le llamo cuando acabe con Hugo.

Comprendió Hugo, que algo un poco serio ocurría, así que entró en el despacho respetuosamente y se dispuso a escuchar.

-Mira Hugo. Hace tiempo que nos conocemos. Seré breve y tú únicamente cumple mis órdenes.

-Como siempre, Don Fernando –Respondió Hugo.

-Bien. Para que no me preguntes ni te preguntes los motivos, ya te los digo. El hijo de puta de mi sobrino, César, ha dejado embarazada a Rita. –Hizo una pausa y suspiró.

-Ni abras la boca. Hazlo desaparecer. He dicho desaparecer. No quiero ningún cadáver por aquí. ¿Entendiste?.

-¿Don Fernando… ¿Está Ud. Seguro de que eso es así?. –Respondió medio asustado Hugo.

-¿Acaso no entendiste que no debías hacer preguntas?. Tengo absoluta certeza.

-A sus órdenes, Don Fernando. Me ocupo de todo. Respondió Hugo.

Y salió, encontrándose ya a Ezequiel esperando. –Luego nos vemos Ezequiel, que tengo tarea urgente e importante. –Dijo Hugo a modo de saludo.



CAPITULO XXXVII

Don Fernando, estaba al teléfono, hablando con el Embajador.

-¿Tienes el pasaporte con el visado de Ezequiel?.   Pues mándamelo ya mismo, que tengo urgencia de enviarle a Miami.

Colgó el teléfono y se dirigió a Ezequiel, que ya entraba en el despacho.

-Siéntate, Ezequiel.

Ya sabes, porque lo hemos comentado, que voy a expandir el negocio de forma importante en Florida. Vamos a trabajar con más volumen.

Hugo, tiene bastante con ocuparse de los transportes, pero ahora mismo, ya tenemos que disponer de un local en Miami y estar preparados para recibir las mercancías, por múltiples vías de envío.

-Entiendo, Don Fernando –Respondió Ezequiel.

-Bien. Mañana te transferiré algo de  dinero a tu cuenta de allá y te daré plata también para que lleves contigo. Tienes que encontrar un lugar, según las instrucciones que te daré para tener una oficina y un pequeño almacén y además, tendrás que contactar con un abogado de allá que ya te diré, para comenzar a registrar una modesta empresa de importación-exportación.

Prepara todo para salir mañana. Hay que comprar dos billetes de avión para Miami.

-¿Dos?. –Preguntó Ezequiel.

-Si. Dos. Mi hija, Rita, se va contigo.

-Palideció Ezequiel. –No entiendo, Don Fernando.

-Pues es muy fácil, ha traicionado la confianza de la familia y lo que vamos a hacer es lo siguiente:

La llevarás a la casa de Doña María que es una mujer buena y de orden y se alojará allí, de momento, indefinidamente.

Te hago responsable por completo, de que permanezca las veinticuatro horas del día encerrada en esa casa. Jamás, ni por un segundo, puede salir a la calle y no puede disponer de ningún teléfono. ¿Entiendes?. No puede tener contacto con nadie en el mundo, mas que con Doña María y si es necesario, mínimamente, contigo.

Asintió Ezequiel y salió del despacho preocupadísimo.

¿Qué podía haber pasado?... Se preguntaba Ezequiel. Obviamente, nada que tuviera que ver con él,  porque caso contrario, no estaría Don Fernando dándole esas instrucciones.

Por otro lado, algo grave pasaba… ¿No se habría enterado de lo de César con Rita?...

Obviamente, Ezequiel ignoraba lo del embarazo y además, seguía sin haber visto a Rita.

-No voy a preocuparme de eso ahora. Voy a por los billetes de avión y ya veremos.

Y se dirigió a la agencia de viajes, compró los dos tickets y se marchó a su casa a ir preparándolo todo.



CAPITULO XXXVIII

Mañana, me voy a Miami, mamá. –Dijo Ezequiel a su madre, al tiempo que le daba instrucciones para que le preparara un ligero equipaje y todo lo necesario.

-Hijo mío, ten muy en cuenta lo que te dice siempre tu padre. Ten cuidado con todo. El mundo está lleno de peligros y… Allá en Miami… -Respondió la madre.

-Acá matan gente a diario, mamá. ¿Viste lo que le pasó a Carmen?.. Viste lo que ha pasado con el pianista que me sustituyó en el hotel?...

-Estás entrando en un tipo de ideas peligrosas, hijo. –Terció el padre de Ezequiel, que entraba en ese momento. –Quien se conforma con lo que tiene y vive con humildad…

-¡Vive como una mierda!. –Le interrumpió Ezequiel.

-¿Crees que es bueno vivir siempre sometido al mandato de los demás, para estar supuestamente protegido?.

¿No es mejor buscarse una vida mejor, aunque comporte ciertos riesgos?.

-Ya no hablas con respeto a tu padre, hijo.

-Te pido perdón, papá, pero… No interfieras en mi trabajo.

-Estás envenenado, hijo. Todos los días rezaré por ti. –Respondió la mamá de Ezequiel.

Y se marchó Ezequiel a comer en el hotel, para además despedirse de su antiguo patrón y distraerse un poco.

Por la mañana, temprano, tendrían que partir para el Aeropuerto de San Salvador, para tomar el vuelo directo a Miami, él y Rita.

Y tomó mas de lo debido, que ya se había aficionado al ron y otras bebidas y charló con alguna de las prostitutas que iban por el lugar, alguna de ellas bien amigas de la difunta Carmen y… Apareció Hugo.

-Hola, Ezequiel, ¿Cómo estás?.

-No se si sabes que me voy para Miami mañana y, con Rita.

-Si. Ya estoy al corriente. –Respondió Hugo.

-¿Qué puede haber pasado?. –Preguntó Ezequiel.

-Pues no tengo ni idea. –Mintió Hugo.

-¿Sabes una cosa, Hugo?. –Dijo Ezequiel- Estoy obsesionado con la muerte de Carmen. Le tengo ganas al cabrón del Embajador. Es algo que tengo pendiente.

-Tampoco era tan importante Carmen para ti, hombre.

-No es una cuestión de importancia. Es que no me lo quito de la cabeza. –Respondió Ezequiel.

-Pues cárgatelo. –Respondió a su vez displicentemente Hugo.

-Si fuera tan fácil… -Comentó Ezequiel.

Aquellos dos tipos, Ezequiel y Hugo, eran de aspecto normal. Cualquiera se los encuentra por la calle y los ve como gente normal, pero la degeneración se establece rápidamente en las almas envenenadas por vidas extremadamente desordenadas y violentas y… Son capaces de cualquier cosa, aunque solo sea por distraerse.

Tampoco hay que llevarse a engaño. Ezequiel, no tenía especial odio al Embajador. Ezequiel, tenía ganas de sentirse fuerte, de sentirse poderoso… Tal pareciera que necesitaba matar a alguien para completar su “autorrealización”.

-¿Sabes fabricar nitroglicerina?. –Preguntó Hugo.

-¿Cómo voy a saber eso?. –Respondió Ezequiel, casi molesto porque Hugo le hiciera ver su ignorancia en “materia de matar”.

-Es muy fácil. Yo alguna vez que la preciso, la hago en poco ratito en el laboratorio de Don Fernando, donde se preparan los envíos.

-¿Cómo se hace?. –Un Ezequiel ya intrigadísimo… Y el ron corriendo garganta abajo por los cuerpos de ambos interlocutores.

-Pues agarras un cubo con hielo, le pones dentro otro cubo con un poco de agua y le pones el termómetro.

Cuando el agua del cubo esté alrededor de once grados de temperatura, en un frasquito que ya has de tener preparado, que cierre bien y sea resistente, de cristal, pues echas una tercera parte de ácido nítrico, otra tercera parte de ácido sulfúrico. Todo eso, está allá en el laboratorio. Lo agitas suavemente y seguidamente, con todo el cuidadito del mundo, le añades otra tercera parte de glicerina. Ya está. Lo tapas bien y sin dejar espacio con aire para que no puede removerse. Lo envuelves convenientemente acolchado y procuras mantenerlo frío todo el tiempo.

Donde rompas el frasquito, volará todo. Es fabuloso.

-¿Podríamos hacerlo?. –Preguntó un interesadísimo Ezequiel.

-Pues no. Para vengar a Carmen, no pone uno en peligro su vida. Lo que si podemos hacer, es dormir la borrachera y acostarnos prontito que mañana tienes que madrugar, amigo.

-Hace falta mucha plata, Hugo. Esta vida que llevamos, es cara.

-Bueno, Ezequiel, hay otra vida mas barata, pero esa, no es vida.
–Respondió Hugo.


Rieron y se marcharon.



CAPITULO XXXIX

Por la mañana, se dirigió Ezequiel a la casa de Don Fernando, a recoger a Rita. Iba nervioso. Era la primera vez que la vería, desde que regresó a Santa Ana.

Rita, se encontraba sentada en un banco, en el jardín, en el porche que precedía a la casa familiar.

Ojos llorosos, rostro pálido, sus maletas, ya estaban en el suelo junto a ella.

Tal parecía como si la hubieran expulsado de aquella casa y estuviera en la calle abandonada, sin saber a donde ir.

-Buenos días, Rita. –Saludó serio y contenido Ezequiel, que sabía que debía ser observado por Don Fernando desde el interior.

Sin detenerse, entró en la casa a recibir las últimas instrucciones.

Don Fernando, estaba hablando con su mujer, que lloraba y se interrumpió al oír la entrada de Ezequiel.

Hablaron poco… Casi nada. Unas últimas instrucciones y…

-Recuerda, Ezequiel. Tú no eres su compañero de viaje. Eres su vigilante. Te insisto en que te hago responsable. Como si fuera una monja de clausura. No puede hablar con nadie ni contactar con nadie. Debe quedar encerrada en casa de quien te dije, que ni mi esposa sabe.

-Lo que Ud. Ordene, Don Fernando.

Y salió de la casa Ezequiel, agarró las maletas de Rita y la suyas, entregó al guardián de la casa las llaves del carro y marcharon los dos en el taxi que ya les estaba  aguardando, hacia el Aeropuerto en San Salvador.

Poco hablaron, o mejor dicho, casi nada. Llegaron al aeropuerto y se embarcaron en el avión, rumbo a Miami.

Don Fernando, quedó en la casa discutiendo con la esposa, a la que nada dijo de lo que había oído a Rita y César. Simplemente había tomado una decisión grave, porque “Rita nos ha traicionado”. De ahí, nadie le sacaba. La esposa pues, ignoraba el embarazo. De hecho, nadie más que Hugo, lo sabía, aparte de la propia Rita, que tampoco dijo nada a su madre.

Ya en el avión, habló Ezequiel. –Rita, ¿Qué te ha pasado con tu padre?.

-Nada que pueda explicarte ahora mi amor. Dentro de toda esta desgracia, me siento afortunada porque estaré contigo. –Respondió ella.

Y Ezequiel, casi se retiró un poco deslizando su trasero sobre el asiento. No quería entender lo que le decía Rita. El no pensaba atarse a nadie y aquello le olía a una entrega personal de esas que pretenden ser “para siempre”.

Ni lo notó Rita, que apoyó su cabeza sobre el hombro de él.

No se atrevió Ezequiel a retirar el hombro, aunque de buena gana lo hubiera hecho…

Casi al mismo tiempo, del cercano aeropuerto de Ilopango, despegaba un avión mucho más pequeño, en el que salían Hugo y César.

-Me sorprende la premura con que me has llamado, Hugo. –Comentó César en la cabina.
-Bueno; ya sabes como es tu tío. Cuando se le ocurre algo, toma la decisión al momento.

-¿A dónde vamos hoy y… con este avión tan pequeño?… Casi nunca lo usamos.

Efectivamente, iban en una Cessna ciento setenta y dos, con un alcance de no más de ochocientos  kilómetros. Una vieja reliquia que utilizaban en Ilopango para dar clases de vuelo a principiantes.

-Bueno, -Dijo Hugo. –Es una sorpresa. Ya te digo cuando lleguemos al lugar donde nos dirigimos. Tú, relájate.

Y César, se relajó, porque ni siquiera sabía que Don Fernando sabía nada especial, ni tampoco que Rita había sido expulsada de su casa…

Y Hugo,  quiso que este último viaje con César, fuera relajante para él, para César y voló bajo, sin utilizar ningún sistema de navegación, siguiendo la Carretera Panamericana, cual si viajaran en automóvil, para ir contemplando el paisaje.

-A veces pienso, que fíjate que vida tan atrasada, que pobreza, que falta de desarrollo y, sólo a dos horas de avión, estás en Estados Unidos, con toda la tecnología y los avances. ¿No es increíble?... –Comentó César.

-Bueno, constantemente nos pasan cosas increíbles. -Respondió un Hugo apagado, sin la alegría y la broma en él habituales…

-¿Sabes. Hugo?, esta carretera Interamericana, que no se si veremos acabada, la pensaron en un congreso de políticos en el año mil novecientos veintitrés, lo he leído. Algún día, se irá desde lo más alto de Alaska hasta lo más sureño de la Patagonia, por ella.

-Ya ves. –Contestó un Hugo desganado. –Estoy pensando en aterrizar en Escuintla, en lugar de hacerlo en el aeropuerto de La Aurora.

-Pero tenemos el plan e vuelo a La Aurora. –Respondió sorprendido César. –Nos pueden detener pensando que hacemos contrabando. En Escuintla no habrá ni aduana.

-Tú no te preocupes. –Respondió secamente Hugo y, comenzó el descenso hacia el modesto aeródromo de Escuintla, en Guatemala.

Tal como aterrizaron y detuvieron la avioneta en el aparcamiento, se dirigió Hugo a un policía, al que dio las excusas por el aterrizaje por razones técnicas, ya que sospechaba que el motor estaba bajo de aceite, le invitó a registrar el aparato y a ellos incluso, lo que rechazó el guardia y le pidió permiso para irse los dos, César y él a una cafetería próxima al aeródromo, que conocía bien Hugo.

Asintió el Policía, tras recibir cincuenta Dólares y marcharon Hugo y un sorprendido César hacia la cafetería.

La entrada de Hugo en la cafetería o bar o como se le pueda llamar a ese lugar, fue celebradísima por la dueña, que se lanzó a besar a Hugo entusiasmada.

-Cuánto tiempo sin verte por acá, Hugo.

-Bueno, cambié de ruta, ya ves. Ahora quiero pedirte un favor.

-Estoy a tu disposición, Hugo, tú ya lo sabes. –Respondió la mujer que sabía bien las buenas propinas que daba Hugo siempre.

-Quiero que la chica más guapa de las que tu “gobiernas”, le dé a mi amigo el placer mas grande de su vida. Ahora, ¡Ya!.

Sin más que hablar, agarró por la mano la mujer a César y se lo llevó a la parte trasera del local. César, la siguió dócilmente.

Regresó a la mesa de Hugo, la dueña del local, ya sin César.

-No se quejará de la belleza con la que le he dejado.

-Así me gusta. –Respondió Hugo.

-Mira, Hugo, debes tener cuidado. Después de la última vez que aterrizaste aquí, hubo algunos policías haciendo preguntas. Sospechaban de ti… -Comentó la mujer.

Se enderezó en el asiento Hugo, un poco tenso. –Bueno, ya ves que hice bien en cambiar de ruta. -¿Crees que mi amigo tardará mucho en terminar con tu chica?.

-Bueno, esa acaba con un hombre en pocos minutos, te lo aseguro.

Así debía ser porque poco tardó un César con cara de bien satisfecho en regresar al local.

Así, que pagó Hugo el “servicio” recibido por César, más unas bebidas y dijo, -Vámonos rapiditos de aquí, César.





CAPITULO XL

Se sorprendieron al llegar a la avioneta, y ver allí parado al guardia que les había recibido y cobrado sus cincuenta Dólares.

-Este quiere otros cincuenta Dólares, -comentó Hugo.

-Pues se los damos. –Respondió con toda lógica César.

-Hola amigos, -dijo el guardia- me van a abrir el avioncito, que yo quiero parte de lo que llevan.

-No llevamos nada, amigo. –Respondió Hugo, que en el mismo momento recibió tremendo culatazo de la escopeta del guardia en la cara, cayendo al suelo, casi aturdido.

Y alzó de nuevo la escopeta, dispuesto a propinar un segundo golpe si fuera preciso. -¿Es que no me oíste?.

Como un melón al romperse, sonó la cabeza del guardia, cuando recibió el tremendo impacto que con una gran piedra, le propinó César por la espalda.

Agarró como pudo César a Hugo, lo metió en la avioneta y con toda la rapidez de que fue capaz puso el motor en marcha y despegaron de allí, sin perder un segundo. Las enseñanzas de pilotaje de Hugo, le habían servido de gran provecho.

-No vayas a La Aurora. –Murmuró Hugo, dolorido. Nos detendrían, Sigue la Panamericana de regreso a El Salvador.

-Pero, No tenemos combustible para regresarnos. –Argumentó acertadamente César.

-Hay un campo, junto a una gasolinera, cerca ya de la frontera, donde un par de veces que me las vi mal, bajé y pedí gasolina. Yo te indicaré.
Y aterrizaron. Hugo quedó en la avioneta, aún mareado y César fue a la gasolinera, regresando al poco, con dos grandes latas de gasolina.

Subió César como pudo a las alas, le alcanzó las latas con dificultad un Hugo debilitado y echaron así cuarenta litros, que darían casi dos horas más de autonomía a la pequeña avioneta, para regresar.

Se disponía César a subir a la avioneta cuando Hugo, solemne le dijo, -Tu te quedas acá César.

-¿Qué?.

-No me hagas perder un tiempo precioso en explicaciones. Toma estos cinco mil Dólares, que es todo lo que llevo encima y búscate la vida. Tu tío Don Fernando, sabe que tocaste a Rita y me ha ordenado matarte.

-¿Cómo pudiste decirle eso a mi tío?... Yo confié en ti.

-Tú se lo dijiste. Os oyó hablar el día en que ella te dijo que estaba embarazada. Márchate y jamás regreses a El Salvador, o te hará matar. De hecho… Ese es el encargo que me dio para este viaje. Ahora, seré yo el que quede en peligro con Don Fernando, si un día supiera que no cumplí su encargo. Sabes que le debo todo. Para él sería una gran traición por mi parte.

Y se giró Hugo, apenado, casi con lágrimas en los ojos, pensando “pobre muchacho”, subió a la avioneta y despegó, perdiéndose en la lejanía rumbo a El Salvador.

Y allí, quedó César, abandonado y enfrentándose a una vida empezando desde cero. Bueno, desde cinco mil Dólares.

Y se alejó lo mas rápido que pudo del campo, hacia la gasolinera mientras pensaba atormentado por ello  “no se si me ha perdonado la vida porque le defendí con el guardia, o porque ya pensaba hacerlo”.

Claro, que, también se dijo “me llevó a recibir algo así como el último placer con la del bar, luego pensaba matarme”.

Pero también pensó que si Hugo llevaba cinco mil Dólares encima, sería para dárselos, luego en realidad nunca pensó matarle.

Con esa duda, se quedó César y se quedará también el lector.


     Continuará........