viernes, 15 de enero de 2016

Contacto En Miami COTINUACION

CAPITULO XLI

Regresó Hugo a El Salvador, aterrizó en Ilopango y llamó a Don Fernando. –Ya me deshice de la carga, Don Fernando.

-Supongo que te has asegurado de que la carga no aparezca. Para todos, ha desaparecido y en paz.

-Bueno, la carga está destruida y desaparecida, Don Fernando. Como Ud. Quería.

-Bien. –Y colgó el teléfono Don Fernando, cuyo timbre sonó otra vez  de inmediato. –Haló. –Contestó al teléfono.

Ya estamos en Miami, Don Fernando. –Respondió Ezequiel al otro lado del teléfono.

-Bien. Pues ya sabes lo que hay. Enciérrala en casa de Doña María y ya hablaremos.

Y marchó Don Fernando hacia su casa, caminando, aunque estaba alejada, despreciando el automóvil, cabizbajo, meditando.

-¿Qué habré hecho yo, Señor, que siempre he sido un hombre honrado y buen Cristiano, para merecer este deshonor y esta pena?.

Se desvió de su camino y se dirigió a La Catedral. Rezó fervientemente. Estaba abatido y quería pedirle a Dios que le ayudara.

A pocos metros de la Catedral, se encontraba la consulta de su amigo médico. Por eso llevaron allí al Árabe al que había matado hacia  tiempo por infiel… Y se dirigió a ver al médico.

-Hola, Don Fernando. –Le saludó el médico, bueno, el amigo en este caso, viéndole entrar abatido.

-Te hago depositario de algo muy confidencial, amigo Doctor.
–Respondió Don Fernando.

-Sabe que puede, Don Fernando.

-¿Entiendes de ginecología y esas cosas de las mujeres?.

-Bueno, ya se lo que va a pedirme. –Respondió el médico, pensando ya en organizar sus herramientas para un aborto. -¿Tiene una mujer embarazada por ahí?.

-Si amigo. La tengo en Miami. Hugo le acompañará para hacerlo allí… El aborto, quiero decir.

-¿Cuándo debo ir?.

-En pocos días, Dr. Todos los gastos irán por mi cuenta. Hugo llevará el dinero y en cuanto a Ud, ya me dice lo que he de pagarle.

-Por esto nada, Don Fernando. Por estas cosas, no se cobra a un amigo y mucho menos a un feligrés de la misma Iglesia.

Y aquél buen doctor y buen amigo, buen servidor de Dios y que siempre había perseguido activamente a quienes se atrevían ni a mencionar siquiera la palabra aborto, a los que acusaba de criminales,  despidió amablemente a Don Fernando y se dispuso a prepararse para el viaje.



CAPITULO XLII

Doña María, como gustaba de llamarla Don Fernando, recibió en la puerta a Rita y Ezequiel, con semblante serio.

Ya Don Fernando, la había informado ampliamente por teléfono de todo y le había dado instrucciones.

-Mira hija, -dirigiéndose a Rita- ya tu padre me ha informado de todo por teléfono, de tu embarazo y de tu comportamiento…

Quedó Ezequiel petrificado. Ni sabía lo del embarazo.

-A tu padre le debo lo indecible y por tanto para mí, cumplir sus instrucciones, al pie de la letra,  es algo fundamental. Así, que no me des problemas.

Puedes moverte por la casa como quieras, pero no me metas en el compromiso de intentar salir de aquí. En cualquier caso, tu pasaporte tu documentación, el dinero, todo lo tuyo, se viene conmigo a mi despachito y queda en la caja fuerte.

La acompañó a su habitación y allí quedó Rita sentada en la cama.

Ezequiel, descompuesto, pensando con claridad ya, que iba a ser padre, quedó en su habitación sentado sobre la cama. Tal parecía que su estatura había mermado y su piel emblanquecido o mejor dicho, palidecido.

Se dirigió a la habitación de Rita. Le cortó el paso María. –No vayas a complicar tu más las cosas, Ezequiel. Ni la roces.

-María, ya está rozada. Yo soy el padre.

Se echó las manos a la cabeza María. –Pero si Don Fernando cree que ha sido César. Quizá le ha matado ya.
Ezequiel, ya desbordado, ni respondió. Entró a ver a Rita en la habitación de ésta.

-Rita. ¿Cómo es que tu padre sabe lo del embarazo?.

-Yo no le dije nada. –Respondió ella. –A nadie le he dicho.

-Pero él lo sabe…

-Solo me llamó y me dijo que era una mala hija, una auténtica “puta” me dijo, que no tenía decencia y que de nada me había servido la educación religiosa que me había dado.

Así, que me ordenó venir aquí y que ya pensaría lo que iba a hacer conmigo…

-¿No tienes nada mas que contarme, Rita?. –Dijo serio Ezequiel.

-No. ¿Porqué?.

-Pues porque quizá tu padre tenga razón cuando te llama “puta”. –Lloró Rita.

-Se perfectamente lo tuyo con César, como se que tu fuiste la provocadora desde el primer momento, que te gusta la pornografía por Internet… Vamos, todo.

-No me hables así. Vas a ser el padre de mi hijo.

-Ni me hables de eso. –Respondió Ezequiel, que regresó a su cuarto a descansar un poco, pensando que por la mañana, comenzaría a buscar el local para los negocios, tal como le había indicado Don Fernando e iría a hablar con el abogado para constituir la sociedad mercantil y legalizar la actividad de importación-exportación.

Es mucha tarea, -pensó- a ver si me centro, que no quiero fallarle a Don Fernando.

Pobre César, capaz que lo haya hecho matar ya.

A última hora, pensó en ir a ver a Lucita, a cenar con ella, pero… Estaba cansado, así que regresó tras la cena que comió solo, a casa de María y se acostó.

Pocos minutos pasaron y  ya estaba Rita entrando en su habitación y metiéndose en la cama de Ezequiel.

-¿Qué haces?. –Inquirió éste.

-Dormir con el padre de mi hijo, con mi esposo. –Respondió ella bien contundentemente.

Ezequiel, no estaba en ese momento para esas cosas, pero, -¿Qué mas da ya?. –Pensó- Si al fin y al cabo nada cambia ya.







CAPITULO XLIII

César, había tardado unos minutos en reaccionar. Vio alejarse la avioneta pilotada por Hugo en dirección a El Salvador y, notó que la cabeza le hacía presión como si alguien le hubiera inyectado aire comprimido por una oreja, asegurándose de tapar antes la otra oreja para que el aire no escapara por ella.

Resultado: Que la cabeza parecía que iba a estallar.

Caminó hasta la gasolinera y le devolvió al empleado las latas vacías de la gasolina. Le había dado generosa propina anteriormente, así que el empleado de la gasolinera, estaba bien solícito.

-Mira, amigo, búscame ya mismo a un amigo que tengas con un buen carro y que venga a buscarme, para llevarme a Ciudad de Guatemala. –Le alargó unos Dólares y se sentó a esperar en la modesta oficina de la gasolinera. El empleado hizo una llamada y bien pocos minutos tardó en llegar un carro, manejado por un hombre joven, con aspecto atlético y enérgico.

Trató el precio, hizo llenar el tanque del carro, ya que el chofer, no tenía ninguna plata y, marcharon hacia Ciudad de Guatemala.

-No puedo andar sin equipaje, sin ropa… -Me vas a llevar a un centro comercial, que preciso comprar algunas cosas amigo; y ya, pues comemos allí los dos algo. –Le dijo al chofer.

Y efectivamente, se dirigieron al centro comercial de Los Próceres, en el boulevard del mismo nombre, casi esquina con el paseo de La Reforma.

Allí pudo comprar algo de ropa interior, camisas, desodorante… En fin todo lo necesario para hacer un equipaje mínimamente conveniente y… Una maleta donde meterlo todo.

Invitó a comer al taxista y seguidamente, le llevó éste al Hotel La Casa Grande, en el paseo de La Reforma.

Se alojó César, despidió al taxista y se dirigió a su habitación a descansar y a meditar.

-Tengo feas las cosas. -Pensó. –En un país extraño para mí, no podría hacer nada más que ponerme a trabajar en cualquier cosa.

Iniciarme en vender un poco de porquería a los drogadictos de acá, seguro que me lleva a la muerte rápidamente a manos de los que estén manejando el negocio. Además, sería complicado empezar.

Por otro lado, quiera o no, esto está demasiado cerca de El Salvador. Si Don Fernando da conmigo, me ultiman ya.

Y meditó y meditó y de nuevo se le comprimió la cabeza, hasta que se durmió.

El sueño, tiene esas ventajas, el cerebro reposa, se quita un poco la tensión y al despertar, pues sorprendentemente se tienen otras ideas, así que… Efectivamente, despertó, se dirigió al aseo y se miró al espejo.

-César. –Se dijo a sí mismo- No puedes amedrentarte. Conoces algún contacto. Has aprendido mucho de Hugo y de tu tío. A Miami y punto.

Y recuperó el ánimo y se duchó y se afeitó y se bajó al restaurantito en el centro del hotel, pidiendo frijolitos, tortita, huevos, zumo de naranja… Bueno, todo lo necesario para agarrar fuerzas y…

-¿Dónde hay acá una agencia de viajes para comprar un tikete para Miami?. –Le preguntó al recepcionista.
-Bueno, señor, si Ud. quiere, puede ir a la oficina de la Compañía Iberia, que está enfrente mismo, solo con cruzar la calle.

-Pues allá voy. –Respondió César.

Y efectivamente, compró el tikete que mas barato encontró, pagó y se regresó al hotel.

Tenía el tiempo justo, porque a las tres de la tarde, ya salía el avión para Miami. Así que liquidó su cuenta y sin arriesgarse a moverse por las calles peligrosas de Ciudad de Guatemala, con tanto dinero en su bolsillo, se marchó al aeropuerto en un taxi.

-¿Le gustó Guatemala, amigo?. –Comentó el taxista, al tiempo que accionaba la radio del carro y sonaba la voz de Facundo Cabral, cantando con su guitarra…

-Oh si, mucho.  –Respondió por cortesía César.

♫ Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo ♫…

-Fíjese, -siguió platicando el taxista- que acá mismito donde estamos girando hacia la terminal, le mataron al pobre… Le balearon varios hombres. Aquí acabó de cantar para siempre.

-¿Por comunista le mataron?. –Inquirió César.

-No. Por error. –Fíjese que esperaban al empresario que le había contratado para cantar y como que Facundo iba en el carro con él, pues le ultimaron también. Cosas de los traficantes de droga.

-Si. Son mala gente. –Respondió César.

-Oh, si señor, si. –Sentenció el taxista. –Son sesenta Quetzales.

Le dio César veinte Dólares y se dirigió a esperar la salida del avión en la terminal de salidas.


Ya había decidido cómo se integraría en Miami y podría empezar a “trapichear”. 



CAPITULO XLIV

Lucita, llegaba a su apartamento, mas bien algo tarde. Siempre miraba con precaución en el parqueo y hacia todos lados, porque aunque aquello no fuera El Salvador, tampoco era el paraíso y a una la podían violar y matar por menos de nada.

Había tenido una tarde dura, preparando una de las fiestas que organizaba habitualmente y además, se había entrevistado hasta bien tarde con Cirilo, que se estaba mostrando interesadísimo en “crecer” y adquirir por ellos mismos algo de mercancía mas barata y distribuirla, por nuevas vías de comercialización.

Así que cuando vio a un  hombre en la oscuridad, que salía de un carro y se dirigía hacia ella, pues tardó medio segundo en tener  en sus manos su revólver, que sacaba del bolso cuando era preciso, con mas rapidez que el propio Billy el Niño lo sacaba de su cartuchera.

-¡Quita Lucita!. No vayas a Balearme. –Gritó César, mientras retrocedía a hacia su recién rentado carro.

-¡César!. –Respondió ella- Me has asustado. ¿Qué haces aquí?.

-Te estaba esperando, porque necesito tu ayuda.

-¿Cómo que mi ayuda?... ¿Qué te pasa?.

-Entremos y ya te explico.

Y le explicó César largo y tendido a Lucita, la situación.

-Necesito que me ayudes. No se lo que hacer y he pensado que tu puedes introducirme para trabajar algo en todo esto.

-¿A qué te refieres?. –Inquirió Lucita.

-Se perfectamente lo de ese hombre, Cirilo. Tú le vendes porque los dos hacéis negocios al margen de Don Fernando. Y debo advertirte que Hugo, que calla por lo mucho que te quiere, pues… También lo sabe. Me consta. –Respondió César.

-Dios mío. –Exclamó Lucía- ¿No lo sabrá Don Fernando?.

-No. Eso me consta también. –Respondió César tranquilizándola.

-Mira, César, no gastes plata. Puedes dormir aquí, mientras no me causes problemas y luego vamos perfilándolo todo, porque en realidad, Cirilo, también está interesado en comenzar a organizarse a lo grande. Gente con experiencia, le hará falta. Ya te organizaré una entrevista con él. Ahora, vamos  a dormir. Voy a mostrarte dónde puedes dormir tú.

Y así, César quedó acomodado, refugiado en casa de Lucita y dispuesto a comenzar una vida nueva, que seguramente pasaría por el enfrentamiento con Don Fernando.

-Tampoco debo preocuparme tanto. Acá en Estados Unidos, no tiene él un poder tan infinito. Ya veremos si se atreve a venir a por mí. –Pensó César, ya más animado.




CAPITULO XLV

Don Fernando, trataba de tranquilizar, sin mucho éxito en el empeño, a su hermana, madre a su vez de César.

-No me imagino porqué puede haber desaparecido de esa forma. Si hubiera tenido un problema, me habría pedido ayuda. –Le dijo un compungido Don Fernando a su hermana.

-Hay Fernando, que igual me lo han matado. –Respondió ésta llorando.

-No digas esas barbaridades, mujer. No creo que nadie se atreviera a hacerle nada a un sobrino mío, sabiendo que después se tendría que enfrentar conmigo.  Yo jamás perdonaría a quien se atreviera a tocar a alguien que es de mi sangre. –Respondió un convincente Don Fernando.

Mira; márchate tranquila y déjame hacer a mí. Moveré Cielo y Tierra y cuando averigüe algo, pues te llamo.

Y Don  Fernando, acompañó a su hermana hacia la puerta, casi empujándola con su mano sobre el hombro de ella, para sacársela de encima.

Justo regresó a su escritorio, cuando sonó el teléfono.

-¿Haló?.

-Hola, Fernando. –Habló al otro lado del hilo, el Embajador.

-Hola, amigo, ¿Cómo van los permisos que te pedí?. –Respondió Don Fernando.

-Bien, pero no es por eso que te llamo. De hecho, me alegro de darte tan buenas noticias.

-¿Cuáles noticias?. –Respondió Don Fernando.

-Bueno, como te vi tan afligido por la desaparición de tu sobrino César, pues pensé que no te vendría mal un poco de ayuda para intentar encontrarlo, aunque no me atreví a prometerte nada, pero…

-Pero ¿Qué?. –Inquirió inquieto Don Fernando, al tiempo que pensaba a la velocidad del relámpago- “Este idiota, se ha movido y seguro que han encontrado el cadáver”.

-Pues mira, le expliqué el asunto a mi Jefe de Seguridad, que a su vez contactó con uno del Servicio Secreto, para que rebuscara por las computadoras, a ver si se detectaba algún movimiento de algo… Sin saber en realidad lo que buscar y…

-¿Y qué? ¿Y qué?. –Un Don Fernando nerviosísimo ya.

-Pues que has tenido suerte amigo. No se lo que habrá pasado, pero lo cierto, es que hace tres días, que César, ingresó en Estados Unidos, por el Aeropuerto de Miami. Lo han confirmado plenamente en Inmigración, que tienen archivado su formulario I-94. Me alegra darte tan buena noticia.

Se produjo un silencio que podía cortarse con un cuchillo, aunque no estuviera bien afilado…

-Bueno. ¿No respondes nada?. –Exclamó el Embajador.

-Me he quedado helado amigo. No sabes cuánto agradezco tan buena noticia, pero te agradecería que no le digas nada a nadie, hasta que yo hable con mi hermana, la madre de César, que ahora mismo está muy nerviosa.


-Es asunto tuyo, Fernando. Me debes una. Bueno, una más. Para mí es una satisfacción darte esta alegría.

Y dejó el teléfono Don Fernando y comenzó a pasear de un lado al otro del despacho, con unos paseos enérgicos. Parecía un padre, esperando en el hospital el nacimiento de un hijo.

-Tranquilo. –Se dijo a sí mismo- Hay que pensar con tranquilidad y no desbocarse. –Agarró el teléfono marcó un número que se sabía de memoria, porque Hugo, que para él era como el hijo que nunca tuvo, era alguien a quien llamaba muchas veces al día…

-Hugo, hijo, déjalo todo y vente a mi despacho, que tenemos que hablar.

-Siempre a sus órdenes, Don Fernando. –Respondió un Hugo bien servicial.

Y Don Fernando, se dirigió al mueble bar que tenía al otro extremo de su despacho, abrió un cajoncito y sacó el frasquito con las pastillas que le había dado su amigo doctor, para controlarse, ya que se ponía a veces muy nervioso y le daban palpitaciones. Esta era una ocasión para tomar la pastilla, que aunque le daba sueño, le tranquilizaba mucho.

Y un Hugo, jovial, como siempre, entró en el despacho.

-Buenos días Don Fernando, ¿En que puedo servirle?.

-Mira, Hugo. –Comenzó a hablar Don Fernando, solemne- Siempre he tenido unos principios inquebrantables. Sabes que soy un hombre de Dios y que jamás haría nada inmoral.

Asintió Hugo.

-He tenido siempre muy claro que un hombre decente, un hombre de Iglesia, un hombre de Dios… Nunca debe matar a un familiar… Personalmente.

-Lo sé. –Rió Hugo- Siempre dice Ud. Que para eso están los  empleados.

-Pero aunque seas para mí como un hijo… ¡Tu no eres de mi sangre!. –Y sacó el revólver Don Fernando, hecho una fiera, descompuesto y listo para dispararle a Hugo, solo que, Hugo, era más joven y más rápido de reflejos y además, la pastilla tranquilizante, ya había empezado a hacer  efecto, reduciendo los reflejos del descontrolado Don Fernando.

Resultado: Que el pesado cenicero de vidrio que había sobre la mesa, lanzado por Hugo, dio certeramente en la cabeza de Don Fernando, abriéndole una brecha y dejándolo casi sin conocimiento.

-Maldito traidor hijo de puta. –Murmuró un debilitado Don Fernando.

Le quitó el revólver Hugo y se dirigió al mueblecito-bar, sacando del frasco otras dos pastillas tranquilizantes.

Se las metió en la boca a Don Fernando, y le obligó a tragarlas. Con la cinta o “tape” autoadhesivo de la mesa, le amarró bien las muñecas a los brazos del sillón, le sacó de su bolsillo la llave del cuarto blindado y sacó del mismo un paquete con unos cinco kilos de cocaina.

Se giró hacia Don Fernando y dijo…

-Don Fernando. Sigo debiéndole todo. Para mí, sigue siendo Ud. mi padre. Que Dios lo bendiga. –Y abandonó el despacho, dirigiéndose a la secretaria de Don Fernando y diciéndole:

-No quiere que le molesten ni le pasen llamadas hasta la hora del almuerzo y… Sin excepciones. Está enfadadísimo.

Y con paso resuelto, se dirigió a su carro y marchó a su casa, recogió lo más conveniente y, seguidamente, se dirigió al banco a retirar cuanto dinero pudo. Pasó por otros dos bancos, donde hizo lo propio y se dirigió al cercano aeródromo de Ilopango, entrando en el hangar y gritándole al empleado:

Sacad el avión grande, llenadlo de combustible y preparad todo que me voy de inmediato.

Se acercó a la oficina de tráfico, rellenó el plan de vuelo con reglas de vuelo visual, para no tener que esperar autorizaciones desde Miami, se dirigió al avión y salió… Pues volando, realmente volando.

-Ese, no se despierta, antes de cuatro o cinco horas. Habré llegado a Miami. –Se dijo a sí mismo. -¿Qué habrá hecho el desgraciado de César?. Porque seguro que Don Fernando lo sabe todo. Yo no tengo ninguna otra cosa que ocultarle. Cuando agarre a César, le rompo la cara. Eso seguro.

Y comenzó a pensar rápidamente. Dejaré el paquete en el avión, y ya miraré como sacarlo y burlar la aduana en otro momento. No hay problema. Pero… ¿Y si Don Fernando da aviso?. Me voy a la cárcel, pero… El avión es de él, vale una fortuna y lo perdería y además, quedaría desenmascarado  y, si me detienen me llevo por delante también al Embajador… Tengo toda clase de pruebas para incriminarlo. No. No puede dar aviso a los policías de Estados Unidos. Tiene que joderse y ya pensará otra cosa… Que seguro que la piensa. Ya iré viendo.

Y decidió pensar en otra cosa, centrarse en el vuelo y eso, “ya iré viendo”.

No tuvo problema Hugo para aterrizar en Opa Locka y dejar allí aparcado el avión, con la droga escondida en su interior.

Nadie registraba los aviones. Solamente a quienes salían del avión. No había pues problema.

Rentó un carro y se fue directamente a casa de Lucita. No podía de momento aparecer para nada en casa de María.





CAPITULO XLVI

La secretaria de Don Fernando, ya comenzó a extrañarse de que la hora del almuerzo estaba ya más que superada y decidió llamar a la puerta del despacho de Don Fernando.

No tuvo respuesta, así que se atrevió a entrar.

Lanzó un grito, llamó al guardia de la entrada y, reanimaron a Don Fernando, como pudieron.

-Hay que llevarlo al hospital. –Dijo nerviosa la secretaria.

-No, murmuró Don Fernando. A casa del doctor.

Y allí le llevaron y allí le recuperó su buen amigo médico.

-Escúchame bien, doctor. Ya no va a ser preciso que vayas a Miami. Yo haré la haré venir a ella y basta de tantas precauciones ni de tanta discreción.  Basta de tanta moralidad. Si mi hija, Rita, es puta, es puta y se acabó. Ya le harás  aquí el aborto y que se regrese a casa.

Le miró con extrañeza el médico y, añadió Don Fernando –Es mi hija. Guarda el secreto. La muy desgraciada, ya no es virgen.

-Yo arreglaré eso también, Fernando, no te preocupes.

Y abandonó Don Fernando la consulta médica y marchó hacia su casa.

Se dirigió raudo al teléfono y llamó a Miami, a María.

-Escúchame bien, María. Quiero que mañana por la mañana, lleves a mi hija Rita al Aeropuerto y la pongas en el primer avión para El Salvador. Me avisas del vuelo, que la haré recoger acá en el aeropuerto. No me preguntes nada. Solo hazlo.

-Siempre a sus órdenes, respondió María. –Dejó el teléfono y se dirigió a Rita. –Parece que tu padre te ha perdonado. Mañana te regresas para allá.

Ezequiel, quedó sorprendido, pero nada preguntó. En cierto modo, mejor que se marchara Rita y, ya veríamos.

No tuvo tiempo de pensar mucho, porque sonó su teléfono.

-Hola Hugo. –Dijo Ezequiel dirigiéndose al teléfono- ¿Qué se te ofrece?.

-¿No te ha llamado Don Fernando?.

-No todavía, ¿Porqué?.

Necesito que nos veamos urgentemente. No digas nada a María de que has hablado conmigo.

-¿Dónde estás?. –Preguntó Ezequiel.

-En el chiringuito que tomamos café en Miracle Mile.

-Ok. Voy para allá.

Salió Ezequiel y quedaron María y Rita solas.

-Mira hija, -dijo María- tienes que arreglar las cosas como puedas con tu padre. Antes de irte, deberías llamarle y contarle toda la verdad… Toda. Dile quién es el padre de tu hijo, hazle ver que lo de César, era un tonteo, arregla lo que puedas. Me da miedo todo lo que está pasando.


No contestó, Rita. Se acercó al teléfono y llamó. –Papá, tenemos que hablar.


CAPITULO XLVII

Y pensó Ezequiel que, obviamente tenía que seguir haciendo su trabajo normalmente para Don Fernando, así que se dirigió al mismo café restaurante en el que había trabajado tocando el piano y se sentó a dejar pasar el tiempo.

Y sacó de su maletín su computadora portátil y entró en las páginas  de varios “Real states” buscando locales de pocos metros cuadrados, dotados de una pequeña oficina, para empezar a trabajar los asuntos de Miami, tal como le había encargado Don Fernando.

-Después de todo -pensó-, no me han ido tan mal las cosas. Tantos avatares, tantos problemas, tantos peligros vividos. Que la recogida de paquetes de los aviones, fue peligrosísima. Nunca volvería a hacer eso ahora.

Tampoco estaba pensando yo  en casarme ni esas cosas, pero la verdad, es que tener una vida, como voy a tener, como la de Don Fernando, no está nada mal. Una esposa que me cuide en casa y alguna guarra por ahí para cuando me convenga. Dinero abundante y, un hijo, al que dedicarme y poder dejarle todo…

Y sobre, todo el poder y el respeto… ¡Que coño respeto!... Miedo. El miedo de los demás a atreverse a ofenderme.

Qué verdadero es aquél corrido dedicado a El Chapo Guzman…

Y tarareó la canción, que tan bien cantaba en forma de balada, convertida desde corrido…

♫ Bajó de La Sierra con un  objetivo
y vendió naranjas cuando era un niño
y vendió naranjas, siguió su objetivo,
sin miedo a la vida, sin miedo al peligro.
Ahora por todos es reconocido,
si no lo conoces, atento al corrido
El chaparrito es muy decidido.
Su gente lo admira por ser aguerrido
él tiene de todo, pues lo ha merecido.
Si lo provocas, se enoja el amigo
Respeta, si acaso, quieres seguir vivo. ♫

Recogió su computadora y se regresó a casa.




CAPITULO XLVIII

Llegó Ezequiel al apartamento de Lucita, cuando ya todos estaban allí. Buenos, todos menos Cirilo, que se atrasaba algo.

-Mira, Ezequiel, te vamos a contar nuestros proyectos y verás que la cosa no está mal, porque con el apoyo de Cirilo, podemos crecer mucho y de prisa.. –Indicó Lucita, resuelta, capitaneando el grupo.

-Bueno, no tengamos prisa –Respondió Ezequiel. Déjame saludar a César, que casi ha nacido de nuevo.

Rieron los cuatro y prosiguió Ezequiel:

-Quiero que me entendáis y que sepáis que ante todo, somos amigos. Yo no me puedo unir a vosotros, porque ha surgido algo nuevo e inesperado.

-¿A qué te refieres?. –Preguntó César.

-Bueno, pues que Rita, ha tenido una plática con su padre; está arreglando las cosas y, sabiendo que yo soy el padre del hijo que va a tener, pues seguramente, me voy a casar con ella.

-Entonces, ¿No te vas a unir a nosotros?. –Preguntó decepcionada Lucita.

-Bueno. La verdad es que no, pero, tened en cuenta, que estando yo con Don Fernando, me preocuparé de que trabajéis tranquilos al margen de lo nuestro. No tendréis problemas.

-Pero, problemas surgirán en un momento u otro. –Respondió contrariado Hugo.

-Pues los resolveremos dentro de un orden. No os preocupéis.
–Contestó Ezequiel, que ya hablaba prácticamente en nombre de Don Fernando, metido ya en organizar todo.

-¿Llega ese Cirilo o que pasa?. –Comentó agriamente Hugo.

Sonó el timbre de la puerta y, apareció por fin Cirilo.

Pero no solo, con dos “ayudantes”.

-¿Quiénes son estos dos?. –Interpeló Lucita.

-¡Todos contra la pared! Gritó violentamente Cirilo, mientras sus dos compañeros exhibían sendas metralletas.

Y retrocedieron todos, que cuando le apuntan a uno dos metralletas, es mejor obedecer.

-¿Que queréis?. –Preguntó Hugo encolerizado y asustado.

-Cumplir escrupulosamente, las órdenes de Don Fernando.
–Respondió agresivo Cirilo-. Los otros dos, nada decían, solo les encañonaban con sus armas.

-Tú, -dirigiéndose a Ezequiel- Te atreviste a embarazar a su hija.

-Tu -dirigiéndose a César, le humillaste tocándola cuando era solo una niña.

Y vosotros dos -dirigiéndose ahora a Lucita y Hugo-. Le traicionasteis.

Ya no hablaron más. No sonó de nuevo la voz de Cirilo. Sonaron los disparos.

Cuatro cuerpos, quedaron en el suelo.

En posturas grotescas, que cuando uno está muerto, o muriéndose. no cuida su aspecto ni su compostura.

Cuatro vidas jóvenes, alojadas en cuerpos con cierto atractivo, se estaban esfumando en un momento.

Todos ellos,  se habían metido casi sin darse cuenta en una vida peligrosísima. Un destello de riqueza, en un momento determinado, les había deslumbrado y les había lanzado a una vida que no podía traer nada bueno.

Hugo, era el único que tenía consciencia plena de lo que hacían. Lo decía muchas veces:

“Tu corazón, puede latir a lo largo de tu vida unos dos mil quinientos veintidós millones de veces. Si lo hace despacio a sesenta pulsaciones por minuto casi siempre, que es la vida del humilde. Eso son ochenta años.

Si muchas veces, va a ciento veinte pulsaciones por minuto, por la aventura y la emoción, los latidos se consumen mucho mas de prisa y se van reduciendo los años que vives.

Vives lo mismo, pero lo consumes más “deprisa”

En este caso, ni latiendo a gran velocidad, llegó a consumir su vida el corazón tan sano del que disponía. Tan sano como el de los otros tres cadáveres que yacían sobre el suelo junto a él.

Por lo menos, tuvieron suerte en parte. Nunca fueron detenidos. No sufrieron el desprecio de ser detenidos por policías generalmente envidiosos de su astucia y de su atrevimiento y… De su dinero.

No probaron la cárcel. Pasaron de vivo a muerto sin sufrimiento.

Eligieron cómo querían vivir. Y aunque eso no lo eligieron ellos, también eligieron su manera de morir de una u otra forma.

¿Era mejor vida la del padre de Ezequiel?...

¿Es mejor levantarse temprano toda una larga vida, trabajar obedeciendo a un amo, para justo obtener la comida y retirarse envejecido y sin dinero, sin haber disfrutado de nada especial en la vida, a esperar la muerte?

Nosotros, no podemos saberlo. Cada uno, elige su vida, o mejor dicho vive la que le ha tocado.

Lo cierto, es que Cirilo, contratado desde el principio por Don Fernando para vigilar a su gente en Miami, contrató a un piloto y devolvió el avión a Don Fernando con la  droga dentro.

Todo volvió a su sitio.


Nadie es perfecto, no obstante. Cirilo, tampoco. Cuando se disparan tantos tiros, generalmente, hay que correr, hay que irse rapidito… Las comprobaciones entretienen y Cirilo y sus compinches, salieron demasiado rápido del pequeño apartamento de Lucita y… El corazón de Ezequiel, aún tenía unos latidos más para consumir. 


CAPITULO IL

La boda de Rita, fue todo un acontecimiento en Santa Ana.

Aquella bella muchacha, tan discreta, tan decorosa y tan prudente, se casaba con el que fuera su amigo o medio novio en el Instituto de Enseñanza Secundaria de Santa Ana.

-Un buen muchacho-. Le comentó Don Fernando a su buen amigo el doctor, mientras los dos observaban a la pareja.

-Seguro que todo les irá bien, Fernando –. Respondió el doctor.

-Nunca creí-, continuó Don Fernando- que además de practicarle tan limpiamente el aborto, pudieras tener la habilidad de reconstruir con tanto acierto su virginidad.

-Bueno. Hago bien mi trabajo –. Respondió el doctor, orgulloso de su habilidad quirúrgica, no solo para rasparle convenientemente la matriz a Rita, eliminando el embrión, sino de haber reconstruido tan correctamente el himen. –“Le he dejado el coñito como a una niña angelical”-. Pensó con cierta indecencia.

-Si, amigo. La gente de bien, hacemos bien nuestro trabajo. Y por mucho que nos alteren la vida en ocasiones personas sin escrúpulos, auténticos delincuentes, nosotros con el honor y la honestidad por delante, sabemos enderezar nuestras vidas y la de nuestras familias, amigo. 

Mira, por ahí viene el Embajador. ¿Sabes?, le han ascendido y quieren sacarlo de aquí y llevarlo a Washington. Me van a fastidiar mucho con eso.

-No pienses en problemas en un día tan bonito, Fernando. Insisto: A la gente de bien, al final, todo le va bien.

-Tienes razón doctor, nosotros no somos como ellos. Tuvieron su castigo, porque “el que mal anda, mal acaba”.

-Pero, ¿No podrías dejar de llamarme Doctor?. Se quejó el galeno.

-Es que me gusta, oye. Verás los platos que han preparado…

Y se alejaron los dos por el jardín charlando.





CAPITULO L

Un disparo, había roto la tercera costilla del lado derecho del pecho de Ezequiel, sin tocarle el pulmón y saliendo por la espalda.

Otro, le había entrado por debajo de la clavícula izquierda y salido por el omoplato, provocando un terrible agujero en su espalda.

Otro, solo le había rozado el brazo, pero… Ese le había salvado la vida y había evitado el “remate” por parte de los hombres de Cirilo.

En el terrible momento de la balacera, al sentir los disparos, Ezequiel, se echó el brazo herido sobre el pecho, el centro de su pecho se manchó con la sangre del brazo y… Aquellos asesinos le dieron por muerto. Pensaron que tenía el pecho reventado.

Y también le salvo la vida Hugo, desde el mas allá… Le llegaron las palabras de Hugo a Ezequiel… Las que pronunció cuando le enseñaba a recoger la droga en los aeropuertos… “¿Donde te esconderías, si matas a alguien en un apartamento?”…  “No se”, había respondido Ezequiel.

“Pues en el mismo apartamento, hombre. Allí nadie va a buscarte. Aunque sea en el doble techo de la habitación de al lado”.

Y Ezequiel, que estaba bien lúcido porque sus heridas, no habían interesado ninguna arteria importante, se envolvió con dos paños de la cocina sus heridas como pudo para no dejar rastros de sangre, pasó a la habitación de al lado de la sala, el cuarto de Lucita y pudo trepar hasta el techo, extraer la rejilla del aire acondicionado y colarse al interior, reponiendo en su lugar la rejilla.

Horas, tuvo que esperar a que los policías, que llegaron inmediatamente hicieran sus investigaciones, tomaran y se llevaran los objetos que consideraran que les podía ayudar en la investigación, retiraran los cadáveres…

Había salvado Ezequiel la vida y… Algo que también le serviría para mantenerla a salvo: Su teléfono móvil.

-María, -Le habló Ezequiel al teléfono- Ayúdame por Dios, que me estoy muriendo.






CAPITULO LI

José, que así se llamaba el yerno de Don Fernando, pues se estaba acoplando de maravilla a su nueva vida.

Era un joven perfecto para Rita: Escasa inteligencia, adornada con una gran virtud para un tonto: Hablar poco para no delatar su incapacidad mental.

Porque un tonto que se cree listo, habla mucho y sus palabras le delatan. Pero si está callado, pues la mayoría de las veces, sus interlocutores y los que con él se relacionan, no perciben su incapacidad mental. Le ven como “una buena persona”.

Y en ese sentido, pues José era una muy buena persona. Todo el mundo le veía tan callado y tan humilde, al tiempo que serio, que pensaban: “Qué buen esposo ha encontrado Rita”.

Don Fernando, sí se había dado cuenta de que no era muy listo, pero apreciaba le hecho de que fuera sumiso y callado.

Y José, alias “el sumiso”, pues pasaba su tiempo normalmente, paseando en el buen carro que le había comprado Don Fernando.

También le compró una motocicleta Harley Davidson de la que se había encaprichado, pero a raíz de una caída que tuvo con la moto, le tomó miedo, así que la motocicleta, estaba abandonada en las cuadras, aunque eso sí, a veces José pasaba horas limpiándola y abrillantándola.

Cualquier cosa, menos “montarla”.

Tampoco “montaba” mucho a Rita, porque era algo que le cansaba. Vamos, como que no le apetecía demasiado.

Don Fernando, que echaba de menos muchísimo a Hugo, al extremo que casi estaba arrepentido de haberle matado (O haberle hecho matar, que para eso están los empleados), pues trataba de encarrilar a José, su yerno, porque algún día tendría que dirigir sus negocios.

Así que decidió que comenzara a estudiar y a hacer prácticas, para hacerle piloto de aviación.

-Pero Don Fernando, con todo respeto, yo no se si seré capaz. Eso es algo muy complicado y además, suelo marearme. Vea Ud. Que con todo lo que gusta la moto y casi no la utilizo, porque me mareo.

-Déjate de mariconadas… Perdona, no quería decir eso. Tú obedece al instructor y verás como aprendes.

Algún día, te veré hasta hacer acrobacias aéreas sobre la finca. –Comentó un Don Fernando, poco convencido.

Así, que aún a regañadientes, José, llegó aquél primer día al aeropuerto de Ilopango, a recibir su primera clase práctica de vuelo.

Junto a la vieja avioneta Cessna 172, la que había llevado a Guatemala a Hugo y César, el día en que debía de haber sido ejecutado César, estaba de pié, ya esperándolo, el instructor contratado por Don Fernando.

Tenía el aspecto de uno de esos pilotos románticos y aventureros de las películas de hace unos años. Estatura media, pero bien parecido, de  unos treinta años, fuerte, varonil.

-Buenos días, José. Es un placer conocerte. ¿Estudiaste ya algo del libro teórico?. –Le dijo a José.

-Bueno, no creas, no creas, es difícil… Ah!, Y yo también estoy encantado de conocerte. –Respondió José.

-Mira, te vas a sentar en el asiento izquierdo del avión, el del Capitán. Así, vas acostumbrándote a la perspectiva, desde el lado del Capitán.

Se sentó José y ya al ceñirse el cinturón de seguridad, comenzó a sentir miedo. Pero se sobrepuso.

-Fíjate que lo primero, es asegurarse de que las puertas estén bien cerradas. Lo segundo, que veo que ya lo has hecho, ceñirte bien el cinturón y después algo muy importante: Siempre, comprobar el combustible y ver si es el suficiente para lo que vas a volar, más el tiempo de reserva.

Bien: Conecta el “master”.

Lo hizo José, que por lo menos, sí sabía cual era el  interruptor.

-Mete la llave del encendido, anda. –Obedeció José.

-Ahora,…

Siguió toda la letanía de maniobras previas al vuelo, la explicación de cada una de ellas…

José pensó que aquél tipo sabía mucho. Sin duda.

-Mañana, te enseño más y por favor, estúdiate bien las conversiones básicas con el controlador.

Y se dirigieron a la pista y… Despegaron.

José había viajado alguna vez en avión como pasajero, pero la responsabilidad de ir en la cabina, le afectó, se sintió mal, aunque consiguió no marearse.

El hacer varias tomas y despegues, se le revolvió el cuerpo, pero… Aguanto.

Aterrizaron, dejaron el avión en el aparcamiento y dijo el piloto: Bueno, mañana seguimos.

-De acuerdo. -Respondió José y… tras alejarse unos pasos, se giró y dijo:

-¿Nos tomamos un café o un refresco?.

-Si. Está bien, dijo el piloto, que se llamaba Manuel. –Y marcharon a la cafetería.

Y platicaron un buen rato y entre la plática, comentó José que tenía una moto Harley Davidson.

Se abrieron desmesuradamente los ojos del piloto.

-Eso es el sueño de mi vida, una Harley.

-¿Quieres probarla?. –Ofreció de buen grado José.

-Pues claro. –Respondió Manuel.

-Ahora mismo vamos a por ella. Hace días que ni la pongo en marcha. - Dijo José.

Y marcharon los dos a la casa de Don Fernando, a probar la moto.

-Sacó la funda de la moto con entusiasmo Manuel, subió en ella y dijo a José –Súbete atrás. Hombre, que la manejo bien.

No le hizo demasiada gracia a José subir en la moto y mucho menos atrás, pero bueno, se decidió y marcharon los dos por el camino de la salida de la finca, hacia el centro de Santa Ana.

A José, le pareció increíble que Manuel, manejara la moto con tanta soltura, con tanta energía, con tanta… Hombría.

Y se sentía seguro en la moto. De hecho superaba el miedo. Aquella moto era como un caballo rebelde que tenía encima a un jinete, Manuel, que la dominaba. Y sintió José que admiraba a Manuel y sintió que era fuerte y… Sintió también que el roce de sus partes íntimas con la espalda de aquél hombre decidido y fuerte, le provocaba un ”Yo que sé”. 


Maricón. Eso es lo que era José y ahora iba a empezar a descubrirlo. 


CAPITULO LII

Cuando Ezequiel despertó, aunque aturdido, se dio perfectamente  cuenta enseguida de que estaba en su dormitorio en casa de María.

Sintió como nunca la sensación de hogar, a pesar de lo mucho que le dolían las heridas.

Se dio cuenta de que las tenía cubiertas por vendas bien puestas. Trató de incorporarse, pero el dolor del hombro izquierdo y la sensación de faltarle el aire, le disuadieron.

-María -Intentó llamarla, pero la voz apenas le salía, cuando vio que en la mesita junto a la cama, había una campanita, que sin duda había dispuesto María para ello. Así, que tocó la campana.

-Hola, Ezequiel. Bienvenido a la vida, hijo- Y María le besó.

Aquél beso, en aquella situación, después de lo vivido, le pareció a Ezequiel, la cosa más bella y mas dulce del mundo.

-¿Qué ha pasado exactamente, María?.-Preguntó Ezequiel.

-Dímelo tú. -Respondió ella, mostrándole un periódico en el que había la noticia de que en una lucha entre traficantes de droga, se había producido un asesinato múltiple, sin muchos mas detalles.

-Te traje como pude desde el lugar, ayudada por una amiga. Nos costó mucho meterte en el carro y traerte.

-¿Quién me ha curado?.

-Pues mi amiga, que es enfermera. No tienes nada grave. Solo tomar los antibióticos y agarrar fuerzas. Tienes un agujero feísimo, aunque ya cosido, en la espalda.

Debo decirte, que llevas aquí tres días. Me llamó Don Fernando y me dijo que se había enterado de que os habían matado, porque cree que tú también estás muerto. Lo sintió muchísimo.

-¿Le dijiste que vivo?. –Preguntó inquieto Ezequiel.

-No, porque me pareció todo muy raro.

-Hiciste bien, María. El ordenó matarnos a todos.

-¿Qué?. –Respondió María sorprendida, aunque quizás no tanto.

-Voy a contarte, María. –Y le contó todo Ezequiel.

-Bien. –Dijo María. Ni se te ocurra asomarte a una ventana, ni salir al jardín. Hoy mismo, te traslado a casa de mi amiga enfermera y allí te repones. Después veremos.

-Me la pagará Don Fernando, te lo juro. –Dijo Ezequiel.

-En eso ya pensarás después. Ahora, a reponerte. –Respondió ella.

No estaba gravemente herido, pero… Precisó más de un mes, para poder salir a la calle. Solo tenía una idea: Ir a El Salvador, costara lo que costara, a ultimar a Don Fernando.




CAPITULO LIII

Don Fernando, estaba satisfecho. El piloto contratado, Manuel, le había hecho adquirir ilusión a José y parecía que aprendería a volar, aunque… -Nunca podrá hacer lo que hacía Hugo, sin duda. –Pensaba Don Fernando, que se sorprendía de que ahora, José hasta gustaba de pasear en la Harley, como todo un hombre, aunque siempre lo hacía con Manuel.

Y era cierto, a José le gustaba tanto montarse atrás en la moto y rozar él a Manuel, como que Manuel fuera el que montaba atrás y entrelazaba sus manos delante de la cintura de José, dejándolas bajar a veces y riéndose.

Y entre los dos, fue surgiendo un “bonito romance”. Bueno, bonito para José, que Manuel, no tenía mas interés, que disfrutar la moto, que se llevaba él solo cuando le venía en gana, que José le llenara el tanque de su carro con gasolina, que le invitara a comer, que le hiciera algún regalo…

La cosa, avanzó y establecieron de común acuerdo un protocolo de actuación: Manuel le dijo claramente “Yo soy puro macho” e impuso una norma sagrada. Como puro macho, él montaría a José, pero José a él jamás, porque “a mi no me gustan las mariconeces”.

Entre tanto, Rita, irritada, estaba más que irritada, irritadísima, porque José, ni la tocaba.

Así, que comenzó a salir, a relacionarse y a ponerle unos enormes cachos, cuernos o como quiera llamárseles, a José.

Esto, que se fue sabiendo por todo el pueblo, causando gran contrariedad a Don Fernando, pues también incomodaba un poco a José, que se consideraba un hombre serio, al que no le gustaban estas tonterías.

Además, el ambiente en la casa, era tenso y desagradable y encima, la casa estaba mal atendida, porque la esposa de Don Fernando, había entablado gran amistad con la  mujer del Embajador y se iba constantemente “una semanita” a ver a su amiga a Washington.

Claro, en esa semanita, veía unos momentos a la esposa del Embajador y el resto del tiempo, lo pasaba comprando regalos al fornido guardaespaldas negro del Embajador.

Aquél negrito, o negrazo la volvía loca. La llenaba y la hacía vibrar y cuando regresaba ella a El Salvador, se dio cuenta, de que aún vibraba mas, disfrutaba más, viendo allí a Don Fernando, sentado en la mesa y luciendo (en la imaginación de ella) unos enormes cuernos.

La situación, se “agrió” aún mas, cuando Don Fernando, llegó a tener conocimiento de lo que se hablaba por el pueblo: Que su yerno, era maricón y tenía un hombre que lo complacía.

Llegados esos comentarios desagradables a Don Fernando, poco tardó éste en verificar su certeza.

Así, que llamó a unos de sus guardas de seguridad; el de mas confianza, el que se encargaba de organizar la vigilancia del laboratorio.

-A sus órdenes, Don Fernando. –Dijo respetuoso el guardia, entrando en el despacho de su jefe.

-Mira, tengo para ti un encargo de la máxima confianza. Si me lo haces bien, no te arrepentirás. De hecho, te situarás mejor en tu trabajo conmigo, que sabes que estoy necesitado de gente, después de la desgracia que tuvimos de que mataran a Hugo y los demás.

-Lo se muy bien, como se lo que Ud. Ha tenido que sufrir con eso, Don Fernando.

-¿Disparas bien con el rifle?. –Inquirió Don Fernando.

-Bastante bien, Don Fernando. ¿Me necesita?.

-De momento, lo que necesito, es que te relajes del trabajo. Pon algún sustituto para que tú no tengas que estar tan pendiente de todo y te vas al campo de tiro, a practicar unos días con el rifle, para que adquieras precisión en disparar a un blanco, a unos trecientos metros. Esmérate y luego hablamos. ¿Tendrás bastante con una semana de práctica?.

-Seguro que sí, Don Fernando. –Respondió el esbirro.

-Pues ni una palabra a nadie, limpia bien tu arma, prepárate abundante munición. Dí que me la carguen en mi cuenta en la armería y dentro de una semana, ya te digo lo que haremos. ¿Tienes ropa de tipo militar o de camuflaje, para pasar desapercibido en el campo cuando vas de caza?.

-La tengo, Don Fernando.

-Pues todo listo, que iremos al campo “de caza”.

-A sus órdenes, Don Fernando.

Y Don Fernando, se dirigió a su carro, rechazando el chófer y marchó a dar una vuelta por el aeropuerto de Ilopango.

Se dirigió primeramente a la zona de aviación civil y estuvo mirando como despegaba alguna avioneta del aeroclub, desde la pista 33, que era la normalmente utilizada. Nunca antes, lo había mirado con ese interés.

Rodaban por la pista en el despegue y, cruzaban el Boulevard del Ejército Nacional, que se cortaba momentáneamente, como el paso a nivel de un ferrocarril, para continuar y tomar altura, dirigiéndose hacia la Autopista Este-Oeste, sobre la que sobrevolaban bajo, mientras tomaban altura.

Se dirigió a la Autopista y detuvo su auto, justo delante del final de la pista.

-Parezco el pobre Hugo, preparando un lanzamiento de droga desde el avión. –Pensó. Recordaba a Hugo con nostalgia, aunque, obviamente, consideraba que le había hecho matar con toda la razón del mundo.

Entre el final de la pista 33 y la Autopista, había un barranco y un bosquecillo, “ideal”, Así, que consideró que todo estaba bien estudiado ya.



                               


Y regresó a su casa satisfecho.



CAPITULO LIV


Ezequiel, Comenzaba a preparar su viaje a El Salvador. No quería, cumpliendo los deseos de María, ser visto bajo ningún concepto en casa de ella, “por si acaso”. Todos le daban por muerto y, así estaba estupendamente bien. Así que la llamo, para que fuera ella la que acudiera a casa de su amiga enfermera, donde se alojaba Ezequiel, para poder verse.

-María, ¿No has sabido nada del canalla de Don Fernando?. –Preguntó Ezequiel?.

-Bueno, me llamó y me dijo que a la vista de la desgracia que había ocurrido, quería tomarse un poquito de tranquilidad, antes de reorganizar todo acá. –Respondió ella.

-Pues yo María, voy a comenzar a organizarme para mi regreso a El Salvador. Dijo Ezequiel.

-¿Estás seguro de eso, Ezequiel. Me dijeron que se había casado Rita y…

-Nada de eso importa. No me importa Rita. Ni siquiera se si sigue embarazada o no…

-No creo que lo haya permitido Don Fernando, salvo que piense “cargarle el niño” al esposo, ya que todo ha ido rapidísimo. –Respondió ella.

-Bien. Si hay niño, es mío y si no hay niño, pues ya veremos. Si no voy a por Don Fernando, no podría vivir yo tranquilo.

-¿En que puedo ayudarte?. –Preguntó ella.

-Me ayudas con tu presencia y con tu respaldo, María. Acompáñame a comprar el tikete para Guatemala y luego cenamos juntos.

-¿Porqué a Guatemala, Ezequiel?. –Preguntó María.

-Si llego a uno de los aeropuertos de El Salvador, se entera Don Fernando al momento. Todo el mundo me conoce.

Y efectivamente, salieron juntos, compraron el billete de avión para Guatemala, que Ezequiel, no podía arriesgarse a que le vieran y reconocieran al llegar a El Salvador, yéndose a cenar  los dos seguidamente.

Y fueron a recoger todas las pertenencias de Ezequiel a casa de la amiga de María y seguidamente a casa de María, donde Ezequiel, pasaría la última noche con ella y retiraría también algunas otras pertenencias.

-¿Eres consciente de que quizá no nos veremos mas, Ezequiel?. –Dijo ella.

-Lo soy. –Respondió él lacónicamente. Y se dispusieron a dormir.


Ya por la mañana, Ezequiel, acompañado por María se dirigió al Aeropuerto Internacional de Miami, se despidieron y tomó su vuelo para Guatemala. 


CAPITULO LV

No podía evitar Ezequiel, en el avión, dirigiéndose a Guatemala, pensar en Hugo, al que había conocido precisamente en ese mismo vuelo, en sentido inverso. –Quizá hasta es el mismo avión. –Pensó melancólico, acordándose del día en que iba absolutamente ignorante hacia Miami por primera vez y se le presentó Hugo, animándole. –Animabas a todo el mundo, Hugo. –Pensó.

Cuántas cosas había aprendido de él. Cuanto aprecio le había tomado por lo mucho que le había enseñado.

Y qué suerte tuve de tener aquél otro día, relaciones íntimas con Lucita, la pobre. La recordaré siempre esa noche, tan bella, dándose a mí, aunque fuera sin amor, ni nada. Bueno, algún cariño me tenía, seguro. Como yo a ella. Que la pobre si no era más dulce o más sensata, era porque había tenido una vida bien dura allá en Colombia. 

-Y el pobre César… ¿Para que pensar mas?... –Y se dedicó a mirar por la ventanilla del avión y a contemplar el paisaje que ya se apreciaba, porque estaban descendiendo hacia el Aeropuerto de La Aurora, en Ciudad de Guatemala.

Abandonó el avión, recogió su equipaje, pasó la inmigración y se dirigió al otro extremo del jardín de la terminal de llegadas, a la zona del renta-car, donde alquiló un carro con el que desplazarse a El Salvador.

Alquiló un auto cuatro por cuatro, para ir mas seguro y ya emprendió su ruta directamente hacia la frontera de El Salvador, por la Carretera Interamericana.

Se detuvo en Guachipilín, cerca de la frontera de El Salvador, donde durmió.

CAPITULO LVI

Había llegado el día. Don Fernando, llamó por teléfono a su guardia de confianza a las seis de la mañana, despertándole y le dijo:

-Levántate.  Ponte la ropa de camuflaje, la de cazador, ya sabes.

-A la orden, Don Fernando. –Respondió casi militarmente el guardia.

-No olvides las botas para transitar por el campo. Tráete el rifle y munición y todo lo necesario.

Pasa a buscarme por mi casa.

-En unos minutos, estoy ahí, Don Fernando.

Don Fernando, sabía muy bien que hacia las diez de la mañana o quizá antes, el “mariconazo” de su yerno, despegaría para hacer prácticas con la vieja Cessna 172, junto con Manuel.

Le recogió el guardia y le habló Don Fernando:

-Sabrás que mi yerno es maricón, ¿No?. –Le espetó.

-Bueno, Don Fernando, yo… -Respondió entre asustado y respetuoso el otro.

-Déjate de disimulos. Lo sabe todo el mundo. No quiero maricones en mi familia, ¿Entiendes?.

-Lo que Ud. Diga, Don Fernando.

-Pues bien, -prosiguió Don Fernando- te voy a dejar en el final de la pista 33 del aeropuerto, que tú conoces muy bien. Iremos por la Autopista Este-Oeste y te dejaré en una curva, que queda delante del final de la pista. ¿Sabes donde te digo?.

-Si, Don Fernando.

-Pues bien, te escondes en el bosquecillo que hay entre la pista y la autopista y te quedas atento. Cuando despegue la avioneta con los dos maricones, que tu la conoces bien, roja, con la línea blanca… La única de ese color, vamos.

-Si, Don Fernando, claro que la conozco.

-Pasarán sobre ti a una altura de unos doscientos metros como mucho. Le disparas a uno de los depósitos de gasolina. Ya sabes que están en las alas, lo más próximos a la cabina.

-Si Don Fernando.

-Dispárales cuando lleguen hacia ti y si fallas, te giras rápidamente y desde atrás, aún puedes disparar de nuevo.

No debes ponerte nervioso, porque tienes varias oportunidades. Piensa que harán tomas y despegues, que siempre lo hacen, o sea que si fallas al primer despegue… Pues repites al segundo despegue.

-Como Ud. disponga, Don Fernando. –Respondió el buen guardia, consciente de su obligación de buen empleado y buen cristiano: Matar a quien le mandara su amo.

Bueno y, consciente también de que estaba ganando un buen ascenso dentro de la organización criminal, claro. Lo haría perfecto.

Y Don Fernando, se fue a desayunar tranquilamente a la cafetería del aeroclub.

Poco tardaron en llegar “la parejita”, es decir José y Manuel y unirse a desayunar con Don Fernando, que les invitó gustoso.

-¿Qué hace por aquí? “suegro”, preguntó jovial y contento José, que era últimamente bien feliz…

-Ya ves, como vosotros, desayunando. Contestó tratando de ser amable Don Fernando.

Terminaron de desayunar y Don Fernando, montó en su carro y salió para dirigirse hacia la autopista, a recoger al guardia cuando acabara “el trabajito”.

Le sorprendió ver a su hija, Rita, llegando al Aeropuerto, se cruzaron en la entrada, al hacer los dos un Stop cada uno con su carro.

Bajaron al unísono los cristales de las ventanillas de sus carros.

-Que haces aquí, hija?.- Preguntó Don Fernando.

-Vengo a ver volar a esos, papá. Adiós.

Siguieron cada uno en dirección opuesta y pensó Don Fernando,  -Qué pena que tengas que verlo, pero no creo que te importe mucho. Un sustito y luego, te alegrarás. Porque tú, lógicamente, ya lo sabes también.

Una Rita más irritada que nunca, a lo que había ido al aeropuerto, era a molestar a los dos invertidos, a los que odiaba.

Sabía que con su presencia, les molestaría. No se equivocaba. Estaban los dos sentados en la cafetería y al verla llegar, se pusieron tensos; principalmente, José.

Manuel, justo saludó y prudentemente, se retiró. –Voy a preparar la avioneta. –Dijo.

-¿Qué haces aquí?. Sabes que ahora tengo que dedicarme a volar. Tu padre quiere que aprenda. –Dijo molesto José.

-Ya lo se, mi amorcito. -Dijo en tono burlón Rita. -Anda, ve, que “se te escapa el avión”.

Y se levantó de la silla muy molesto José dirigiéndose al avión.

Ya Manuel había llenado de combustible los tanques y José se dio una vuelta alrededor de la aeronave, haciendo el chequeo prevuelo.

-¿Otra vez aquí?. –Preguntó José a Rita al verla acercarse.


-Si, mi amor. Me voy con vosotros a ver como “lo hacéis”. Y subió a uno de los asientos traseros del avión. 

CAPITULO LVII

Bien temprano por la mañana, despertó Ezequiel en La Posada de Guachipilín. Se aseó, abandonó el pequeño bungalow y se dirigió al edificio central, junto a la piscina, donde estaba el restaurante.

Estaba animado, así que desayunó fuerte y generosamente. Frijoles, homelete, queso, zumo de naranja, café.

-Voy con la tripa bien llena– Pensó, mientras iba pagando la cuenta y salía al exterior a recoger su equipaje y cargarlo en el carro.

Aún era temprano por la mañana, cuando llegó a Santa Ana. Aparcó el carro cerca de la casa de sus padres, se puso una gorra y las gafas de sol y caminó unos metros, hasta meterse en la casa discretamente.

La madre de Ezequiel, dio un grito al verle, tan fuerte, que Ezequiel, tuvo que taparle la boca y meterla violentamente en la casa.

-Dios mío –Dijo casi sin respiración la madre.

-Estoy vivo mamá. No podía hacértelo saber porque me jugaba la vida de nuevo. Serénate y hablamos.

Y habló largo y tendido Ezequiel y, tras un buen rato, tranquilizando a su madre, hizo que ésta fuera a buscar a su padre al trabajo, al hotel, donde el mismo, tenía turno de día como vigilante.

Fueron largas las explicaciones, muchos los improperios del papá de Ezequiel, diciéndole que le había advertido sobradamente de la vida que llevaba, pero… Cuando le pidió Ezequiel su arma, prestada o otra de las que tenía, para ajustar cuentas con Don Fernando; un sorprendente y diferente padre de Ezequiel, indignado por lo que le habían hecho a su hijo, que le mostró las heridas, por intentar matarlo, por tantas cosas, no solo le dio un revólver, sino que se ofreció a acompañarle y a ir a por Don Fernando.

-No papá. Tu no puedes arriesgarte a dejar sola a mamá. No te preocupes, conozco bien la casa y nadie me va a ver. Además, no voy a matarlo. Voy a obligarle a que me “indemnice” generosamente por todo, para poder establecerme. Eso es todo.

Llamaron a la puerta y asomó una vecina. Se escondió Ezequiel.

-¿Sabéis lo que ha pasado?. –Exclamó la vecina muy excitada.

El yerno y la hija de Don Fernando, se han estrellado con una avioneta y han muerto, junto con el piloto.

-¿Cuándo?. –Casi gritó el papá de Ezequiel.

-Poco más de una hora hará. –Y salió la vecina cual reportera a seguir extendiendo la noticia.




CAPITULO LVIII

Ezequiel, lo tuvo claro. Había aprendido mucho. En estos momentos en que Don Fernando, estaría hundido, era cuando más convenía amenazarlo y sacarle la plata.

Decidió dejar que todo se asentara, que transcurriera el entierro y, cuando pasaran tres o cuatro días, ya visitaría en la noche al tirano.

Se dispuso a permanecer escondido en casa de sus padres, viendo televisión y dejando pasar las horas.

Y allí en su casa, fue recibiendo las noticias Ezequiel, a través de sus padres. El triste entierro, el abatimiento de Don Fernando, el encierro de éste con su esposa en su casa, sin querer ver a nadie…

-Es el momento –Se dijo Ezequiel.

Esa noche, hacia las dos de la madrugada, llegaba Ezequiel a las proximidades de la casa de Don Fernando, dejando aparcado el carro.

Conocía bien el lugar. No era para él problema introducirse en la vivienda, así que…

En un momento, estaba plantado de pie en la habitación de Don Fernando, apuntándoles a él y a la esposa, con el revólver.

Y habló largo y tendido Ezequiel, explicándole los mil motivos que tenía para matarle y además, para que fuera oyéndolo todo su esposa.

Muy bien sabía ella quién era su marido, pero, ciertamente, no esperaba que hubiera hecho matar a su propio sobrino y, a Hugo que era como su propio hijo.

-A tu propia familia, Fernando, a tu propia familia. -Se echó a llorar la mujer y murmuró… -Mi pobre niña, si hablé con ella por teléfono unos instantes antes de que muriera.

-¿Hablaste con ella?. –Preguntó Don Fernando.

-Si. La llamé y me dijo que estaban despegando y hasta me dijo, mira, ahí frente a la pista, está detenido papá con su coche… Ya no habló más la pobre…

Y de pronto abrió la mujer desmesuradamente los ojos, al tiempo que Ezequiel hacía lo propio.

-¿Qué es lo que hacías allí, Fernando?.

-Lo que tenía que hacer. Acabar con los dos maricones. Perdóname. Nunca pensé que Rita subiera a ese maldito avión. Y se lanzó a por el revólver que tenía, siempre, siempre, sobre la mesita de noche. Se lanzó sobre él su esposa… Ezequiel, no podía dispararle sin darle a ella… No hizo falta… Don Fernando, se dio un tiro en la cabeza y acabó con su propia vida y con todo.

Como un relámpago, llegó de nuevo el recuerdo de Hugo al cerebro de Ezequiel. “Hay que esconderse ahí mismo”, donde nadie te busca.

-Se ha suicidado. Le dijo Ezequiel a la esposa. No me traicione. Escóndame aquí mismo.

-Estate tranquilo, ven por acá. –Y lo escondió en la misma casa.

La policía de El Salvador, no era tan rápida como la de Miami. Ellos habían investigado el lugar del asesinato de Lucita, Hugo, César y retirado los cuerpos en pocas horas.

En El Salvador y, más en Santa Ana, eso llevó todo el día siguiente.

Todo el tiempo, estuvo Ezequiel escondido bajo la cama de Rita en la habitación de ésta.

Ya por la tarde, entró la ya viuda de Don Fernando, le llevó comida y le dijo: -No quedaré sola en casa, hasta bien tarde. Yo te avisaré. Voy a cerrar la puerta para que nadie entre y te pueda ver. Y cerró con la llave la habitación de Rita.

Ya era avanzada la noche, cuando entró la mamá de Rita en la habitación.

-Se han llevado el cuerpo para la autopsia y me he quitado de encima a las visitas. Puedes salir.

-Gracias, Señora, yo…

-¿Qué vas a hacer ahora?. –Inquirió la mujer.

-Yo vine aquí, para obligar a Don Fernando a que me diera doscientos mil Dólares para poder empezar a trabajar yo, pero, ahora…

-Ahora, soy rica y libre. Ven acá.

Fueron al dormitorio, abrió una caja fuerte la mujer y sacó de la misma los doscientos mil dólares que quería Ezequiel.

Vete con Dios. Que él te ayude. Y… Salte de todo esto, Ezequiel.

La abrazó Ezequiel y marchó de la casa.



CAPITULO LIX

Por enésima vez, Ezequiel, tras dejar dinero a sus padres, viajaba a Miami para organizar algunas cosas. De hecho, no iba a vivir en Miami, sino que se iba a hacer cargo de muchas de las cosas que dejaba en el aire Don Fernando allá en El Salvador. Podría aprovechar mucho de la organización de él y vivir normalmente en Santa Ana.

Así, que iba a Miami, a comprar, a pasear, a arreglar en el banco como organizar su dinero y a visitar a María.

Podría decirse, que ni sabía a lo que iba a Miami. La gente vuelve allá, porque “es un estado de ánimo”.

No hace falta ninguna excusa para ir a Miami. Se vuelve siempre.

Llegó contento al aeropuerto, aguantó la cola en la línea de inmigración y finalmente, entregó su pasaporte al Policía.

Introdujo el policía su nombre en la computadora y dijo: -Un momento, caballero.

Y casi inmediatamente, aparecieron dos policías, que bruscamente sujetaron a Ezequiel, le pusieron las esposas y le llevaron a un despacho, donde le dejaron encerrado.

Ezequiel, no tenía ni idea de lo que estaba pasando.

Aparecieron finalmente otros dos policías, éstos sin uniforme y solamente le dijeron:

-Ezequiel Cisneros. Queda detenido por el asesinato de Lucita Fernández y otras dos personas en el apartamento de ésta en Coral Gables. Tiene derecho a guardar silencio…

Se derrumbó Ezequiel.

Y se lo llevaron los policías y se acordó Ezequiel de la primera vez que llegó a Miami y comentó con el taxista lo fea que era la prisión de Miami y…

Y ahora tendría mucho trabajo, pasaría tiempo en la cárcel, tratando de demostrar su inocencia.

Aquellos policías indeseables, que nada sabían de Cirilo, tenían que acusar a alguien y dar el carpetazo al asunto.

A la moral de ellos, que en muchísima ocasiones, no es diferente de la de los delincuentes, poco le afectaba que pudieran condenar a muerte a un inocente. Así, que se fueron al Victor’s Café a esnifarse un poquito de cocaína que les habían regalado los compañeros de narcóticos y a beber unas copas…

Y que razón tenía Don Fernando cuando dijo un día “El que mal anda, mal acaba”.


FIN

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